Redacción Política y Relaciones Exteriores
En Medellín no sorprende que las cartas viajen más rápido que las investigaciones judiciales. La última misiva que cruzó fronteras no salió de un capo ni de un arrepentido ex paramilitar, sino del propio alcalde de la ciudad, Federico Gutiérrez, quien decidió enviar siete páginas al Gobierno de Estados Unidos para advertir que Gustavo Petro —el presidente electo por voto popular, no por aclamación de La Oficina de Envigado— estaría pactando con los capos de la ciudad bajo el disfraz de la “paz total”.
Hasta aquí, todo normal: un político escribiendo cartas para salvar el mundo. El detalle pintoresco es que esta carta, presentada en público con tono solemne y aire de estadista, parece más un memorando de autodefensa preventiva que una denuncia seria. Dicho en términos criollos: una coartada por anticipado.
Porque mientras Fico escribe indignado sobre la cercanía de Petro con alias Tom o alias Pesebre, la ciudad recuerda con memoria selectiva —y con expedientes judiciales que nunca terminan de cerrarse— las viejas amistades, coqueteos y silencios del propio Gutiérrez frente a las estructuras criminales que gobiernan barrios enteros. Es como si el alcalde hubiera decidido señalar el humo para desviar la vista del incendio en su propia cocina.
La carta como cortina de humo

El 2 de julio, Gutiérrez despachó su misiva al Departamento de Estado, al FBI, a la DEA y a la Embajada de EE. UU. En ella acusó al Gobierno Petro de legitimar criminales con antecedentes por narcotráfico, trata de personas y explotación de menores. Nada nuevo bajo el sol: lo mismo que se dice en cualquier sobremesa de noticiero.
Pero el timing fue perfecto: justo cuando al propio Gutiérrez le estallan denuncias incómodas en Medellín, replicadas por exaliados de su paso por la Oficina de Envigado y por exfuncionarios que describen un entramado de favores, contratos dirigidos y supuesta connivencia con bandas que garantizan gobernabilidad a cambio de cuotas de poder.
En otras palabras, la carta se lee como un acto de magia política: “¡Miren para Bogotá, que aquí en Medellín no pasa nada!”.
Los nombres prohibidos
El alcalde mencionó a Juan Carlos Mesa, alias Tom, y a Freyner Ramírez, alias Pesebre, como prueba de la supuesta claudicación moral del Gobierno Petro. Olvidó aclarar que esas mismas estructuras mantienen diálogos soterrados con políticos locales —algunos de su propio círculo— desde hace más de una década. La Oficina de Envigado no necesita carta de presentación en Washington; ya está en sus archivos desde que Pablo Escobar enviaba cargamentos de “polvo mágico”.
Lo irónico es que quienes conocen los vericuetos del poder en Medellín aseguran que la carta podría leerse al revés: no como denuncia, sino como confesión disfrazada. Es la técnica del “me declaro víctima antes de que me acusen”.
El prontuario que lo persigue
Gutiérrez sabe que su capital político está en entredicho. En los últimos meses, la Fiscalía y los medios han recogido denuncias sobre contratos amañados en la Alcaldía, relaciones peligrosas de su gabinete con estructuras barriales y un sospechoso silencio frente a los cobros extorsivos que siguen marcando la vida cotidiana en las comunas.
Los expedientes hablan de:
– Investigaciones por contratación pública que salpican a secretarías claves de su administración.
– Señalamientos de exfuncionarios que denuncian presiones para favorecer a contratistas cercanos a las redes políticas de Gutiérrez.
– Acercamientos con grupos armados urbanos para “garantizar la seguridad” durante su campaña, un eufemismo que en Medellín se traduce como pactos de no agresión con combos armados.
Nada de esto aparece en la carta enviada al Tío Sam, claro. Pero los expedientes están ahí, durmiendo en escritorios judiciales, listos para despertar cuando cambien las mareas políticas.
Persecución política made in Medellín
La jugada es astuta: si logra instalar la narrativa de que lo persiguen por denunciar a Petro ante los gringos, cualquier investigación local contra Fico se vestirá de venganza política. Una estrategia vieja como la política misma: convertir la sospecha en medalla de mártir.
De paso, Fico sabe que Estados Unidos siempre escucha con atención cuando alguien pronuncia la palabra mágica “narcotráfico”. Enviar la carta a la DEA es como invocar a un viejo amigo: “recuerden que sigo aquí, dispuesto a colaborar”.
La réplica mediática
Lo más curioso es cómo la carta ha sido replicada por los grandes medios como si se tratara de un parte diplomático histórico. Titulares en cadena, entrevistas de urgencia, opiniones exaltadas. Poco se dice, en cambio, de los exaliados del alcalde que lo acusan de tener un pie en la institucionalidad y otro en los pasillos de la Oficina de Envigado.
La carta se convierte, así, en la mejor cortina de humo mediática: un distractor elegante, redactado en inglés formal, que suena mejor en Washington que en el barrio Popular.
Humor negro a la paisa
El libreto tiene tintes de tragicomedia. Un alcalde que denuncia pactos con capos mientras su propia gestión aparece salpicada por señalamientos similares. Una ciudad que sigue siendo epicentro de extorsiones, sicariato y lavado de activos, pero que se consuela pensando que un papel enviado al FBI resolverá lo que décadas de operativos no han podido.
Si no fuera tan grave, podría parecer un sketch de Sábados Felices: el alcalde indignado contra Petro, Petro indignado contra el alcalde, y los capos muertos de la risa, porque mientras los políticos se envían cartas, ellos siguen enviando cargamentos.
Epílogo: la carta que habla sola
En conclusión, la carta de Federico Gutiérrez es menos un llamado de auxilio internacional que una jugada política de autopreservación. Un documento que busca blindar al alcalde frente a lo que ya se cocina en los estrados judiciales.
Y como toda buena obra de humor negro, deja una pregunta abierta: ¿es Fico el héroe que denuncia a tiempo un pacto oscuro, o el político que redacta su propia coartada mientras se le viene la noche encima?
Lo cierto es que, mientras Washington archiva otra carta más en su biblioteca de lamentos latinoamericanos, Medellín sigue bajo la misma sombra de siempre: la de un poder criminal que no necesita escribir cartas para hacerse sentir.