Por Gustavo Melo Barrera – GMTV Productora Internacional
Hoy no es un día para la comodidad intelectual. No es jornada de análisis distantes ni de ironías de café compartidas en redes sociales. Hoy es 8 de marzo y Colombia vota Congreso. Y en medio del ruido, la fatiga y la polarización, conviene decir algo incómodo: la democracia no se sostiene sola.
No se trata de salir a defender al gobierno. Tampoco de movilizarse contra él. Mucho menos de vestir la neutralidad como si fuera una medalla moral. Se trata de algo más básico: entender que la participación no es un gesto simbólico, sino una intervención concreta en el equilibrio del poder.
El desencanto es real. Hay decisiones oficiales cuestionables, oposiciones que a veces prefieren el estruendo a la propuesta y liderazgos que confunden firmeza con espectáculo. Pero el voto no es un premio al buen comportamiento de la clase política. Es una herramienta de control ciudadano. Y hoy, esa herramienta está disponible.
Abstenerse puede sentirse como un acto de coherencia personal. “No me representan”, “todos son lo mismo”, “nada cambia”. Son frases comprensibles, incluso legítimas. Pero tienen una consecuencia práctica: reducen el tamaño del electorado activo y, con ello, amplían el peso de quienes sí acuden organizadamente a las urnas. En democracia, el vacío nunca queda vacío. Siempre alguien lo ocupa.
Lo que está en juego no es solo la composición del Congreso, sino la legitimidad con la que ese Congreso ejercerá su poder durante los próximos años. Un legislativo elegido con amplia participación tiene mayor autoridad para debatir, aprobar o bloquear reformas. Uno surgido de la apatía carga desde el primer día con la sospecha.
La democracia colombiana no es perfecta. Está atravesada por tensiones, desigualdades y heridas históricas. Pero ha sido construida —con tropiezos y avances— durante décadas. Pensar que esa estructura es indestructible es una ilusión peligrosa. Las instituciones no se derrumban de golpe; se erosionan cuando la ciudadanía se retira del escenario.
Hoy no es el momento para debates sofisticados sobre pureza ideológica. Es el momento de decidir si queremos influir o simplemente observar. Votar no implica adhesión incondicional ni entusiasmo ciego. Implica asumir que, aun con defectos, el mecanismo democrático es el único que permite corregir rumbos sin romper el sistema.
Si su opción es oficialista, vote. Si es opositora, vote. Si está en el centro, vote. Si duda hasta el último minuto, vote. No porque el panorama sea ideal, sino precisamente porque no lo es. En contextos tensos, la participación amplia actúa como amortiguador. Reduce la posibilidad de que una minoría intensa capture decisiones estructurales.
La historia reciente de América Latina ofrece suficientes ejemplos de cómo la apatía ciudadana abre espacios a la concentración de poder o al debilitamiento institucional. Colombia no es una excepción a esas dinámicas. El deterioro democrático rara vez llega con estruendo. Avanza, más bien, con la resignación.
Este 8 de marzo no es un día para delegar. Es un día para intervenir. El voto no resolverá todos los problemas ni eliminará la polarización. Pero sí marcará un límite claro: que la ciudadanía sigue presente, que el tablero no se deja en manos de unos pocos, que el desacuerdo se canaliza en urnas y no en rupturas.
La crítica seguirá siendo necesaria mañana. La vigilancia al poder seguirá siendo indispensable. Pero hoy la tarea es más simple y concreta: participar.
Porque lo construido —con todos sus defectos— no se mantiene por inercia. Se sostiene con presencia. Y en democracia, la presencia empieza en las urnas.