GMTV – Productora Internacional. (Edición 24 de septiembre de 2025)
Por estos días, mientras Gustavo Petro se pasea por Nueva York con traje de estadista global y discurso de rebelde ilustrado, en Colombia se revuelven las aguas turbias de la política criolla. El presidente, descertificado por Donald Trump y aplaudido por medio planeta, se subió al atril de la ONU para recordarle al mundo que la guerra contra las drogas es una farsa, que el genocidio en Gaza no puede seguir siendo paisaje, y que el petróleo mata más que la cocaína. Mientras tanto, en los pasillos del Congreso y las salas de redacción, se cocina una receta indigesta: revivir cadáveres políticos, maquillar tumbes judiciales y silenciar alianzas que huelen a pólvora electoral.
Sí, Petro habló fuerte. Denunció que los misiles caen sobre los pobres mientras los narcos viven en Miami y París. Dijo que la ONU es cómplice de una política antidrogas que discrimina según el origen de la sustancia, y que el sur global no puede seguir pagando los platos rotos del norte. Pero mientras el presidente se convertía en trending topic internacional, en Colombia se activaban los mecanismos de contención: cortes que se hacen las locas, congresistas que se hacen los sabios, y medios que se hacen los mudos.
Porque mientras Petro hablaba de paz total y justicia climática, aquí se cocinaba otra cosa. Las altas cortes, con una sincronía digna de ballet ruso, soltaron la bomba silenciosa: Álvaro Uribe, libre de polvo y paja, sin juicio ni condena. Un tumbe jurídico que pasó como brisa entre titulares, sin escándalo ni indignación. ¿Dónde están los editoriales que se rasgan las vestiduras por la institucionalidad? ¿Dónde los noticieros que hacen maratones cuando se trata de Petro o Benedetti?
Y como si eso fuera poco, la oposición decidió abrir la caja de Pandora. En vez de renovar liderazgos, desempolvaron figuras que ya habían sido archivadas por la historia. Álvaro Leyva, que pasó de canciller a mártir de sí mismo, ahora reaparece como oráculo de la derecha. Carlos Alonso Lucio, que cada vez que habla parece que estuviera en una novela de espionaje, vuelve a escena con tono mesiánico. Y Andrés Felipe Arias, el eterno condenado, reaparece como si nada, opinando sobre el país que lo condenó y al que ahora quiere volver como salvador.
¿La estrategia? Despotricar contra Petro, anunciar alianzas, y preparar el terreno para las presidenciales de 2026. Porque si algo sabe la oposición, es que el miedo vende. Y si se puede revivir el fantasma del castrochavismo, mejor. Pero esta vez no les bastan los fantasmas: necesitan resucitados. Y ahí están, en entrevistas, foros y redes, los cadáveres políticos que ahora se maquillan como renovadores.
Pero la mosca no solo se posa sobre los platos de la derecha. También sobre los silencios de la prensa. Porque mientras se habla de reformas, de marchas y de discursos, nadie quiere tocar el tema de Envigado. Los jefes de la oficina —sí, esa oficina— han lanzado denuncias que salpican directamente a Fico Gutiérrez. Acusan alianzas turbias en las elecciones pasadas de Medellín y Antioquia. Pero los micrófonos se apagan, las cámaras se desvían, y los titulares se diluyen. ¿Por qué ese silencio? ¿Por qué esa prudencia selectiva?
La respuesta es incómoda: porque hay pactos que no se rompen, porque hay intereses que no se tocan, y porque hay narrativas que no se contradicen. Petro puede ser acusado de todo, desde comunista hasta extraterrestre, pero cuando se trata de los aliados de la derecha, la lupa se guarda y el foco se apaga.
Y mientras tanto, el presidente sigue su periplo internacional. En Nueva York, habló de Gaza, de Venezuela, de la selva amazónica y del derecho a la rebelión. Se presentó como un líder incómodo, pero necesario. Como un presidente que no quiere exportar carbón ni explorar gas, porque eso mata a Colombia y a la humanidad. Y aunque sus palabras incomodan a muchos, también lo posicionan como una figura global que no se arrodilla ante Washington ni ante Bruselas.
Pero aquí, en la tierra del sancocho político, se prepara otra receta. Las cortes limpian expedientes, los medios limpian micrófonos, y los políticos limpian sus biografías. Todo para que en 2026 podamos elegir entre el miedo y el olvido. Entre el Petro incómodo y los resucitados que prometen orden, pero traen pasado.
La mosca, como siempre, se posa donde nadie quiere mirar. En las alianzas que no se explican, en las libertades que no se justifican, y en los silencios que gritan más que los discursos. Porque mientras el presidente habla en la ONU, aquí se cocina una sopa espesa, con ingredientes caducados y recetas recicladas.
Y tú, lector, ¿vas a comértela sin preguntar?