Por Gato Loco
Por estos días, el mundo del periodismo —ese ecosistema que alguna vez presumió de ser la última muralla de la verdad, el rigor y la decencia profesional— celebra su acostumbrada temporada de premios. Se desempolvan los trajes, se calientan los discursos y se inaugura la pasarela donde, entre luces blancas y copas elevadas, se proclama solemnemente que estos reconocimientos son un homenaje “a la independencia”, “al valor”, “a la ética” y “a la libertad”. O al menos eso dicen.
Pero detrás del telón, entre risas tensas, conversaciones en voz baja y palmaditas en la espalda, surge una pregunta que muchos prefieren evitar:
¿qué estamos celebrando realmente?
Porque una cosa es premiar la excelencia periodística y otra muy distinta es entregar estatuillas como quien reparte medallas por popularidad, por militancia disfrazada de narrativa o por activismo vestido de investigación. Y sin embargo, aquí estamos: viendo desfilar a figuras mediáticas que han convertido la información en espectáculo político, en novela por entregas o en un reality show donde la verdad aparece como extra ocasional.
Los gremios: el club donde todos tienen razón
Los gremios, asociaciones, corporaciones y demás “iones” del periodismo parecen a veces más un club social chic que un tribunal serio de la calidad informativa.
Entre cafés artesanales, comités solemnes y comunicados redactados con épica de sobremesa, toman decisiones que dejan claro que la brújula ética anda, por decirlo suavemente, un poco mareada.
No es secreto que muchos medios —y varios de los grandes, los que marcan agenda— han abrazado una postura política abierta. Algunos se han convertido en opositores profesionales: cada noticia es una espada, cada opinión un misil, cada entrevista un paredón.
¿Está mal? No necesariamente.
¿Es periodismo? Eso depende del día… y del biorritmo emocional del columnista.
Lo inquietante es que los premios parecen no distinguir entre periodismo y militancia informativa.
Y aunque sería injusto generalizar —claro que hay premiados que honran el oficio—, también abundan los que están lejos, muy lejos, del espíritu original de estos reconocimientos.
La verdad: ese accesorio que hoy pocos usan
El periodismo, se supone, está hecho de hechos. Pero en este ecosistema acelerado, polarizado y lleno de incentivos cuestionables, la verdad empezó a parecer un accesorio opcional.
Como un sombrero incómodo: uno se lo pone solo “si queda bien con el vestuario”.
Por eso vemos contenidos donde la narrativa pesa más que la evidencia, donde la emoción manda sobre el dato y donde la denuncia se fabrica antes de la verificación. Y lo preocupante es que algunos de esos contenidos no solo circulan: se celebran.
Y sí: estos casos han sido reales
Para quienes creen que esta crítica es exagerada, basta revisar dos episodios recientes —reales, discutidos públicamente— donde el ruido mediático chocó de frente contra la verificación posterior. Los nombres no importan aquí; importa el fenómeno.
Ejemplo 1: El reportaje que “sacudió al país”… hasta que lo revisaron
Un periodista de renombre publicó una investigación explosiva sobre presunta corrupción pública. Fue celebrado como héroe del periodismo incómodo: entrevistas, editoriales, aplausos y, sí, un premio gordo.
Luego llegaron los verificadores.
Inconsistencias.
Fuentes contradictorias.
Documentos dudosos.
Explicaciones que no explicaban.
El debate se volvió nacional.
El premio, sin embargo, siguió intacto: brilla más la estatuilla que la evidencia.
Ejemplo 2: La crónica premiada que nunca pasó por el territorio que describía
Una crónica sobre violencia rural ganó por “valiente”. Cinematográfica. Poderosa. Perfecta.
Tan perfecta que quienes viven en ese territorio empezaron a preguntar: “¿Cuándo vino este periodista?”.
La respuesta, según varias comunidades, fue: “Nunca”.
Organizaciones desmintieron datos clave.
Entidades hicieron aclaraciones.
Los organizadores del premio respondieron que “la narrativa tenía valor”.
Traducción: se premió una historia conmovedora, aunque los hechos no fueran del todo… hechos.
Y ahora, lo prometido: los periodistas que se creen semidioses… y terminan aprendiendo por las malas
Porque en esta telenovela del gremio no podía faltar el capítulo más sabroso:
el de los periodistas que, mareados por su propia fama, deciden lanzarse a la política.
Y vaya que lo hacen con estilo:
Rodeados de micrófonos, discursos épicos, promesas de “rescatar la ética pública”, vidas paralelas entre el set y la plaza pública.
Se presentan como las nuevas estrellas del cambio, como salvadores ungidos por el rating.
La audiencia entusiasma.
Las encuestas… bueno, a veces también.
Pero un día llega la realidad política:
los debates que no son entrevistas editadas,
las contradicciones que no se pueden ocultar con un corte de cámara,
las cifras que ya no pueden improvisarse,
las alianzas que no se editan en mesa de redacción.
Y entonces pasa lo inevitable:
un golpe político, uno fuerte, uno de esos que los deja mirando al vacío como quien perdió el libreto.
Y aquí viene la parte trágica-cómica:
Pretenden regresar al periodismo.
Pero resulta que la puerta del periodismo —esa que creían giratoria— no gira tan fácil hacia atrás.
Porque cuando un periodista se pone la camiseta de un partido, se sube a una tarima y grita consignas, deja atrás algo que no se recupera con un simple: “fui mal interpretado”.
Algunos intentan volver como si nada, como si su paso por la política hubiera sido una siesta, un viaje corto, un episodio que el público olvidará.
Pero no:
vuelven sin credibilidad, sin neutralidad, sin el aura de independencia que jamás debieron poner en riesgo.
Y ahí están, de pronto, varados entre dos mundos:
la política que no los quiere más,
y el periodismo que ya no los reconoce.
Una metáfora perfecta de esos premios que celebran más el ruido que el rigor: de pronto uno descubre que a veces no hay retorno a lo que nunca se debió abandonar.
La alfombra roja de los personajes cuestionables
A estos casos se suman episodios en los que ciertos premiados tienen trayectorias que despiertan preguntas éticas o conflictos de interés.
No se trata de negar que muchos sí merecen cada aplauso; el problema es que los que no lo merecen contaminan el valor de los que sí han hecho el trabajo duro.
Un llamado —crítico, sarcástico, necesario— a recuperar el sentido
El propósito de esta columna no es descalificar a todo el gremio.
El periodismo colombiano está lleno de profesionales brillantes, valientes y rigurosos que merecen cada reconocimiento.
Pero también es cierto que los premios están perdiendo su norte en medio de la politización, del espectáculo y de la falta de filtros internos.
Es hora de que los premios vuelvan a ser faros, no fuegos artificiales.
Porque si el periodismo pierde sus premios, pierde su criterio.
Y si pierde su criterio, pierde lo más valioso que tiene:
la credibilidad.
Y sin credibilidad, ni el periodista más premiado, ni el más ruidoso, ni el más famoso… tiene a dónde regresar.