Redacción Política y Economía Global
La relación entre Estados Unidos y Colombia, considerada durante décadas una de las más sólidas y estratégicas de América Latina, acaba de entrar en una fase crítica. En un discurso transmitido desde la Casa Blanca, el presidente Donald Trump calificó al mandatario colombiano Gustavo Petro como “líder del narcotráfico” y anunció el fin inmediato de la ayuda económica y militar estadounidense a Bogotá, además de nuevas tarifas comerciales sobre las exportaciones colombianas hacia el mercado norteamericano.
El anuncio, acompañado de un tono desafiante, sorprendió tanto a diplomáticos como a analistas. Para algunos observadores, se trata del mayor deterioro en las relaciones bilaterales desde el fin del Plan Colombia, y un punto de inflexión que podría reconfigurar el mapa político regional.
Una acusación sin precedentes
Trump, en su declaración, acusó a Petro de “permitir el florecimiento de los carteles bajo el disfraz de la soberanía nacional”, afirmando que Colombia “ha dejado de ser un socio confiable en la lucha contra las drogas”.
Las palabras no solo rompieron la diplomacia habitual entre ambos gobiernos, sino que evocaron los años más tensos de la política antidrogas en el hemisferio.
El gobierno colombiano respondió pocas horas después. En un comunicado, la Cancillería calificó las declaraciones como “una ofensa inaceptable al pueblo colombiano y una intromisión directa en los asuntos internos del país”. Petro, en su cuenta de X, replicó que “ningún poder extranjero puede dictar el rumbo de nuestra política soberana ni mancillar la dignidad de nuestra nación”.
Sin embargo, el impacto va más allá de los gestos simbólicos. El comercio bilateral entre ambos países supera los 14.000 millones de dólares anuales, y gran parte del presupuesto de seguridad colombiano aún depende de programas de cooperación y capacitación financiados por Washington.
Fin del “Plan de confianza”
Desde comienzos del siglo XXI, la alianza entre Estados Unidos y Colombia se había basado en una lógica de seguridad compartida: Washington aportaba recursos, entrenamiento e inteligencia a cambio de un compromiso colombiano con la erradicación de cultivos ilícitos y la estabilidad regional.
La ruptura de ese marco altera no solo la política antidrogas, sino también la arquitectura de seguridad hemisférica. “El anuncio de Trump es una señal de que la agenda exterior estadounidense está siendo guiada por impulsos políticos internos más que por criterios estratégicos”, explica Michael Shifter, expresidente del Inter-American Dialogue.
“Este tipo de acusaciones debilitan la cooperación institucional y pueden empujar a Colombia a buscar nuevos aliados, posiblemente en Europa o en Asia”, añadió.
Desde el lado colombiano, la lectura es distinta. Fuentes cercanas al Palacio de Nariño aseguran que Petro considera esta reacción de Trump como una maniobra electoral y no como una decisión de Estado. “No hay evidencia que sustente semejante acusación. Es un mensaje dirigido a su base interna, no a la comunidad internacional”, señaló un funcionario que pidió reserva de su identidad.
Un escenario regional más fragmentado
El conflicto verbal entre Washington y Bogotá se da en un momento en que América Latina atraviesa una nueva ola de polarización ideológica.
Mientras líderes como Javier Milei en Argentina o Daniel Noboa en Ecuador abrazan una retórica ultraliberal y abiertamente alineada con la agenda de Trump, gobiernos como los de Petro en Colombia o Lula da Silva en Brasil promueven una visión más progresista, centrada en la justicia social y la soberanía económica.
La disputa entre Trump y Petro, en este contexto, puede interpretarse como un choque de visiones sobre el papel de América Latina en el orden global.
“Trump busca reafirmar el viejo paradigma de subordinación hemisférica, mientras Petro representa una corriente que exige trato de igual a igual”, comenta la politóloga chilena Marta Lagos, directora de Latinobarómetro.
“Lo preocupante es que este tipo de enfrentamientos personales degeneran rápidamente en crisis diplomáticas, sin mecanismos institucionales para procesarlas.”
Consecuencias económicas y diplomáticas
El anuncio de tarifas arancelarias, aunque aún sin detalles específicos, podría golpear especialmente a los sectores cafetero, floricultor y minero, pilares de las exportaciones colombianas hacia EE. UU.
Analistas en Bogotá temen que la medida sea solo el primer paso hacia un aislamiento económico selectivo. “Si se suspenden los programas de cooperación y comercio preferencial, el impacto en el empleo rural y en la inversión extranjera sería enorme”, advierte Luis Fernando Mejía, director de Fedesarollo.
En el plano diplomático, Colombia podría verse forzada a acelerar sus vínculos con la Unión Europea, China y los países de la Comunidad Andina. Sin embargo, ese giro requeriría tiempo y reacomodos internos que no siempre son fáciles de ejecutar en medio de un clima de confrontación política.
El riesgo de una diplomacia emocional
Más allá de las consecuencias prácticas, el episodio revela una tendencia preocupante: la diplomacia emocional.
En los últimos años, varios líderes del continente han confundido los actos de gobierno con expresiones personales de furia o ego. Las redes sociales amplifican esas tensiones, convirtiendo lo que antes eran diferencias diplomáticas manejadas con discreción, en espectáculos mediáticos globales.
“El problema no es solo Trump ni Petro”, sostiene el analista mexicano Carlos Bravo Regidor. “El problema es que estamos viendo cómo la política exterior se está guiando por reacciones impulsivas, más propias del escenario doméstico que del tablero internacional. Y eso erosiona la confianza entre los Estados.”
Un nuevo punto de inflexión
Si algo deja claro esta crisis, es que la diplomacia entre Estados Unidos y América Latina ha entrado en una era de incertidumbre.
La cooperación ya no se mide en valores compartidos, sino en afinidades ideológicas momentáneas.
Y mientras los gobernantes continúan cruzando declaraciones incendiarias, la región pierde lo que más necesita: estabilidad, diálogo y visión estratégica.
En el fondo, la pregunta que flota sobre esta tormenta diplomática no es si Petro o Trump tienen razón.
Es si la democracia en el continente puede sobrevivir a la política del impulso, la furia y el tuit.
Comentario final:
Paradójicamente, la política anti-Petro impulsada por Donald Trump no está debilitando al peso colombiano, sino al dólar. El mercado global percibe las amenazas comerciales y diplomáticas como un reflejo de incertidumbre interna en Estados Unidos más que de fortaleza geopolítica. La agresividad retórica del presidente republicano genera temores de guerra comercial y fuga de capitales hacia monedas emergentes, lo que ha hecho que, por primera vez en años, el peso colombiano resista mejor que el discurso de Washington.