Unidad Investigativa – GMTV Productora Internacional
En las últimas semanas, una serie de ataques militares estadounidenses en alta mar —dirigidos contra embarcaciones que, según Washington, partían de puertos venezolanos con carga de estupefacientes— ha encendido alarmas diplomáticas y jurídicas en la región. Los hechos, que incluyen al menos cinco acciones letales en aguas del sur del Caribe y la muerte de varias personas, han sido difundidos por la propia Casa Blanca como parte de una ofensiva contra el narcotráfico. Para Caracas y varios gobiernos caribeños, en cambio, se trata de violaciones del derecho internacional y de la soberanía venezolana. El contraste entre ambas narrativas plantea preguntas inquietantes: ¿quién ordena y se beneficia de estas operaciones?, ¿responden a criterios estrictamente antidrogas o a objetivos geoestratégicos y políticos?, y ¿qué consecuencias reales pueden derivarse para la paz y la estabilidad regionales?
Asimismo, se conoció hoy que, el Ejército estadounidense atacó este jueves (16 de octubre) otro barco en el mar Caribe, cerca de las costas de Venezuela, de acuerdo con funcionarios citados por medios estadounidenses.

La ofensiva a un sexto buque, adjudicado al narcotráfico por la Administración del presidente Donald Trump, fue realizada por miembros del Comando Sur en el Caribe, de acuerdo con funcionarios citados por la cadena CBS.
En medio de este panorama, Trump informó ayer que autorizó a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) realizar operativos encubiertos y dijo que estaba analizando la posibilidad de realizar operaciones en tierra debido a que, a su criterio, han paralizado el tráfico de drogas marítimo.
La versión oficial y sus grietas
La Administración estadounidense ha defendido las acciones como “misiones defensivas” contra narcotráfico transnacional y grupos armados vinculados —según el Gobierno de EE. UU.— con organizaciones como Tren de Aragua, designada por Washington como organización terrorista extranjera. Funcionarios de la Casa Blanca y del Pentágono han sostenido que la destrucción de embarcaciones en alta mar es necesaria para frenar envíos que abastecerían mercados en Estados Unidos y Europa.
Sin embargo, la documentación pública aportada por Washington ha sido parcial y, en muchos casos, tardía. Organismos independientes y medios han señalado que en al menos algunos ataques no se mostró evidencia clara de la presencia de droga a bordo antes del lanzamiento de fuerza letal, ni se explicó por qué no se optó por la interdicción y detención de tripulantes si las embarcaciones navegaban en aguas internacionales. La ausencia de transparencia ha alimentado sospechas sobre la proporcionalidad y la legalidad de las maniobras.
¿Quién está detrás de las operaciones?
En términos operativos, las acciones han involucrado a unidades navales y aéreas estadounidenses, y —según declaraciones públicas— contaron con respaldo de inteligencia que vinculó determinados objetivos con redes de narcotráfico. A nivel político, figuras como el secretario de Estado Marco Rubio han defendido públicamente la línea dura contra “narco-terroristas” y han prometido continuidad en la estrategia. Las declaraciones de altos cargos estadounidenses han acercado la intervención militar a una narrativa de seguridad nacional que, en la práctica, refuerza el uso de la fuerza en un teatro marítimo donde la evidencia y los procedimientos de interdicción suelen ser complejos.
Pero entre la vía operativa y la agenda política existen solapamientos: los lobbies antidrogas, las presiones electorales internas y las prioridades geopolíticas (control de rutas marítimas, alianzas con gobiernos caribeños, sanciones a Caracas) confluyen en una estrategia que mezcla seguridad, política exterior y cálculo doméstico. Hasta la fecha no existen pruebas públicas de una coordinación directa entre congresistas o secretarios de Estado y organizaciones criminales —y cualquier afirmación en ese sentido exige pruebas robustas—; no obstante, la pregunta sobre si ciertos sectores políticos en EE. UU. utilizan la “lucha antidroga” como cobertura para otros fines merece investigación y escrutinio.
