Redacción Política – GMTV
A poco más de un año de las elecciones presidenciales de 2026, el panorama político colombiano comienza a mostrar movimientos que podrían alterar de manera significativa el equilibrio tradicional de fuerzas. Uno de los más llamativos es el ascenso del abogado y aspirante presidencial Abelardo de la Espriella, quien ha intensificado sus vínculos con líderes y plataformas de la ultraderecha internacional, proyectándose como un nuevo referente de ese espectro ideológico en el país.
En las últimas semanas, De la Espriella ha sostenido encuentros públicos y privados con figuras de la derecha radical europea y latinoamericana, entre ellas Santiago Abascal, líder del partido español Vox. Estos acercamientos no han sido discretos ni meramente protocolares: han sido difundidos activamente en redes sociales y espacios mediáticos como parte de una estrategia para posicionarlo dentro de un movimiento político transnacional que comparte un discurso común sobre seguridad, orden, rechazo al progresismo y confrontación directa con gobiernos de izquierda.
Este giro no es menor en el contexto colombiano. Históricamente, la derecha electoral ha estado dominada por el uribismo, un proyecto político que, aunque conservador y de fuerte énfasis en seguridad, ha mantenido una identidad propia, más ligada a dinámicas internas que a redes ideológicas globales. La irrupción de un candidato que busca alinearse explícitamente con la ultraderecha internacional introduce una variable nueva en la contienda.
Analistas políticos coinciden en que De la Espriella intenta ocupar un espacio que el uribismo ya no controla con la misma fuerza. El desgaste del liderazgo de Álvaro Uribe Vélez, las divisiones internas de su movimiento y la emergencia de nuevos discursos radicalizados han abierto un vacío que distintos actores buscan capitalizar. En ese escenario, el aspirante se presenta como una alternativa más confrontacional, menos institucional y con una retórica alineada con fenómenos como Vox en España, el bolsonarismo en Brasil o sectores del trumpismo en Estados Unidos.
El discurso que acompaña esta estrategia se centra en la oposición frontal al gobierno del presidente Gustavo Petro, al que acusa de debilitar la seguridad, promover una agenda “ideológica” y poner en riesgo la estabilidad económica. A ello se suma un lenguaje que apela a la polarización, al miedo frente a supuestas amenazas internas y a la promesa de un retorno a un orden rígido, elementos comunes en la narrativa de la ultraderecha global.
Sin embargo, este posicionamiento no está exento de riesgos. Colombia es un país con una historia reciente de violencia política, conflicto armado y profundas fracturas sociales. Para algunos sectores, la adopción de un discurso más radicalizado y beligerante podría exacerbar tensiones ya existentes y reducir los márgenes para el consenso democrático. Otros advierten que la importación de agendas y estilos políticos extranjeros no siempre se traduce de manera efectiva en el contexto local.
A nivel electoral, el impacto de esta estrategia aún está por medirse. Aunque De la Espriella ha ganado visibilidad mediática y presencia digital, no está claro si su discurso logrará consolidarse más allá de nichos específicos del electorado. No obstante, su sola aparición como actor relevante ya está obligando a otros sectores de la derecha a redefinir posiciones, endurecer discursos o diferenciarse con mayor claridad.
La comunidad internacional observa estos movimientos como parte de una tendencia más amplia: el avance de redes ideológicas transnacionales que trascienden fronteras y se alimentan de contextos de crisis, desconfianza institucional y polarización. En ese sentido, Colombia no es una excepción, sino un nuevo escenario donde estas corrientes buscan arraigarse.
De cara a 2026, la pregunta central no es solo si Abelardo de la Espriella logrará consolidarse como una opción electoral viable, sino cómo su irrupción reconfigurará el debate político y el mapa de alianzas. Lo que parece claro es que la contienda presidencial ya no se limita a las disputas tradicionales entre izquierda y derecha, sino que incorpora nuevas tensiones ideológicas con alcance global y consecuencias aún impredecibles para la democracia colombiana.