Por Redacción Internacional
La decisión del gobierno de Estados Unidos de retirar el visado al presidente Gustavo Petro ha abierto una grieta inédita en la relación histórica entre Bogotá y Washington. Lo que en principio parecía una medida simbólica, adoptada tras las declaraciones del mandatario colombiano en Nueva York sobre la guerra en Gaza, amenaza con escalar hasta convertirse en un conflicto diplomático de largo alcance, con consecuencias políticas, económicas y estratégicas.
El origen del choque
Durante una manifestación en Nueva York, en el marco de la Asamblea General de Naciones Unidas, Petro instó a soldados estadounidenses a desobedecer órdenes relacionadas con la ofensiva israelí en Gaza. “No apunten sus fusiles contra la humanidad”, dijo, en un discurso en el que defendió la creación de un ejército multinacional de paz bajo el mecanismo Uniting for Peace de la ONU.
Las palabras fueron calificadas por el Departamento de Estado como “imprudentes y provocadoras”. Pocas horas después, la administración de Donald Trump anunció la revocación del visado estadounidense de Petro, en un gesto sin precedentes hacia un jefe de Estado colombiano en ejercicio.
Reacciones internas en Colombia
El gobierno respondió en bloque. El ministro del Interior, Armando Benedetti, defendió a Petro y afirmó que “la sanción debía recaer sobre Benjamín Netanyahu, no sobre el presidente de Colombia”. Cancillería, por su parte, calificó la medida como “un acto hostil que contradice la tradición de respeto mutuo”.
En el país, las reacciones de la oposición fueron inmediatas. Voceros de este sector acusaron al presidente de comprometer la dignidad nacional, mientras otros señalaron que la sanción internacional se dirige directamente contra su figura, no contra la nación. A su vez, sectores empresariales afines a la oposición advirtieron sobre el riesgo de deteriorar la relación con el principal socio comercial de Colombia, responsable de más del 30 % de sus exportaciones.
Washington y los ecos de la política interna
La sanción llega en un momento particular para Estados Unidos. Donald Trump, en campaña por mantener la presidencia, enfrenta un clima de polarización política, juicios pendientes y la presión del ala más dura del Partido Republicano, encabezada por Marco Rubio, conocido por su línea dura frente a Cuba, Venezuela y ahora Colombia.
Analistas en Washington interpretan la medida como un cálculo político. “Trump necesitaba un gesto fuerte hacia sus bases conservadoras, y Petro, con su discurso desafiante en la ONU, se convirtió en el blanco perfecto”, explica Laura Carlsen, investigadora del Center for International Policy.
Desde el Partido Demócrata, voces como la congresista Alexandria Ocasio-Cortez criticaron la medida. “Castigar a un presidente extranjero por llamar a la paz en Gaza envía un mensaje equivocado al mundo”, señaló.
Un golpe a la relación bilateral

El retiro del visado no es un simple trámite burocrático. Es una señal política de desconfianza. Para Colombia, que depende de Estados Unidos en cooperación militar, comercio y apoyo financiero multilateral, el gesto podría traducirse en un deterioro acelerado de los vínculos.
“El impacto va más allá del presidente Petro. Podría afectar la cooperación antidrogas, la inversión estadounidense y el respaldo en organismos multilaterales”, advierte Sandra Borda, internacionalista de la Universidad de los Andes.
En círculos diplomáticos se especula incluso con la posibilidad de una “congelación” de las visitas oficiales, reducción de programas de cooperación y mayor presión sobre el gobierno colombiano en temas de seguridad.
¿Un golpe de Estado blando?
Los movimientos recientes en Washington, en particular las declaraciones de Marco Rubio y senadores republicanos que hablan de “contener la amenaza de Petro”, han sido interpretados en Bogotá como señales de un intento de desestabilización.
En entrevistas con medios estadounidenses, Rubio advirtió que “la política exterior de Colombia se está alineando con regímenes hostiles a Estados Unidos” y que “el Congreso debe evaluar las consecuencias”.
Sectores progresistas en América Latina ven en estas maniobras la antesala de un “golpe blando”. “No se trata solo de una visa. Es la construcción de un relato para aislar a Petro, tal como hicieron con Cuba en los años 60 o con Venezuela en la última década”, señala Guillaume Long, ex canciller de Ecuador.
