🪰 La mosca en la sopa
Washington, 2025. El presidente Donald Trump, ese magnate reciclado en jefe de Estado, parece haber confundido la Casa Blanca con un set de televisión de bajo presupuesto. Entre cortinas doradas y tuits en mayúsculas, el mandatario atraviesa su temporada final con más giros que una telenovela venezolana. Pero esta vez, ni los guionistas de Fox News logran maquillar el desastre.
Rumores de narcotráfico en el gabinete, filtraciones que huelen más a polvo blanco que a transparencia institucional, y funcionarios que entran y salen como si el Despacho Oval fuera una discoteca de Miami. ¿Quién dijo que el poder no se mezcla con los carteles? En los pasillos del Capitolio se murmura que algunos asesores tienen más vínculos con Sinaloa que con Harvard. Y mientras tanto, Trump sonríe en sus mítines como si todo fuera parte del show.
Pero si hay un fantasma que se niega a abandonar el escenario, ese es Jeffrey Epstein, el financiero caído en desgracia que compartía fiestas con cheerleaders y secretos con multimillonarios. Su muerte en prisión, oficialmente por suicidio, dejó más preguntas que respuestas. Y ahora, con la reciente publicación de su agenda personal por el Congreso, los nombres de Trump, Melania e Ivanka aparecen como invitados VIP en el directorio del horror. ¿Coincidencia? ¿Networking? ¿Masajes tachados en listas confidenciales? El Departamento de Justicia prefiere no comentar.
La relación del presidente con los militares tampoco atraviesa su mejor momento. El “golpe de silencio”, como lo llaman algunos analistas, se parece más a un tribunal castrense que a una estrategia de defensa nacional. Generales que no responden llamadas, oficiales que evitan saludarlo en actos públicos, y una cúpula que parece haber decidido que el mejor castigo es ignorarlo. Trump, acostumbrado a los aplausos, ahora enfrenta el eco de su propio ego.

Y como si el caos institucional no fuera suficiente, la primera dama Melania ha vuelto a los titulares, esta vez no por sus silencios elegantes, sino por los rumores de un romance secreto con Justin Trudeau, el primer ministro canadiense que, según fuentes cercanas al protocolo, la dejó “babeando” en una cena diplomática. El playboy del norte, con su sonrisa de catálogo y su acento bilingüe, habría conquistado más que tratados comerciales. Melania, dicen, ya no mira a Trump con la misma indiferencia: ahora lo hace con lástima.
Mientras tanto, el pueblo estadounidense observa el espectáculo con una mezcla de resignación y palomitas. Los seguidores del movimiento MAGA se dividen entre los que creen que todo es una conspiración de Hollywood y los que empiezan a sospechar que el guion se les fue de las manos. Las encuestas bajan, los escándalos suben, y el presidente insiste en que todo es culpa de los medios, de los demócratas, de los inmigrantes, de las vacunas, de las feministas, de los molinos de viento. En este reality político, la frontera entre la ficción y la tragedia se desdibuja. Trump, el protagonista de su propio delirio, parece decidido a terminar su mandato como empezó: rodeado de controversia, escándalo y frases que desafían la gramática. Pero esta vez, ni Melania, ni los militares, ni los archivos de Epstein lo salvan del juicio final. El pueblo, ese espectador cansado, empieza a preguntarse si el show debe continuar… o si ya es hora de cambiar de canal.