Redacción Mundo y Política – GMTV Productora Internacional
Estados Unidos atraviesa uno de esos momentos en los que la narrativa de estabilidad que ha proyectado durante décadas comienza a resquebrajarse desde dentro. Las marchas que se multiplican en sus principales ciudades —de Nueva York a Los Ángeles, de Chicago a Atlanta— no son episodios aislados ni simples expresiones coyunturales de descontento. Son el síntoma visible de una crisis política, institucional y moral que ya no puede ocultarse bajo el peso de su poder económico o militar.
Las consignas que se escuchan en estas movilizaciones apuntan en una dirección clara: rechazo a la injerencia de Washington en los asuntos internos de otros países, defensa del derecho de los pueblos a decidir su propio destino y oposición frontal a la política exterior agresiva impulsada por Donald Trump y ejecutada, con particular celo, por figuras como Marco Rubio. Lo que resulta significativo no es solo el contenido de estas demandas, sino su origen: sectores cada vez más amplios de la sociedad estadounidense comienzan a cuestionar el rol imperial que durante décadas fue asumido como un dogma incuestionable.
Este malestar interno tiene raíces profundas. En el plano económico, Estados Unidos enfrenta una contradicción estructural: una economía que sigue siendo la más grande del mundo, pero cuya riqueza está crecientemente concentrada. El discurso nacionalista y proteccionista no ha logrado revertir la precarización del trabajo, el endeudamiento de las familias ni el deterioro de los servicios públicos. Por el contrario, las políticas fiscales regresivas y el gasto militar desbordado han ampliado la brecha social, alimentando una sensación de injusticia que hoy se traduce en protesta.
En el plano político, la situación es aún más delicada. El Partido Republicano, lejos de mostrarse como una fuerza cohesionada, se encuentra atrapado entre su ala más radical y una dirigencia tradicional que teme pagar en las urnas el costo de haber entregado su autonomía a la figura de Trump. Las próximas elecciones se perfilan como un punto de inflexión. Una derrota republicana no solo significaría la pérdida del control legislativo; implicaría, sobre todo, dejar a Donald Trump sin el blindaje político que hasta ahora ha contenido múltiples intentos de investigación y eventual destitución.
Ese escenario no es una hipótesis marginal. La acumulación de conflictos —internos y externos—, el desgaste de su liderazgo y la creciente movilización social erosionan la gobernabilidad de una presidencia que ha hecho del conflicto permanente su método. Sin respaldo parlamentario, Trump quedaría expuesto a un sistema institucional que, aunque debilitado, aún conserva mecanismos para frenar los excesos del poder ejecutivo. La paradoja es evidente: el mismo país que ha promovido cambios de régimen en el extranjero podría verse obligado a enfrentar una crisis de legitimidad en su propia Casa Blanca.
En este contexto emerge una figura que despierta inquietud incluso dentro de Estados Unidos: Marco Rubio. Presentado durante años como un “halcón” de la política exterior, Rubio encarna una visión ideológica marcada por el intervencionismo, la confrontación y una lectura maniquea del mundo. Su trayectoria está estrechamente ligada a los sectores más duros del lobby militar y a una política hacia América Latina basada en sanciones, presiones económicas y desestabilización. La posibilidad de que un personaje con ese perfil alcance la Oficina Oval no solo representa un riesgo para la región, sino también para la propia democracia estadounidense.
Porque el problema no es únicamente quién gobierna, sino desde qué lógica se gobierna. La insistencia en imponer “orden” fuera de sus fronteras mientras se ignoran las fracturas internas revela una desconexión peligrosa entre el poder político y la realidad social. Las marchas actuales son, en ese sentido, un recordatorio incómodo: no se puede predicar libertad en el exterior cuando esta se percibe como amenazada en casa.
El desafío que enfrenta Estados Unidos es doble. Hacia adentro, debe recomponer un pacto social roto por décadas de desigualdad y polarización. Hacia afuera, necesita revisar críticamente una política exterior que ha generado más resistencia que consenso. Persistir en la lógica de la injerencia no solo profundiza el rechazo internacional, sino que alimenta el descontento interno al desviar recursos y atención de los problemas reales de su población.
Lo que está en juego no es menor. Si el Partido Republicano pierde las próximas elecciones y Trump queda políticamente aislado, Estados Unidos podría entrar en una fase de inestabilidad inédita en tiempos recientes. Y si figuras como Rubio logran capitalizar ese caos para escalar posiciones, el riesgo es que la respuesta a la crisis sea más autoritarismo, más confrontación y menos democracia. Las calles estadounidenses parecen haber entendido algo que su clase política se resiste a aceptar: ningún país, por poderoso que sea, puede sostener su hegemonía ignorando la voluntad de su propio pueblo ni atropellando la soberanía de otros. Estados Unidos está frente al espejo. La pregunta ya no es si cambiará, sino si lo hará a tiempo.