Unidad Investigativa – GMTV Productora Internacional
El 12 de octubre de 1492 quedó marcado en los anales de Europa como la llegada de Cristóbal Colón a lo que se llamaría luego “el Nuevo Mundo”. Para millones de habitantes originarios, sin embargo, fue el inicio de una interrupción violenta de sus vidas: la llegada europea abrió las puertas a conquistas, introducción de enfermedades, apropiación de tierras y la reorganización forzada de sociedades enteras. Lo que en algunos relatos oficiales se celebra como “descubrimiento”, para otros fue la primera página de una larga historia de desposesión y borrado cultural.
Cinco siglos después, y a miles de kilómetros de distancia, la creación del Estado de Israel tras la resolución 181 de la Asamblea General de la ONU (29 de noviembre de 1947) dejó también una huella de desplazamiento masivo y fractura social. Aquella partición —propuesta por un cuerpo internacional que intentaba resolver el final del Mandato británico— no ocurrió en el vacío: se insertó sobre poblaciones que llevaban siglos viviendo en esas tierras, y su implementación terminó por desencadenar una guerra (1947–1949) que produjo la expulsión o huida de cientos de miles de palestinos, un proceso que los palestinos recuerdan como la Nakba, o “catástrofe”.
Ambas historias —la colonización europea de las Américas y el establecimiento del régimen sionista en Palestina— comparten, en distintos tiempos y contextos, rasgos que invitan a la comparación: reivindicaciones de legitimidad basadas en narrativas fundacionales, el uso de instrumentos legales o políticos para cambiar demografías y propiedades, la violencia abierta o encubierta contra poblaciones locales, y la persistencia de una memoria colectiva de pérdida que atraviesa generaciones. Esta crónica busca trazar esas similitudes sin simplificar las diferencias históricas y políticas que también son decisivas.
Narrativas fundacionales y legitimidad
En el caso americano, las coronas europeas y la doctrina de la “conquista” encontraron justificación en una mezcla de intereses económicos, rivalidades geopolíticas y marcos religiosos y jurídicos que permitieron —y más tarde institucionalizaron— la apropiación de tierras y recursos. A lo largo de etapas sucesivas, desde encomiendas hasta repartos y colonias de asentamiento, se produjo una reconfiguración radical del mapa humano del continente. Las poblaciones originarias sucumbieron ante la violencia, la explotación y, de forma decisiva, las enfermedades traídas desde Europa.
En Palestina, la legitimidad moderna del Estado de Israel se ancló en distintas fuentes: la experiencia del antisemitismo europeo, el sionismo político que buscaba un Estado nacional judío y el aval internacional que iba a adoptar la ONU tras la Segunda Guerra Mundial. Pero la resolución de partición y su aplicación pusieron en marcha procesos de creación estatal que, según numerosas investigaciones y testimonios, incluyeron expulsiones, destrucción de aldeas y reasignación de tierras que antes pertenecían a campesinos palestinos. Historiadores como Ilan Pappé han argumentado que las expulsiones de 1948 constituyeron un proceso sistemático que algunos han descrito como limpieza étnica; otros historiadores israelíes y palestinos lo han documentado y debatido con intensidad en las últimas décadas.
Desposesión material y simbólica
La desposesión no es solamente pérdida de tierra; es también la erosión de estructuras de sentido: nombres de lugares borrados o reemplazados, rituales y formas de vida truncadas, bibliotecas y archivos destruidos. En América, la usurpación territorial fue seguida por la reorganización económica (plantaciones, minería), la imposición de lenguas y religiones, y leyes que transformaron la condición legal de los pueblos originarios. En Palestina, la Nakba no solo desplazó a familias enteras: implicó también la destrucción de aldeas, la apropiación de viviendas y el reasentamiento de poblaciones en nuevas condiciones legales y económicas que consolidaron el cambio demográfico. Datos recopilados por instituciones palestinas y estudios contemporáneos estiman que entre 750.000 y más de 800.000 palestinos fueron desplazados entre 1947 y 1949.
Lo que une ambos procesos es el uso combinado de herramientas militantes, administrativas y legales para transformar hechos sobre el terreno en realidades políticas irreversibles: mapas nuevos, catastros, leyes de propiedad, asentamientos colonos o núcleos de colonización. En la práctica, la ley internacional o las resoluciones pueden abrir puertas, pero la implementación práctica define quién permanece y quién queda fuera.
