Por Gustavo Melo Barrera – GMTV Productora Internacional
Hay una escena que se repite con demasiada frecuencia en la política colombiana: la del recién elegido que, apenas se acomoda en la curul, empieza a olvidar cómo llegó ahí. En este caso, no se trata solo de olvido. Se trata de renuncia moral, de oportunismo sin disimulo y de una torpeza política que raya con el cinismo.
Los que salieron del Pacto Histórico no solo se torcieron; aprendieron la consigna. La repiten con disciplina de coro mal ensayado: “No a Petro”, “Petro fuera”, “el gobierno del cambio no sirvió”. La dicen sin rubor, como si no hubieran llegado al Congreso montados en ese mismo proyecto al que hoy desprecian. Como si no hubieran pedido votos con esa bandera. Como si no hubieran jurado lealtad a una idea que ahora llaman error.
Lo curioso es que, mientras gritan, guardan silencio sobre lo esencial. No hay propuestas nuevas, no hay proyectos serios, no hay debate de fondo. Solo ruido. Solo poses. Solo el cálculo pequeño de quien cree que cambiar de bando es una forma de madurar políticamente, cuando en realidad es la forma más elemental de sobrevivir en el sistema que siempre criticaron… hasta que les abrió la puerta.
Muchos llegaron colinchados al bus del Pacto, halado —con todas sus contradicciones— por Gustavo Petro. No llegaron por liderazgo propio, ni por trayectoria sólida, ni por reconocimiento académico o profesional. Llegaron porque el momento histórico los empujó y porque el electorado confió, a veces a ciegas, en una lista que prometía algo distinto a lo de siempre.
Pero no dieron la talla.
Algunos nombres hoy se repiten como ejemplo de ese extravío: figuras que prometieron renovación y terminaron practicando la vieja política del “yo me salvo”. Salieron del pacto sin explicar al país qué los hizo cambiar de idea, pero con una velocidad sorprendente para acomodarse en el discurso opositor más ruidoso, ese que no construye, solo destruye.
Mientras tanto, pasan silenciosos frente a sus propias hojas de vida infladas. Aquellas que en campaña parecían anunciar estadistas y terminaron revelando políticos de ocasión. Ni la capacidad profesional ni el rigor académico que dijeron tener se reflejan hoy en su ejercicio legislativo. No hay debates memorables, no hay leyes transformadoras, no hay ideas que incomoden al poder real. Solo el deseo persistente de seguir viviendo sabroso, pero sin el pueblo, sin el proyecto y sin la responsabilidad que implica representar.
El problema no es que discrepen del gobierno. Disentir es legítimo. El problema es desde dónde y para qué lo hacen. Porque no es lo mismo una crítica honesta que una traición oportunista; no es lo mismo una oposición con ideas que un eco desordenado de los mismos sectores que siempre gobernaron este país.
Hay algo casi patético en verlos repetir consignas que antes despreciaban. Como cualquier gamín político de esquina, aprendieron rápido qué frases dan micrófono, qué ataques generan aplausos en los salones correctos y qué silencios garantizan invitaciones futuras. Brújula no tienen. Hambre, sí. Hambre de reconocimiento, de poder, de prebendas, de corrupción maquillada de “independencia”.
El electorado, mientras tanto, sigue esperando. Espera explicaciones, espera resultados, espera que alguien recuerde las promesas hechas en 2022. Pero lo que recibe es un desfile de excusas y discursos reciclados. Un “yo no fui” permanente. Un “esto no era así” conveniente. Un abandono progresivo de la responsabilidad política.
Quizá lo más grave no sea que se hayan ido del pacto. Lo grave es que nunca entendieron qué era. Creyeron que era un trampolín, no un compromiso. Que era una oportunidad personal, no un proyecto colectivo. Y cuando el vértigo del cambio exigió carácter, optaron por bajarse.
Los domingos sirven para recordar. Y recordar, en política, es un acto incómodo. Pero necesario. Porque la historia suele ser implacable con quienes confundieron el mandato popular con un tiquete gratis al poder.
Y porque el pueblo —aunque a veces tarde— siempre termina pasando la cuenta.