Por Gustavo Melo Barrera – GMTV Productora Internacional
El 3 de enero de 2026 será recordado como un terremoto geopolítico: fuerzas estadounidenses lanzaron una operación militar que culminó con la captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, y su traslado a Estados Unidos para enfrentar cargos. El presidente Donald Trump anunció sin ambages que Washington administrará Venezuela “hasta que haya una transición segura”, una afirmación que desató protestas y condenas en todo el mundo.
La reacción oficial de Rusia y China, en contraste con la contundencia de la acción militar estadounidense, ha sido marcadamente comedida: condenas verbales, exigencias de respeto a la soberanía y llamados legales a la liberación de Maduro, pero ninguna amenaza creíble de medidas concretas como sanciones adicionales, despliegue militar o ruptura total de relaciones diplomáticas.
Para comprender este silencio, conviene recordar que Rusia y China ya habían condenado la invasión desde las primeras horas, calificándola de violación del derecho internacional y una amenaza a la paz regional. La Cancillería china exigió la “liberación inmediata” de Maduro y calificó la acción como una violación de normas básicas de relaciones internacionales. Moscú, por su parte, habló de agresión y de un “orden mundial aplicado selectivamente” que erosiona la estabilidad global.
Sin embargo, pese a la retórica, no se materializaron represalias que pudieran alterar el curso de los acontecimientos. La razón, según diplomáticos y expertos en política internacional, es sobradamente pragmática: ambas potencias se encuentran en posiciones de vulnerabilidad estratégica.
Rusia, enfrentada desde hace años a un conflicto prolongado en Europa y sanciones que asfixian su economía, no tiene capacidad logística ni voluntad política para enfrentar a Estados Unidos en un teatro tan lejano como Venezuela. Además, su dependencia de la estabilidad de ciertos acuerdos internacionales —incluidos algunos que negocia con Washington sobre el futuro de Ucrania— limita su margen de maniobra.
China, por su parte, tiene intereses económicos significativos en Venezuela, en particular deuda y contratos ligados al petróleo, pero no cuenta con bases militares en la región ni con una proyección naval que pueda desafiar abiertamente a la flota estadounidense en el Caribe. Su respuesta se ha limitado a apelaciones al derecho internacional y protección de activos, sin pasar del terreno diplomático.
Este silencio no es casualidad, sino cálculo frío. Ambos gobiernos, aunque críticos de la acción de Washington, evalúan que un enfrentamiento directo con Estados Unidos —en un momento en que sus propias economías y estrategias están en tensión— sería desastroso. Geopolíticamente, el riesgo de un conflicto mayor que escale más allá de Venezuela supera el valor de una intervención militar en un teatro que no es su patio trasero estratégico.
Pero esta inacción plantea preguntas más inquietantes: ¿fue la invasión de Venezuela una operación concertada o, al menos, tolerada tácitamente por las otras grandes potencias? Para algunos analistas, la respuesta es más perturbadora que una simple negativa tajante.
Algunos críticos sugieren que la ausencia de una respuesta militar o sancionadora indica una especie de reconocimiento tácito de que el orden mundial actual está dominado por la primacía estadounidense, y que cualquier intento de desafiarla militarmente en su hemisferio sería visto como escalada intolerable. Esto no significa necesariamente un acuerdo explícito entre Washington, Moscú y Pekín, sino más bien un reconocimiento compartido de los límites reales del poder en un mundo multipolar desigual.
El profesor Chong Ja Ian, de la National University of Singapore, advierte que la caída de Maduro y la incapacidad de China y Rusia para intervenir de forma efectiva envía una señal inquietante: los pequeños Estados que han apostado por grandes potencias como escudo están ahora descubiertos ante decisiones unilaterales de socios supuestamente protectores.
Además, esta dinámica podría estar configurando un nuevo orden de facto, en el que el uso de la fuerza sin mandato internacional se vuelve un recurso aceptado, dependiendo del poder relativo de los actores involucrados. No es casualidad que varios gobiernos hayan mostrado alarma ante lo ocurrido, recordando los principios de no intervención contenidos en la Carta de las Naciones Unidas.
¿Qué significa esto para otros países amenazados por Trump? Si la operación en Venezuela se convierte en modelo —como algunos comentaristas ya han sugerido—, estados como Irán o incluso territorios como Taiwán podrían enfrentar presiones similares bajo el argumento de seguridad nacional o lucha contra el “narcoterrorismo”, aunque esos pretextos camuflen otros intereses estratégicos.
La lección para el mundo es clara y dura: en el nuevo equilibrio de poder, la soberanía de los Estados pequeños puede ser subordinada a los intereses de los grandes, y la protección de un patrocinador estratégico no garantiza inmunidad si este elige no arriesgarse por alianzas lejanas.
Este es un momento de redefinición de la diplomacia y de las alianzas globales. La invasión de Venezuela no es un episodio aislado: es una advertencia. Un futuro en el que la fuerza bruta pueda imponerse a las normas internacionales, sin contrapesos efectivos por parte de otras grandes potencias, plantea una amenaza no solo para la región, sino para el orden mundial basado en reglas que ha definido la segunda mitad del siglo XX y gran parte del XXI.