Por Gustavo Melo Barrera – GMTV Productora Internacional
Mientras Donald Trump firma leyes que permiten detener inmigrantes por robar una bicicleta y al mismo tiempo se pasea impune tras ser declarado culpable de *34 delitos graves*, en Colombia, Gustavo Petro no puede ni sentarse a conversar con los jefes de bandas criminales sin que lo acusen de traición a la patria. Bienvenidos al circo judicial del siglo XXI, donde los delincuentes no solo legislan, sino que también se autoperdonan… o se hacen los ofendidos.
La ley del perdón selectivo: versión gringa
Trump, el magnate convertido en presidente, ha sido acusado de falsificar registros comerciales, manipular elecciones y pagar silencios incómodos. Pero eso no le impide seguir en campaña ni firmar leyes como la “Laken Riley”, que permite detener inmigrantes por delitos menores. ¿La ironía? Él mismo ha cometido delitos mayores, pero la justicia estadounidense le ofrece herramientas para evadir castigos, borrar cómplices y desaparecer denuncias. ¿Quién necesita una amnistía cuando tienes un sistema judicial que te guiña el ojo?
Petro y la paz que incomoda
En Colombia, Petro intenta negociar con grupos armados para reducir la violencia. Pero los mismos congresistas que se han beneficiado de parapolítica, clientelismo y pactos oscuros, lo acusan de “entregar el país al crimen”. ¿Y quiénes son estos paladines de la moral? Algunos con investigaciones abiertas, otros con vínculos probados con mafias, y varios que han hecho de la guerra su negocio. La “Paz Total” se convierte en una amenaza… no para los ciudadanos, sino para quienes lucran con el caos.
Paradoja judicial: ¿quién va a la cárcel?
Trump ha sido declarado culpable. Petro ha sido acusado mil veces, pero sin pruebas sólidas. El primero podría terminar en prisión, aunque la maquinaria legal lo proteja. El segundo podría terminar silenciado por una oposición que prefiere la guerra a la reconciliación. ¿La paradoja? El que quiere hablar con criminales para que dejen de matar es tratado como criminal. El que comete crímenes es tratado como salvador de la patria.
Expertos opinan
– Catalina Niño Guarnizo, analista de paz, afirma que “la desconexión entre la estrategia de paz y las políticas de seguridad ha sido aprovechada por los enemigos del proceso para sabotearlo desde adentro”.
– Victoria Pascual, criminóloga, señala que “Trump ha usado su poder para manipular el sistema judicial, algo que en otros países sería considerado obstrucción de justicia”.
– Álex González, secretario de Paz en Nariño, advierte que “los mensajes contradictorios del gobierno central ponen en riesgo los avances regionales en diálogo con grupos armados”.
Congreso colombiano: fábrica de moral selectiva
Mientras Trump se blinda con abogados que convierten delitos en tecnicismos, Petro lidia con un Congreso que se comporta como si fuera un tribunal celestial… aunque muchos de sus miembros deberían estar rindiendo cuentas ante uno terrenal. Allí, donde se legisla con indignación fingida, abundan los que han sido señalados por corrupción, clientelismo o pactos con estructuras criminales. Pero eso no les impide posar de guardianes del orden y bloquear cualquier intento de diálogo con actores armados. ¿Por qué tanto escándalo? Porque la paz amenaza su modelo de negocio: el miedo. Y el miedo, bien administrado, da votos, contratos y curules.
Justicia gourmet: se sirve al gusto del poder
En Colombia, los organismos de control no controlan: castigan selectivamente. La Fiscalía, la Procuraduría y la Contraloría han sido usadas como catapultas políticas contra el presidente, mientras ignoran con olímpica elegancia los pecados de quienes lo acusan. Petro ha sido objeto de una lluvia de denuncias, muchas tan absurdas como acusarlo de alterar el clima o hipnotizar votantes. Pero ninguna ha prosperado. No por falta de ganas, sino por falta de pruebas.
En Estados Unidos, Trump acumula cargos como si fueran medallas: fraude, obstrucción, abuso de poder. Ha sido hallado culpable por un jurado, pero sigue libre, protegido por un sistema que teme más al desorden que a la impunidad. Allá también hay miedo. Miedo a que encarcelar a un expresidente rompa el mito de la excepcionalidad americana. Miedo a que los poderosos descubran que la ley también puede alcanzarlos. Spoiler: aún no lo ha hecho.
¿Quién caerá?
Petro ha sorteado emboscadas judiciales, campañas de desprestigio, y una oposición que confunde fiscalización con sabotaje. Ha sido acusado de todo, menos de lo que realmente hace: intentar desmontar una estructura de violencia institucionalizada. Y sin embargo, sigue en pie, como un árbol torcido que se niega a caer aunque todos le lancen hachas.
Trump, por su parte, ha sido señalado por jueces, fiscales, congresistas y hasta por sus excolaboradores. Ha sido condenado por delitos graves, pero nadie se atreve a ponerle un grillete. No porque sea inocente, sino porque es incómodo. Porque representa un poder que no se toca, que no se juzga, que no se encarcela.
Entonces, ¿quién caerá primero? ¿El presidente que quiere hablar con criminales para que dejen de matar? ¿O el que los usa para volver al poder? Si la justicia fuera coherente, uno estaría en la cárcel y el otro en Oslo. Pero como la justicia es un espejo roto, todo depende de quién lo mire… y de cuánto poder tenga para no reflejarse.