Por gustavo Melo Barrera – GMTV Productora Internacional
En el convulso tablero de la diplomacia hemisférica, la relación entre Colombia y Estados Unidos entra en una fase de reacomodo estratégico. Lo que fue durante décadas una alianza fiable basada en la seguridad (antinarcóticos), el comercio y la cooperación institucional, hoy está marcada por crecientes tensiones, crisis puntuales y signos de una redefinición de prioridades. Más aún, el momento no es solo coyuntural: las apuestas de ambas capitales sobre hacia dónde debe conducir esta relación reflejan una mezcla de pragmatismo, reproche mutuo y reconocimiento mutuo de dependencia.
De la cooperación plena a la desconfianza mutua
Uno de los episodios recientes más significativos es la decisión del presidente colombiano Gustavo Petro de suspender el intercambio de inteligencia con EE. UU., tras una serie de bombardeos estadounidenses contra embarcaciones sospechosas de narcotráfico.
Este gesto no es menor: Colombia ha sido históricamente un proveedor clave de inteligencia para las acciones antinarcóticos estadounidenses, de modo que la interrupción de esos flujos erosiona una de las bases operativas de Washington en la región.
Peor aún, Washington respondió con duras sanciones: el gobierno de EE. UU. incluyó a Colombia en una lista de países que “no cooperan adecuadamente” en la lucha antidroga, algo que no ocurría desde hace casi treinta años.
Al mismo tiempo, las relaciones se tensionaron comercialmente: Estados Unidos impuso un arancel del 10 % a algunos productos colombianos, lo que afecta un socio comercial tradicional.
Colombia no ha sido indiferente a estas señales. El Ministerio de Relaciones Exteriores ha reiterado en varias ocasiones que su alianza con EE. UU. “va más allá de las coyunturas”.
En palabras de su viceministro para asuntos multilaterales, Mauricio Jaramillo, existe un compromiso firme con el diálogo “desde el respeto a la soberanía”.
Aristas comerciales y de cooperación: terreno de resistencia y oportunidad
A pesar de los roces, el comercio bilateral sigue siendo un pilar fundamental. Según datos oficiales, más de 30 % de las exportaciones colombianas van a EE. UU.
En octubre de 2025, el embajador colombiano en Washington, Daniel García-Peña, se reunió con senadores republicanos para reafirmar la importancia del vínculo comercial, especialmente en un contexto de fricciones diplomáticas.
Por su parte, el mecanismo institucional del Diálogo de Alto Nivel (DAN) sigue activo. En el último balance trimestral, las autoridades colombianas reportaron avances en 103 compromisos, incluyendo inclusión financiera rural, salud y desarrollo económico.
Este tipo de cooperación demuestra que, pese a la tensión, ambos países reconocen que ciertos proyectos trascienden los desencuentros políticos.
En el plano comercial más técnico, Colombia ha hecho apuestas concretas: mejorar el acceso al mercado estadounidense para productos agrícolas, impulsar su biodiésel de aceite de palma, y ampliar su participación en servicios y contratación pública.
Esta estrategia no solo apunta a diversificar sus exportaciones sino también a reducir vulnerabilidades históricas.
Seguridad, sanciones y riesgo reputacional
Los recortes en la cooperación de seguridad son quizás el síntoma más preocupante para Bogotá. En octubre de 2025, la canciller Rosa Villavicencio sostuvo una reunión “clave” con el encargado de negocios de EE. UU., John McNamara, para intentar calibrar un nuevo rumbo después de que Washington anunciara la suspensión de buena parte de la ayuda financiera.
Según analistas de seguridad, esto podría limitar las operaciones antinarcóticos y reducir el acceso a equipos –como helicópteros donados– esenciales en la lucha contra el crimen organizado.
Desde la óptica de Washington, la frustración es palpable. La desconfianza hacia la administración Petro crece, no solo por los golpes diplomáticos recientes sino porque la producción de coca en Colombia ha continuado en aumento, según analistas y observadores internacionales.
Diplomacia simbólica y legado histórico
No todo es confrontación: el valor simbólico del vínculo bilateral sigue siendo alto. En 2025, Colombia y EE. UU. conmemoraron 200 años de relaciones diplomáticas.
Este tipo de hitos suelen servir para renovar compromisos, recordar intereses comunes y proyectar una narrativa de alianza estratégica más allá de los altibajos políticos.
Además, el Congreso de EE. UU. —en particular la bancada afro estadounidense— ha reiterado su respaldo a Colombia, destacando que la relación va más allá de las administraciones y responde a valores de desarrollo, equidad y cooperación.
Este apoyo legislativo agrega un contrapeso institucional al diálogo ejecutivo, lo que puede ser clave en momentos de crisis ejecutiva.
Expertos y analistas: ¿qué está en juego?
Los expertos en relaciones internacionales no ven este momento como un simple enfrentamiento pasajero, sino como una reconfiguración estratégica.
