Redacción Colombia y Mundo
En la política colombiana hay un viejo hábito que se reactiva cada vez que el país entra en turbulencia: mirar hacia Washington como si de allá vinieran las respuestas, las bendiciones y, en ocasiones, las órdenes. La última ola de cartas, viajes improvisados y reuniones privadas de líderes de derecha en territorio estadounidense revive una pregunta incómoda: ¿por qué la derecha colombiana sigue tratando a Estados Unidos como si fuera el papá de Colombia?
La carta, los viajes y las reuniones en la sombra
El episodio más reciente lo protagonizó el alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, quien envió una carta al Departamento de Estado y a agencias como la DEA y el FBI denunciando que el presidente Gustavo Petro, bajo el paraguas de la “paz total”, estaría legitimando a los capos más peligrosos de Medellín. Una denuncia que, más allá del ruido mediático, muchos analistas interpretan como un intento de construir un salvavidas político frente a las investigaciones judiciales que lo rodean.
Pero Gutiérrez no está solo. En los últimos meses se han multiplicado los viajes a Washington de congresistas, líderes opositores y exfuncionarios que buscan, según fuentes diplomáticas, “posicionar la narrativa de que Colombia está en riesgo democrático” bajo el actual Gobierno. La idea, en resumen, es persuadir al establishment estadounidense de que cualquier medida de presión —desde declaraciones del Departamento de Estado hasta una eventual descertificación en materia antidrogas— se lea en Colombia como una confirmación de que Petro está llevando al país por el camino equivocado.
La descertificación: un castigo importado
El caso de la descertificación en materia de drogas es quizá el ejemplo más claro de este “llamado al papá”. La medida, que históricamente ha sido un instrumento de Washington para castigar a países que no cumplen sus expectativas en la lucha antidrogas, fue pedida, alentada y negociada por sectores de la oposición colombiana.
“Lo paradójico es que mientras Estados Unidos empieza a revisar críticamente su propia guerra contra las drogas, en Colombia sectores políticos siguen aplaudiendo el garrote como si fuera la única vía de diálogo”, explica Alejandro Mantilla, experto en relaciones internacionales de la Universidad Nacional.
La descertificación, más que un golpe al Gobierno, se convierte en un mensaje simbólico: la oposición le dice al país que todavía hay un árbitro supremo que puede regañar al presidente si se sale del libreto.
Viajes de derecha, miedo al cambio
No es casualidad que figuras de derecha hayan multiplicado sus visitas a Estados Unidos en los últimos dos años. Senadores, excandidatos presidenciales y operadores políticos han sostenido reuniones con congresistas republicanos y demócratas, tan discretas como estratégicas, con un objetivo común: frenar lo que llaman “el avance del castrochavismo” en Colombia.
Para Sandra Borda, politóloga y analista de relaciones internacionales, estos gestos revelan “un profundo miedo a un segundo periodo de Gobierno del cambio. La derecha no solo teme perder la presidencia en 2026, sino también la capacidad de influir en Washington, que ha sido su aliado histórico para legitimar la política de seguridad”.
La narrativa del “golpe blando” —alimentada por denuncias de fraude inexistente, marchas financiadas y lobby en el extranjero— encaja con un libreto ya ensayado en otros países de la región. La apuesta es clara: si la oposición no logra derrotar electoralmente a Petro o a su sucesor, buscará el respaldo externo para erosionar su legitimidad.
El discurso de Petro en la ONU y la incomodidad de Washington

A este panorama se suman los ecos del discurso de Gustavo Petro en la Asamblea General de Naciones Unidas, donde acusó directamente al gobierno de Donald Trump de haber manipulado la política antidrogas en América Latina para favorecer intereses internos y fortalecer alianzas con élites locales.
Las palabras de Petro cayeron como una bomba diplomática. Mientras en Colombia sus opositores lo acusaban de “irresponsable”, en foros internacionales analistas reconocieron que puso sobre la mesa una verdad incómoda: la política de drogas ha sido utilizada durante décadas como un instrumento geopolítico para disciplinar gobiernos.
“Petro desnuda la doble moral de Washington. Estados Unidos sabe que su modelo ha fracasado, pero mantiene el garrote porque es la mejor forma de asegurar obediencia en países dependientes de su cooperación”, señala Michael Shifter, investigador del Inter-American Dialogue en Washington.
¿Papa o socio?
La pregunta de fondo es si Colombia está condenada a seguir viendo a Estados Unidos como su tutor eterno o si puede construir una relación más equilibrada. Para algunos analistas, la dependencia emocional y política de la derecha hacia Washington tiene raíces profundas: la guerra fría, el Plan Colombia, la lucha contra el narcotráfico y la formación de élites políticas que vieron en la Casa Blanca el garante de su permanencia en el poder.
Sin embargo, el contexto ha cambiado. Con el avance de los BRICS, el fortalecimiento de China en América Latina y los debates internos en EE. UU. sobre la guerra contra las drogas, el esquema de subordinación empieza a mostrar grietas.
“Colombia tiene la oportunidad de redefinir su relación con Estados Unidos. Pero mientras sectores políticos sigan viendo a Washington como el papá que castiga y premia, será difícil romper esa lógica colonial”, afirma Mantilla.
Conclusión
La carta de Fico, los viajes de políticos de derecha a Washington y la obsesión con la descertificación no son hechos aislados: son capítulos de una misma novela donde la derecha colombiana prefiere la aprobación externa antes que el debate interno.
El miedo a un segundo periodo del Gobierno del cambio empuja a esos sectores a buscar en el extranjero lo que no logran en el país: legitimidad, respaldo y una narrativa que les devuelva poder.
Pero la pregunta persiste: ¿hasta cuándo Colombia seguirá actuando como un adolescente que necesita la bendición del papá del norte? Tal vez la respuesta la dé la historia, o tal vez la próxima carta que cruce el Atlántico para recordarnos que, en política, algunos prefieren la obediencia a la independencia.