Enviado Especial – GMTV Productora Internacional
Nueva York / Ginebra, 28 de septiembre de 2025 — Bajo una sombra de tensiones crecientes —la guerra en Gaza, cuestionamientos sobre el rol del multilateralismo y fisuras profundas en alianzas globales— se clausuró la 80.ª Asamblea General de la ONU con un balance nutrido en discursos, escándalos, retiradas de delegaciones y reivindicaciones simbólicas que podrían redefinir los contornos del orden mundial contemporáneo.
Este artículo analiza los resultados clave de la reunión, los momentos más conflictivos, los discursos que marcaron pauta, el papel de actores como Israel, EE. UU. y los países de América, la posición de António Guterres como secretario general —y las consecuencias para la reputación institucional del sistema multilateral— así como lo que este episodio anticipa para la diplomacia y la economía digital global.
Resumen y balance de la 80.ª Asamblea
Propósitos e hitos esperados
La reunión se desarrolla entre el 23 y el 29 de septiembre de 2025, bajo la presidencia de Annalena Baerbock, presidenta de la Asamblea General.
El tradicional debate general congregó a decenas de jefes de Estado y de Gobierno, quienes desplegaron sus agendas en momentos de crisis: el conflicto en Gaza, la guerra en Ucrania, los retos del cambio climático, la gobernanza del AI y la fragmentación geopolítica emergente.
Entre los asuntos urgentes se encontraban:
- las demandas de un cese inmediato del fuego en Gaza y de acceso humanitario ampliado,
- la rendición de cuentas frente a acusaciones de crímenes de guerra,
- el cuestionamiento al financiamiento y eficacia de la ONU misma en contextos de crisis múltiples,
- la redefinición de alianzas en un mundo que avanza hacia una multipolaridad explícita.
Sujetos centrales y momentos de ruptura
António Guterres abrió el debate con un tono urgente: advirtió que los pilares del sistema internacional estaban “bajo asedio” y pidió a los estados miembros pasar de las promesas al compromiso concreto.
También citó el reciente informe de la Comisión de Investigación que concluyó que Israel podría haber cometido genocidio en Gaza, lo que añadió una carga moral y jurídica a los debates.
Por su parte, el presidente de EE. UU., Donald Trump, hizo un retorno vigoroso al podio de la ONU con un discurso que reafirmó el principio de “America First”, criticó la lentitud de la institución y algunos de sus protocolos (incluyendo chistes contra un escalador detenido en la sede) como ejemplo de ineficacia.
Uno de los episodios más dramáticos ocurrió durante el discurso del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, quien proclamó que Israel “must finish the job” en Gaza, rechazó las recientes decisiones de países occidentales de reconocer al estado palestino y acusó a esas naciones de enviar un mensaje de impunidad al terrorismo.
Durante su alocución, unas decenas de delegaciones abandonaron el Salón de la Asamblea en señal de protesta.
Netanyahu rechazó las conclusiones de la comisión sobre genocidio y defendió sus operaciones militares como necesarias para derrotar a Hamas.
La intervención se dio ante una sala visiblemente más vacía de lo habitual, con ausencias notables de diplomáticos de alto rango de EE. UU., el Reino Unido y otros aliados.
Así, el momento simboliza la fractura entre discursos y prácticas diplomáticas tradicionales, con Israel en posición de aislamiento retórico.
Retiradas, represalias, confidenciales y reuniones privadas

Precisamente, uno de los gestos más contundentes de rechazo fue la retirada de delegaciones de países que denunciaron al gobierno israelí por las operaciones militares en Gaza, calificadas por algunos como genocidio. Ese retiro fue simbólico, pero denuncia una crisis de legitimidad y confianza hacia el sistema de paz liderado por la ONU.
Detrás de las puertas cerradas, se reportaron reuniones de ministros de exteriores de alrededor de 34 países, bajo el paraguas del llamado Grupo de La Haya, para discutir medidas coordinadas frente a Israel, incluyendo bloqueos diplomáticos, sanciones y alineamientos legales con los tribunales internacionales.
Este tipo de coordinación al margen del gran hemiciclo evidencia cómo los estados miembros están buscando fórmulas de acción colectiva alternativa al mecanismo tradicional.
Además, varios jefes de Estado y delegaciones aprovecharon momentos “informales” —entre sesiones bilaterales, cenas privadas o encuentros en oficinas colaterales— para explorar alianzas sobre tecnología, comercio digital, gobernanza del ciberespacio y cooperación en inteligencia geoestratégica. Entre esos encuentros se cuentan reuniones entre gobiernos latinoamericanos y Estados Unidos, así como con China e India, que no siempre fueron públicas ni reflejadas en las resoluciones oficiales.
Imagen de la ONU y su nuevo momento institucional
La imagen de la ONU emergió de esta 80.ª Asamblea como una institución bajo presión: cuestionada por su eficacia en crisis extremas, pero al mismo tiempo revalidada como único foro global donde confluyen representaciones tan diversas como rivales. El episodio Gaza evidenció sus límites operacionales frente a la voluntad de estados poderosos, pero también su rol como espacio de denuncia, visibilidad internacional y legitimidad normativa.
La factura institucional está allí: algunas naciones, criticando burocracia o falta de resultados, han propuesto reformas profundas en su financiamiento, estructura de protocolos o mecanismos de implementación. Guterres mismo alertó que la reducción presupuestaria y recortes de personal podrían debilitar la capacidad de acción de la ONU para responder eficazmente a crisis múltiples simultáneas.
Pero también quedó claro que ningún reemplazo global real aparece por ahora, especialmente para temas como derechos humanos, tribunales internacionales, cambio climático, o asuntos humanitarios en zonas de conflicto. La Asamblea, a pesar de sus contradicciones, sigue siendo la vitrina central de legitimidad diplomática global.
¿Quiénes emergen como nuevos liderazgos globales?

