Por Gustavo Melo Barrera – GMTV Productora Internacional
Por estos días, RTVC no parece un sistema de medios públicos. Parece más bien una agencia de viajes con presupuesto estatal, dirigida por dos guías espirituales del clientelismo: Hollman Morris y Germán López, los nuevos profetas del tilín tilín. Con una maleta llena de promesas y otra vacía de pauta, recorren el país como si fueran los Beatles en gira, pero sin talento, sin música y sin vergüenza.
Desde que se posesionó el gobierno de Gustavo Petro, estos dos iluminados decidieron que los medios alternativos —esos que sobreviven con café, fe y una conexión de Wi-Fi robada— merecían atención. Y vaya que la recibieron: invitaciones a eventos con todo pago, desde el bus hasta el buñuelo. Reuniones en salones decorados como si fueran bodas de narco, con discursos que prometen el 33.3% de la pauta estatal. Sí, ese número mágico que parece sacado de una profecía bíblica o de una rifa amañada.
Pero el dinero nunca llegó. Lo que sí llegó fue el desfile de comités de aplausos. Diez, para ser exactos. Diez grupos de entusiastas profesionales del palmoteo, entrenados para reír, llorar y ovacionar cada vez que Hollman dice “medios comunitarios” o Germán pronuncia “territorios de paz”. Son como animadores de televisión, pero sin carisma y con viáticos.
Mientras tanto, los medios alternativos siguen esperando. Esperando pauta, esperando respeto, esperando que alguien les diga que no fueron convocados solo para llenar sillas y tomarse selfies con los futuros candidatos al Congreso. Porque sí, esto no es una política pública: es una pre-campaña. Una gira de posicionamiento disfrazada de inclusión. Una estrategia electoral con presupuesto público y cobertura de RTVC.
Los eventos son tan surrealistas que podrían ser escritos por Kafka y dirigidos por Tarantino. Periodistas independientes llegan con la esperanza de recibir apoyo, y salen con una bolsa de papel, un sticker de RTVC y una foto borrosa con Hollman. Les prometen que “ya casi” llega la pauta, que “el proceso está en marcha”, que “el gobierno está comprometido”. Pero lo único que está comprometido es el presupuesto, que se gasta en hoteles, cenas, traslados y escenografías dignas de una telenovela venezolana.
Y mientras los medios trabajan gratis, los jefes de la gira se pavonean como estrellas. Hollman, con su aura de mártir mediático, y Germán, con su sonrisa de vendedor de seguros, reparten abrazos, promesas y discursos reciclados. Hablan de democratizar la comunicación, pero no democratizan ni el café. Hablan de descentralizar la pauta, pero la concentran en sus agendas personales. Hablan de paz, pero si uno les pregunta por el presupuesto, se desata la guerra.
Los comités de aplausos, por su parte, cumplen su función con devoción. Aplauden cuando hay que aplaudir, se indignan cuando hay que indignarse, y se retiran discretamente cuando alguien pregunta por el dinero. Son como extras en una película de bajo presupuesto, pero con sueldo. Porque sí, mientras los medios alternativos trabajan gratis, los comités cobran. Cobran por aplaudir, por coordinar, por justificar lo injustificable.
Y lo más triste no es la estafa. Lo más triste es la cantidad de inocentes que siguen creyendo. Que siguen asistiendo a los eventos, que siguen compartiendo las fotos, que siguen esperando que algún día llegue el 33.3%. Como si RTVC fuera una tómbola y no una institución. Como si Hollman y Germán fueran Robin Hood y no dos burócratas con ambiciones electorales.
Porque esto no es una política de medios. Es una estrategia de posicionamiento. Es una campaña disfrazada de inclusión. Es tilín tilín y de aquello nada. Es el arte de prometer sin cumplir, de convocar sin pagar, de aplaudir sin pensar.
Y mientras tanto, los medios alternativos siguen haciendo periodismo con las uñas. Siguen denunciando, informando, resistiendo. Siguen creyendo que algún día el Estado los reconocerá. Pero el Estado, en manos de estos dos, solo reconoce lo que le conviene. Y lo que le conviene es tener una base de datos de medios que aplaudan, que repitan, que no molesten.
Así que si usted es periodista independiente y recibe una invitación de RTVC, piénselo dos veces. Porque puede que le paguen el bus, pero no le pagarán el trabajo. Puede que le den un micrófono, pero no le darán voz. Puede que le prometan pauta, pero lo que le darán es palmaditas en la espalda y una sonrisa de campaña.
RTVC, bajo Hollman y Germán, se ha convertido en una república del tilín tilín. Una república donde el aplauso vale más que la verdad, donde el evento importa más que el contenido, donde la promesa pesa más que el cumplimiento.
Y mientras ellos pasean por el país como influencers del presupuesto público, los medios alternativos siguen esperando. Esperando que alguien les diga que no están locos, que no están solos, que no están condenados a ser decorado de campaña.
Pero por ahora, no hay nada que hacer. Solo tilín tilín. Y de aquello, nada.