Redacción MUNDO
Desde la Oficina Oval, Donald Trump ha vuelto a enmarcar la política estadounidense como una batalla existencial. En un discurso de más de una hora ante dirigentes republicanos, el presidente instó a su partido a ganar las elecciones legislativas de noviembre, no solo para preservar el control del Congreso, sino —según sus propias palabras— para evitar un nuevo juicio político en su contra.
“Si no ganamos, me van a hacer un impeachment”, repitió Trump, recordando que es el único presidente en la historia de Estados Unidos sometido dos veces a ese proceso durante su primer mandato. El mensaje, directo y sin matices, convirtió los comicios de medio término en algo más que una contienda parlamentaria: un referéndum sobre su figura, su supervivencia política y el rumbo institucional del país.
Las elecciones del 3 de noviembre renovarán los 435 escaños de la Cámara de Representantes y aproximadamente un tercio del Senado. Tras la victoria republicana en las presidenciales de 2024 —que permitió a Trump regresar al poder y a su partido controlar ambas cámaras— el oficialismo ha logrado avanzar sin grandes obstáculos en una agenda marcada por recortes presupuestarios, desregulación y el retiro de fondos federales a programas sanitarios y sociales, decisiones que han alimentado una ola de protestas en varias ciudades estadounidenses.
En Washington, Nueva York, Chicago y Los Ángeles, manifestantes han salido a las calles en las últimas semanas para denunciar lo que consideran un uso cada vez más personalista del poder desde la Casa Blanca. Movilizaciones similares se han registrado frente a embajadas estadounidenses en capitales europeas y latinoamericanas, donde organizaciones civiles critican el impacto global de las decisiones adoptadas desde la Oficina Oval, especialmente en materia de cooperación internacional y política climática.
Trump, sin embargo, ha optado por la confrontación. En su discurso acusó a los demócratas de ser “despiadados” y “malvados e inteligentes”, y sostuvo que, de haber actuado con la misma dureza, los republicanos habrían destituido al expresidente Joe Biden “por cien razones diferentes”. Para el actual mandatario, la amenaza de un impeachment no es una posibilidad remota, sino una certeza si la oposición recupera el control del Congreso.
Los antecedentes pesan. Ambos juicios políticos contra Trump se iniciaron en una Cámara de Representantes dominada por los demócratas: el primero, en 2019-2020, por abuso de poder y obstrucción al Congreso tras presionar a Ucrania para que investigara a Joe Biden; el segundo, en 2021, por “incitación a la insurrección” tras el asalto al Capitolio del 6 de enero. En ambos casos, el Senado —entonces bajo control republicano— lo absolvió.
Para analistas en Washington, el discurso revela algo más profundo que una simple estrategia electoral. “Trump está normalizando la idea de que los mecanismos de control democrático son ataques personales”, señala Laura Mitchell, politóloga especializada en instituciones estadounidenses. “Eso erosiona la confianza pública y convierte cada elección en una lucha por la impunidad, no por políticas públicas”.
Desde una perspectiva geopolítica, el tono también genera inquietud fuera de EE.UU. Según Ahmed Salim, investigador del European Council on Foreign Relations, “la inestabilidad institucional en Washington tiene efectos globales inmediatos. Socios y adversarios perciben un sistema político cada vez más polarizado, donde la continuidad de los compromisos internacionales depende de batallas internas”.
Esa percepción se ha visto reforzada por las recientes decisiones ejecutivas firmadas desde la Oficina Oval, algunas de ellas revertiendo acuerdos multilaterales o reduciendo el papel estadounidense en foros internacionales. Para críticos y manifestantes, estas medidas confirman que el segundo mandato de Trump no busca moderación, sino profundizar una agenda que divide tanto dentro como fuera del país.
El presidente, no obstante, parece apostar a que la impopularidad de las propuestas demócratas juegue a su favor. “Afortunadamente para ustedes, ellos tienen políticas desastrosas”, dijo ante los republicanos, confiado en que el rechazo a la oposición bastará para retener el Congreso.
La incógnita es si ese cálculo resistirá un clima social cada vez más tenso. Con protestas en aumento, aliados internacionales inquietos y una oposición que ya anticipa investigaciones legislativas si recupera la mayoría, las elecciones de medio término se perfilan como uno de los momentos más decisivos del nuevo mandato de Trump. No solo definirán el equilibrio de poder en Washington, sino también hasta qué punto la democracia estadounidense puede soportar una política permanentemente al borde del juicio.