Algunos países y personas vieron reforzada su estatura diplomática:
India y China, citados por Guterres como indicadores de una multipolaridad en ascenso, reiteraron su apuesta por un orden global con menos hegemonía estadounidense.
Países europeos que reconocieron el estado palestino (Reino Unido, Francia, Canadá, Australia) ganaron protagonismo frente a EE. UU. por dar un paso diplomático audaz, lo que tensionó la unidad occidental.
Estados latinoamericanos y del Sur global aprovecharon las sesiones y los espacios colaterales para reposicionarse como voces puneñas del derecho internacional y promover iniciativas de paz independientes de los bloques tradicionales.
El Grupo de La Haya, aunque no es un liderazgo único, se erigió como plataforma de coordinación jurídica y diplomática que puede canalizar presión colectiva sobre actores en falta frente al derecho internacional.
En cuanto a personas, los diplomáticos activistas, comisionados de derechos humanos y voceros de coaliciones del Sur han ganado visibilidad en la narrativa mediática e institucional.
Los papeles centrales: Netanyahu, EE. UU. y los presidentes americanos
Netanyahu fue el actor que más tensión generó. Su discurso marcó un clivaje simbólico claro: no solo desafió la condena internacional, sino que buscó redefinir los límites del discurso militar en una cumbre global. Su insistencia en “acabar el trabajo” y la retransmisión de su discurso hacia Gaza (mediante megáfonos y redes) mostraron que apunta no solo a la diplomacia internacional, sino también a audiencia interna y propagandística.
Estados Unidos, representado por Trump, mantuvo un respaldo aparentemente tibio a Israel, pero sin acudir con altísima visibilidad en la sala. El discurso norteamericano criticó a la ONU por su lentitud y señalo fallas institucionales, apuntando a un distanciamiento retórico.
Las ausencias de diplomáticos de primer nivel en momentos críticos evidenciaron que EE. UU. opta por un perfil intermedio: respaldar, pero sin exponerse excesivamente al fuego crítico.
Los presidentes de América Latina —Brasil, México, Colombia y otros—, presentes o representados, aprovecharon sus intervenciones para demandar cese al fuego, reforzar la agenda de migración, cooperación climática, transición energética y alertar sobre los efectos de la guerra en el hemisferio. En varios casos, se aliaron con la narrativa humanitaria y la defensa del derecho internacional como eje común frente a presiones reales desde Washington o Bruselas.
Guterres entre la presión moral y la operatividad institucional
Como secretario general, António Guterres emerge de este episodio como un actor atrapado entre su rol simbólico de guardián del multilateralismo y la dureza política de estados más poderosos. Fue el promotor del lenguaje más contundente contra la guerra en Gaza dentro del hemiciclo, al recordar las obligaciones humanitarias y someter a escrutinio los informes de comisiones de investigación.
Sin embargo, también enfrentó críticas por la imposibilidad de que la ONU pase de la denuncia a la acción efectiva: el aparato institucional tiene límites claros cuando los Estados poderosos juegan con márgenes casi unilaterales. El reclamo de reformas, sostenibilidad financiera y mayor capacidad de intervención fue uno de sus mensajes centrales.
Guterres aparece, así como un puente incómodo entre expectativas populares de justicia global y las realidades de la diplomacia del poder.
Lecciones, riesgos y mirada hacia la era digital-económica
Tensiones estructurales del sistema multilateral

La Asamblea exhibió la fragilidad del paradigma de consenso: cuando los Estados con poder escalonadamente rompen las normas implícitas, el multilateralismo se resiente. La capacidad de la ONU para mediar o imponer decisiones en conflictos intensos depende del respeto que los miembros otorguen a su legitimidad.
Economía digital, soberanía tecnológica y nuevas agendas de poder
Este tipo de encuentros diplomáticos ya no giran solo en torno a seguridad, armas o fronteras físicas. En los pasillos de la ONU se discutieron reglamentos sobre inteligencia artificial, soberanía de datos, control de plataformas digitales e inversión en telecomunicaciones como nuevo campo de influencia. En los próximos años, posiciones logradas —o acuerdos tácitos— en foros aparentemente técnicos podrían traducirse en subsidios, bloqueos o dependencia digital nacional.
Riesgo de polarización y “zonificación diplomática”
Las retiradas de delegaciones como acto simbólico sugieren que bloques más estrictos (pro-Israel, pro-Palestina, no alineados) podrían reforzarse. Así, la ONU podría recrearse como una “plaza diplomática segmentada” donde ciertos estados dialogan entre sí, pero no con todos.
Para la reputación institucional y la gobernanza global
La ONU deberá mostrar resultados tangibles, o verá erosionarse su autoridad.
Los mecanismos de justicia internacional (CPI, comisiones de investigación) ganaron protagonismo, pero necesitan apoyo político y operacional para trascender del papel simbólico.
Los países del Sur global, que fueron protagonistas de posturas colectivas, podrían asumir mayor liderazgo en definir la agenda global.