Unidad Investigativa – GMTV Productora Internacional
En medio de un clima político polarizado y una creciente sensibilidad frente al discurso público, el humorista colombiano Ómar Alejandro Leiva, conocido como “Piter Albeiro”, vuelve a ocupar titulares. Esta vez, no por sus rutinas cómicas ni por sus emprendimientos gastronómicos, sino por una serie de antecedentes judiciales y una reciente publicación en redes sociales que ha derivado en una denuncia penal por hostigamiento e instigación al delito.
La historia de Leiva, que transita entre la comedia, la controversia y los tribunales, revela una faceta menos conocida del entretenimiento colombiano: la del humor como plataforma de poder, pero también como terreno fértil para la impunidad, la desinformación y la manipulación política.
Expediente abierto: un pasado judicial que resurge
Según registros del Consejo de Estado y del circuito judicial de Tunja, Leiva fue detenido en los años noventa mientras se desempeñaba como agente de la Policía Nacional. Fue procesado por los delitos de homicidio agravado, tortura e incendio, y permaneció 27 meses en prisión preventiva. Finalmente, fue absuelto por falta de pruebas concluyentes. Aunque su paso por la cárcel es verificable, no existen registros públicos que lo vinculen formalmente con delitos de narcotráfico o lavado de activos, pese a los rumores que circulan en redes sociales y portales no verificados.
En octubre de 2024, el humorista interpuso una denuncia por injuria y calumnia contra quienes lo han señalado de actividades delictivas sin sustento probatorio. Sin embargo, la controversia se reactivó el 4 de noviembre de 2025, cuando publicó en la red social X (antes Twitter) un mensaje que decía: “¿Qué tendría de malo destripar a la izquierda y que no exista más?”.
La publicación, que fue eliminada horas después, generó una ola de repudio en redes sociales y fue calificada por diversos sectores como una incitación a la violencia. Carlos Carrillo, director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo, fue uno de los primeros en pronunciarse: “Ese tipo de declaraciones no pueden ser legales en una democracia. Incitan a la violencia en un país como Colombia”.
Leiva respondió inicialmente con ironía, pero ante la presión pública, ofreció disculpas en un video: “Mil disculpas. Me equivoqué. No volveré a opinar sobre política”. A pesar de sus disculpas, la Fiscalía recibió una denuncia penal por hostigamiento e instigación al delito, que se encuentra en etapa preliminar.
El patrón: humoristas y justicia
El caso de Piter Albeiro no es un hecho aislado. En las últimas dos décadas, varios humoristas colombianos —especialmente aquellos vinculados al histórico programa Sábados Felices— han enfrentado procesos judiciales por delitos que van desde evasión fiscal hasta lavado de activos.
Uno de los casos más sonados fue el de Emiro Aristizábal, conocido como El Flaco Show, detenido en 2015 por presunto lavado de activos y enriquecimiento ilícito. Aunque recuperó la libertad, el proceso reveló vínculos con sociedades investigadas por evasión fiscal y triangulación de contratos.
Otro episodio fue protagonizado por Hernán Orjuela, presentador y comediante, investigado por administración fraudulenta en contratos de televisión local. Aunque no fue condenado, el caso dejó dudas sobre el uso de recursos públicos en producciones regionales.
Pedro González, alias “Don Jediondo”, también enfrentó controversias legales, aunque de menor gravedad. Su cadena de restaurantes fue objeto de sanciones por parte de la DIAN y entes territoriales debido a inconsistencias tributarias. González ha negado cualquier intención dolosa y ha cumplido con los correctivos exigidos.
Por su parte, Juan Guillermo Noreña, conocido como “Carroloco”, fue señalado por evasión fiscal y presunta simulación de contratos durante su paso por el circuito de espectáculos en Colombia y Venezuela. Aunque los procesos no avanzaron a etapa penal formal, las investigaciones afectaron su reputación y participación en medios.
Más allá del chiste: poder, impunidad y narrativa
Estos casos revelan una dimensión poco explorada del humor televisivo colombiano: su cercanía con el poder, su capacidad de influencia y, en algunos casos, su uso como escudo frente a la rendición de cuentas. Durante décadas, programas como Sábados Felices fueron considerados patrimonio cultural, pero también operaron como plataformas de visibilidad política, empresarial y social.
En ese contexto, la figura del humorista dejó de ser solo la del bufón y se convirtió en la del empresario, el influencer, el gestor de opinión. Esa transición, sin embargo, no siempre vino acompañada de transparencia ni de responsabilidad ética.
El desafío para los medios y la justicia
La pregunta que queda es: ¿cómo separar las responsabilidades individuales de la nostalgia colectiva por un formato que marcó generaciones? ¿Cómo investigar sin caer en la estigmatización? ¿Cómo informar sin alimentar linchamientos digitales?
La respuesta está en el periodismo de investigación riguroso, en el acceso a fuentes verificables y en la capacidad de contextualizar los hechos sin perder la perspectiva crítica. También en la acción oportuna de la justicia, que debe actuar con independencia, sin ceder a presiones mediáticas ni a la popularidad de los implicados.
Conclusión El caso de Piter Albeiro es un espejo incómodo para el país. Refleja cómo el humor, lejos de ser un territorio neutral, puede convertirse en un campo de batalla ideológico, en una herramienta de poder o en un refugio para la impunidad. Pero también es una oportunidad para repensar el rol del comediante en la esfera pública y para exigir que el talento no sea excusa para el odio, ni la risa un disfraz para la violencia.