Luis Fernando Trejos, analista en seguridad, advierte que el recorte de asistencia estadounidense podría afectar seriamente la capacidad colombiana para sostener operaciones antinarcóticos.
Esa fragilidad operativa podría ser aprovechada por actores ilícitos, lo que repercutiría tanto en la seguridad interna colombiana como en el interés de EE. UU.
Desde el gobierno colombiano, el canciller (e) Rosa Villavicencio ha enfatizado que la diplomacia debe mantenerse abierta, pese a los recortes presupuestarios y las sanciones.
Según ella, hay canales que aún funcionan –no solo para la seguridad, sino para temas migratorios, económicos y sociales– y “mantenerlos activos es una apuesta esencial”.
Otros analistas señalan que, para Colombia, el riesgo reputacional es doble: por un lado, su capacidad antinarcóticos podría debilitarse; por otro, una escalada más agresiva con EE. UU. podría alejar inversores y socavar la credibilidad externa, especialmente si se percibe como una ruptura con un socio tradicional.
Las apuestas futuras
Varias jugadas parecen estar sobre la mesa para los próximos meses:
Colombia, bajo Petro y su equipo diplomático, buscará consolidar su autonomía estratégica: quiere menos dependencia de la ayuda militar y sigue apostando por comercio e inversiones más diversificadas. Al mismo tiempo, no quiere perder completamente la cooperación con EE. UU., especialmente en acceso a mercados y desarrollo institucional.
Estados Unidos, por su parte, enfrenta un dilema: endurecer demasiado puede socavar su presencia operativa en el país andino, pero tolerar sin presión podría debilitar su discurso antinarcóticos y su rol de poder hegemónico en la región.
La continuidad del Diálogo de Alto Nivel será clave para ver si ambas partes pueden traducir tensiones en resultados concretos. Además, las visitas diplomáticas, los intercambios legislativos y los compromisos comerciales pueden servir como plataformas para una normalización gradual, si es que los actores eligen transitar por esa ruta.
Conclusión
Las apuestas diplomáticas entre Colombia y Estados Unidos hoy no son tan claras como en eras anteriores de cooperación sin fricción. Hay reproches, sanciones y choques simbólicos, pero también reconocimiento mutuo de interdependencia. Colombia quiere demostrar que puede replantear su relación con Washington sin romperla por completo; EE. UU., en cambio, parece valorar su presencia estratégica tanto como teme una deriva indeseada. El equilibrio, para ambas capitales, será delicado: demasiado roce podría socavar años de alianza, pero demasiado acomodamiento podría debilitar sus posiciones negociadoras.
La clave estará en la diplomacia institucional —como el DAN— y en la habilidad de ambos líderes para convertir los desencuentros en compromisos pragmáticos. En un mundo donde las alianzas tradicionales se tensan, Colombia y Estados Unidos están midiendo hasta dónde pueden tensar la cuerda sin romper el hilo que los une.
Adenda: Las agresiones de Trump a Petro — ¿estrategia para minar su capacidad antidroga?
Más allá de las sanciones obvias, algunos analistas interpretan las agresiones de Donald Trump hacia Gustavo Petro como parte de una estrategia más profunda: debilitar operativamente al presidente colombiano para impedir que desarticule el negocio de las drogas y, con ello, preservar una fuente de inestabilidad rentable para algunos intereses en EE. UU.
Trump no solo ha acusado públicamente a Petro de ser un “líder ilegal de drogas” y de fomentar la producción de coca, sino que ha puesto fin a todo tipo de subsidios, lo que debilita financieramente al gobierno y reduce sus márgenes para actuar.
Uno de los episodios más simbólicos fue cuando el avión presidencial colombiano tuvo problemas para repostar combustible porque las firmas que proveen ese servicio están ligadas a empresas sujetas a sanciones estadounidenses.
Petro agradeció a España, cuyo apoyo logístico permitió que su aeronave continuara su gira internacional, un episodio con clara dimensión diplomática.
Estas maniobras se entrelazan con otros ataques a la autonomía de Colombia: la negativa a permitir dos vuelos militares estadounidenses con deportados desató represalias económicas drásticas (aranceles, restricciones de visado, sanciones financieras) por parte de Trump.
Para algunos observadores, no se trata sólo de una disputa personal entre mandatarios, sino de un cálculo geoestratégico: si Petro debilita radicalmente el negocio ilegal de las drogas, podría socavar un sistema que, paradójicamente, ha sido parte central de la cooperación antinarcóticos y de seguridad bilateral. Reducir esa cooperación desde Washington, por tanto, podría servir para mantener bajo control el terreno donde operan ciertos grupos ilegales, sin depender tanto del liderazgo colombiano.
En ese sentido, las agresiones de Trump no serían meros gestos diplomáticos: serían golpes estratégicos diseñados para frenar una política antidroga más ambiciosa de Petro, incluso a costa de tensar severamente la relación bilateral. Si desea leer esta noticia y más artículos de interés, visite nuestra página: www.gmtvproductorainternacional.com