Intereses de los carteles en el Caribe: ¿un mercado codiciado?
El Caribe ha dejado de ser un simple corredor logístico para convertirse en un mercado estratégico: el aumento de la demanda en Europa y Asia, junto con la presión en rutas tradicionales, ha incentivado a organizaciones criminales a diversificar y controlar nodos marítimos más pequeños. Los carteles —tanto latinoamericanos como actores regionales— tienen incentivos para consolidar rutas caribeñas que evadan controles mayores. En ese contexto, el control del “mercado” en alta mar (pasajes, puntos de transbordo, protección) representa un activo económico y político para redes criminales. Sin embargo, afirmar que carteles estadounidenses controlan el mercado en el Caribe sería inexacto: la evidencia muestra, más bien, redes transnacionales interdependientes con distintos centros de poder.
Riesgos y consecuencias para la paz regional
Las consecuencias de estos ataques —y de la narrativa que los acompaña— son múltiples y potencialmente graves:
Escalada militar y diplomática. Caracas ha denunciado ante la ONU y prometido respuestas militares y ejercicios defensivos. La tensión puede arrastrar a países vecinos y a potencias regionales a posiciones enfrentadas, reduciendo canales de diálogo.
Erosión del derecho marítimo. La normalización del uso de la fuerza contra barcos en aguas internacionales sin una cadena de pruebas clara puede debilitar estándares y crear precedentes peligrosos. Expertos legales ya advierten sobre el impacto en el sistema de la libre navegación y en la soberanía de los Estados ribereños.
Victimización de civiles y deslegitimación de acciones antidroga. Si pescadores o comerciantes son alcanzados —como señalan familiares identificados en algunas noticias—, la campaña contra el narcotráfico corre el riesgo de convertirse en una fuente de nuevos agravios y reclamos internacionales. Esto complica la cooperación regional y alimenta discursos anti-estadounidenses.
Oportunidad para grupos armados. La presión sobre rutas principales puede empujar a las redes criminales a radicalizar tácticas, reclutar y militarizar espacios locales, con consecuencias directas sobre seguridad interna en países de la región.
Marco político: entre comunicación y responsabilidad
En Washington, las voces que defienden las operaciones sostienen que la urgencia de la crisis de droga obliga a medidas contundentes. En Caracas y en varios gobiernos caribeños, la percepción es otra: la estrategia de EE. UU. no solo vulnera soberanías sino que desestabiliza el tejido político local. La responsabilidad política exige transparencia: quién ordena las salidas de patrullas, qué pruebas se usan para acreditar tráfico, y cómo se protege a civiles en zonas de pesca comercial. Organismos internacionales y tribunales pueden acabar siendo el escenario para dirimir estas disputas.
¿Qué debería investigarse con rigor?
La prensa y las fiscalías de la región deben priorizar:
- la cadena de decisión que autorizó cada ataque;
- la evidencia de narcotráfico en cada embarcación objetivo;
- la identificación de víctimas civiles y responsabilidad por daños;
- los vínculos entre actores políticos y decisiones operativas; y
- los canales de coordinación (o falta de ellos) entre Estados y agencias multilaterales.
Solo con investigaciones documentadas se podrá distinguir la acción legítima contra criminales de una política que, sin quererlo o conscientemente, coloca a la región al borde de una crisis mayor. Mientras tanto, la comunidad internacional debe exigir transparencia y apego al derecho internacional. Atacar embarcaciones en el Caribe no puede ser un acto fuera de control: la paz regional y la legitimidad de la lucha antidroga dependen de que los Estados respeten normas y expliquen sus actos con pruebas verificables. De lo contrario, el Caribe corre el riesgo de convertirse en un tablero donde se juegan intereses geopolíticos y económicos ajenos a la seguridad de sus poblaciones.