Memoria, resistencia y narrativas contrapuestas
Las sociedades desposeídas no desaparecen como actores históricos: se organizan, resisten, preservan memorias y reclaman justicia. En América, hubo revueltas, alianzas indígenas, procesos de sincretismo cultural y, en tiempos recientes, movimientos de reivindicación indígena que buscan reconocimiento, reparación y restitución. En Palestina, la memoria de la Nakba alimenta reclamos de retorno, catálogos de pérdidas y nuevas formas de resistencia política y cultural. Académicos como Rashid Khalidi han situado la experiencia palestina en una larga historia de colonización y desplazamiento, insistiendo en que la narrativa palestina no puede disociarse del marco de poder regional e internacional que contribuyó a su vulnerabilidad. Khalidi y otros han documentado cómo la historia se retransmite y reinterpreta en contextos contemporáneos de violencia y diplomacia.
Diferencias imprescindibles: tiempos, contextos y actores
Comparar no equivale a asimilarlo todo. Las colonizaciones ibéricas del siglo XVI y la creación del Estado de Israel en el siglo XX ocurrieron en contextos políticos, tecnológicos y morales muy diferentes. El imperialismo europeo se combinó con una Revolución Comercial mundial y un marco ideológico (mercantilismo, justificaciones religiosas) que operaron durante siglos; el caso palestino se desarrolla en el siglo XX con el telón de fondo de la descolonización, el fin del mandato británico y las decisiones de un organismo multilateral que pretendía dirimir una cuestión territorial. Además, los actores y sus motivaciones no fueron homogéneos: dentro de las sociedades colonizadoras hubo debates, contradicciones y resistencias, y dentro del movimiento sionista hubo corrientes y tensiones que influyeron en la forma en que el proyecto estatal se implementó. Estas diferencias importan para entender responsabilidades y posibilidades de reparación.
¿Reparación, reconocimiento o derecho a la verdad?
Si hay un hilo que une a las víctimas de la colonización de América y de la Nakba es la demanda de reconocimiento. El reconocimiento no borra el dolor ni restituyó tierras de forma masiva en la mayoría de los casos, pero sí reconstruye marcos de legitimidad moral y política necesarios para pensar reparaciones. En el hemisferio occidental, el debate sobre restitución territorial, autonomía indígena y medidas de reparación ha ido ganando terreno: énfasis en la consulta previa, revisión de currículos escolares y restitución de nombres. En Palestina, las demandas incluyen el derecho al retorno, reparaciones y el fin de políticas que mantienen condiciones de segregación o control sobre poblaciones civiles. El choque político es intenso porque las propuestas de reparación suelen implicar cambios profundos en la estructura del Estado y la propiedad —lo que, por definición, confronta intereses establecidos.
Voces expertas: memoria crítica y responsabilidades
Historiadores y expertos nos recuerdan que la historia no es un archivo inerte: es un campo de batalla por el sentido. Ilan Pappé, historiador israelí, ha argumentado que los eventos de 1948 deben leerse bajo la lupa de planes sistemáticos y decisiones que produjeron desplazamientos masivos —una valoración que resuena con testimonios y archivos desclasificados, aunque no es la única interpretación académica del periodo. Rashid Khalidi, por su parte, ha insistido en que la experiencia palestina es parte de una larga secuencia de desposesión y de políticas que han minado la justicia histórica. Ambos, pese a sus posiciones, coinciden en que la memoria y la documentación son esenciales para reclamar reparación y verdad.
Conclusión: de la historia a la responsabilidad contemporánea
La comparación entre América y Palestina es incómoda porque obliga a mirarnos en el espejo de la modernidad: los procesos que crearon naciones modernas muchas veces lo hicieron sobre la base de exclusiones y violencia. Reconocerlo no es condenar un pueblo entero del pasado, sino entender que las instituciones fundacionales —coronas, parlamentos, asambleas internacionales— han tenido un papel en facilitar transformaciones que hoy deben ser sometidas a escrutinio moral y político. Para las sociedades contemporáneas, la pregunta no puede ser simplemente “¿quién tenía razón hace 500 o 75 años?” sino “¿qué arreglos de justicia, memoria y restitución podemos y debemos construir ahora para reparar daños que perduran?”.
La tarea es inmensa y controversial: implica historia, derecho, política internacional y, sobre todo, la voluntad colectiva de reconocer que la creación de Estados y fronteras a menudo dejó tras de sí víctimas cuya voz sigue resonando. Si la principal lección de cinco siglos de encuentro desigual fuera la necesidad de escuchar a las voces silenciadas, quizá encontraríamos un punto de partida para trazar, por primera vez, un relato que no oculte el costo humano de los grandes proyectos históricos.
Fuentes y lectura recomendada (selección): Britannica sobre Cristóbal Colón y los primeros viajes; colecciones del Smithsonian y UNESCO sobre el impacto de la colonización en los pueblos originarios; texto de la Resolución 181 de la ONU (partición de 1947); documentación y análisis sobre la Nakba y cifras de desplazamiento; trabajos y debates de historiadores como Ilan Pappé y Rashid Khalidi.