Por Gustavo Melo Barrera – GMTV Productora Internacional
En política, el momento de una denuncia puede ser tan revelador como su contenido.
La reciente difusión de un supuesto audio atribuido a alias “Pipe Tuluá”, cabecilla de la banda criminal La Inmaculada, en el que se insinuaría algún vínculo o interés relacionado con la campaña presidencial de Gustavo Petro en 2022, llegó envuelta en una coreografía ya conocida: filtración selectiva, amplificación mediática inmediata y un clima de sospecha construido antes de que existiera verificación técnica independiente.
La encargada de divulgarlo fue la periodista y precandidata Vicky Dávila.
El episodio exige una pregunta básica que trasciende simpatías políticas: ¿qué tan creíble es la denuncia y qué evidencia sólida la respalda?
Porque en democracias funcionales, las acusaciones graves no se sostienen por volumen de titulares sino por trazabilidad probatoria.
Hasta ahora, lo público ha sido fragmentario. No se conocen peritajes forenses certificados, cadena de custodia clara ni validación técnica por parte de autoridades judiciales. En ausencia de esos elementos, expertos advierten que cualquier audio —especialmente en tiempos de edición digital avanzada e inteligencia artificial— debe tratarse con cautela.
“Hoy un archivo de voz, sin autenticación independiente, tiene valor político, no necesariamente valor judicial”, explica un profesor de derecho probatorio de una universidad pública consultado para este análisis. “La prueba no es el audio: es el origen, la integridad y la verificación técnica”.
El contexto también pesa.
La filtración se produce después de una serie de hechos que alteraron el tablero político: la visita de Petro a Washington y su encuentro con Donald Trump —interpretado por sectores oficialistas como un golpe simbólico a la narrativa internacional de la oposición—; la orden presidencial de extraditar al jefe de La Inmaculada; y encuestas que muestran dificultades para que el uribismo consolide una candidatura competitiva de cara a las próximas elecciones.
En ese escenario, una denuncia que vincule al presidente con un actor criminal funciona como arma política inmediata, aun antes de que se demuestre su veracidad.
La historia reciente de Colombia muestra cómo ese tipo de revelaciones puede moldear la opinión pública incluso cuando luego se debilitan o se caen en tribunales.
“No es la primera vez que aparecen ‘audios explosivos’ en momentos estratégicos”, señala un analista político independiente. “Las filtraciones anónimas suelen coincidir con picos de tensión electoral. Eso no prueba que sean falsas, pero sí obliga a examinarlas con escepticismo”.
También pesa el historial.
Dávila ha construido su carrera sobre primicias de alto impacto. Algunas derivaron en investigaciones sólidas; otras enfrentaron cuestionamientos o rectificaciones posteriores. Ese patrón mixto obliga a evaluar cada caso con lupa, no con fe.
El punto más delicado es la narrativa que circula en redes según la cual la periodista tendría acceso privilegiado a sistemas de interceptación o inteligencia —incluido el polémico software Pegasus— y que eso explicaría la llegada recurrente de “exclusivas”. No existe evidencia pública que respalde esa afirmación. Sin pruebas verificables, esa hipótesis pertenece más al terreno de la especulación política que al periodismo investigativo.
Pero la sospecha revela otra cosa: la profunda desconfianza ciudadana hacia el ecosistema de información.
En Colombia, donde el pasado está marcado por montajes judiciales, “chuzadas” ilegales y guerras sucias entre agencias del Estado, cualquier filtración sin origen claro revive fantasmas. Desde el DAS hasta interceptaciones clandestinas más recientes, la memoria colectiva recuerda que la manipulación de inteligencia con fines políticos no es una teoría conspirativa: es un antecedente histórico.
Esa sombra obliga a estándares más altos, no más bajos.
La responsabilidad recae tanto en quien denuncia como en quienes replican. Publicar audios no verificados como si fueran hechos consumados convierte al periodismo en altavoz de operaciones políticas. Y en la era digital, una vez instalada la sospecha, la rectificación rara vez alcanza la misma audiencia.
Para el campo judicial, la pregunta es más simple: ¿existe prueba legalmente obtenida que sustente la acusación? Si no la hay, el caso pertenece al debate político, no al penal.
Para el ciudadano, la lección es otra: desconfiar del espectáculo.
Las democracias no se erosionan solo por la corrupción o el crimen organizado. También por la normalización de la denuncia sin sustento, de la filtración interesada y del juicio mediático como sustituto de la justicia.
El audio de “Pipe Tuluá” podría ser relevante o podría diluirse como tantas “bombas” anteriores. Pero mientras no haya verificación técnica independiente y contexto probatorio, su peso es más narrativo que factual.
En política, la coincidencia temporal nunca es irrelevante.
Y cuando las acusaciones aparecen justo cuando el tablero electoral se mueve, la prudencia no es complicidad: es rigor.