El eco en América Latina y Europa
Gobiernos progresistas de la región expresaron su respaldo al mandatario colombiano. Lula da Silva advirtió que “no se puede castigar a un presidente por pedir la paz”, mientras México denunció que “Estados Unidos sigue viendo a América Latina como su patio trasero”.
En Europa, la reacción ha sido más matizada. El jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, pidió “prudencia” y destacó que “Colombia es un socio estratégico para la Unión Europea, tanto en la transición energética como en el proceso de paz”.
El dilema de Petro

El gobierno del “cambio” enfrenta ahora un dilema. Responder con dureza podría profundizar el aislamiento internacional; ceder, en cambio, sería interpretado como una derrota política.
“Petro debe medir muy bien sus próximos pasos. Colombia no puede darse el lujo de romper con Estados Unidos, pero tampoco puede aceptar humillaciones”, sostiene el ex embajador colombiano en Washington, Gabriel Silva.
En círculos del Palacio de Nariño se baraja una estrategia de diversificación: fortalecer los vínculos con la Unión Europea, México y Brasil, al tiempo que se reduce la dependencia de Washington en cooperación militar y financiera.
¿Qué debería hacer Colombia?
Expertos en política exterior coinciden en que Colombia necesita un plan de acción. Primero, blindar sus intereses económicos a través de la diversificación de mercados. Segundo, reforzar alianzas regionales en foros como la CELAC y UNASUR. Y tercero, mantener canales diplomáticos abiertos con Estados Unidos para evitar que la crisis se convierta en ruptura total.
“El gobierno debería buscar un interlocutor confiable dentro del Partido Demócrata y activar diplomacia parlamentaria. La política exterior de Estados Unidos no depende solo de Trump, y hay sectores que valoran a Colombia como socio estable”, apunta Michael Shifter, analista del Diálogo Interamericano.
Más allá de la coyuntura
La tensión actual refleja un cambio de fondo: el fin de la relación asimétrica en la que Colombia se subordinaba sin objeciones a Washington. Petro ha buscado reposicionar al país como un actor autónomo, incluso si eso significa desafiar a Estados Unidos en escenarios globales.
Ese giro, sin embargo, implica riesgos. La experiencia de Cuba y Venezuela muestra que enfrentarse a Washington puede acarrear sanciones, aislamiento y presiones internas. La pregunta es si Colombia, con su economía aún dependiente de Estados Unidos y con desafíos internos como la implementación del acuerdo de paz y el narcotráfico, está preparada para asumir ese costo.
El golpe económico inesperado
La decisión de Estados Unidos de retirarle la visa a Gustavo Petro no solo agitó la arena diplomática: también generó un efecto colateral en los mercados. Paradójicamente, la medida destinada a debilitar al presidente colombiano terminó fortaleciendo al peso frente al dólar.
Tras el anuncio, inversionistas y analistas interpretaron la confrontación como una señal de mayor autonomía política de Colombia frente a Washington, lo que reforzó la confianza en la moneda local. En cuestión de horas, el dólar cayó varios puntos en el mercado cambiario y el peso colombiano se posicionó como una de las divisas emergentes con mejor desempeño de la región.
Para algunos expertos, el fenómeno refleja un cambio de narrativa. “Estados Unidos ya no es el único eje de estabilidad. El mercado percibe que Colombia puede diversificar sus alianzas y reducir su dependencia histórica del dólar”, explicó Juan Pablo Espinosa, economista jefe de Bancolombia.
Aunque el efecto podría ser temporal, la señal es clara: el golpe político pretendido desde Washington tuvo también un costo económico inesperado en su propio terreno. La relación entre diplomacia y mercados volvió a demostrar que ningún movimiento internacional ocurre en el vacío.
Conclusión
La revocación del visado a Gustavo Petro es más que una anécdota diplomática: es el primer capítulo de una relación bilateral en crisis. La reacción de Colombia, la posición de los aliados internacionales y los movimientos de la política interna en Washington definirán si se trata de un episodio pasajero o del inicio de un distanciamiento histórico. Lo cierto es que, por primera vez en décadas, la relación con Estados Unidos ya no puede darse por sentada. Y en ese terreno incierto, el gobierno colombiano tendrá que decidir si resiste la presión, busca nuevos equilibrios o cede terreno frente al poder de la Casa Blanca.