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Un hombre entre dos mundos
Carlos Antonio Giménez encarna el tipo de político que ha sabido moverse con soltura en el terreno más complejo de la política estadounidense: Miami-Dade.
Hijo de exiliados cubanos, exbombero, administrador público y hoy congresista republicano por Florida, su vida parece el reflejo del “sueño americano” de la comunidad que representa. Sin embargo, detrás de la fachada del funcionario eficiente se esconden controversias que han acompañado su carrera durante más de dos décadas y que hoy resurgen mientras busca mantener su influencia en el Congreso.
Del fuego al poder
Nacido en La Habana en 1954, Giménez llegó a Estados Unidos siendo un niño, en los primeros años del éxodo cubano. Su carrera comenzó en el cuerpo de bomberos de Miami, donde ascendió hasta convertirse en jefe del departamento en 1991. Su disciplina, pragmatismo y mano firme lo proyectaron como un administrador eficaz.
En el 2000 fue nombrado city manager de Miami, y en 2005 dio el salto a la política electiva como comisionado del condado de Miami-Dade. Seis años después alcanzó la alcaldía del condado más grande y complejo del estado. Desde entonces, el nombre de Giménez ha estado asociado a poder, influencia y gestión tecnocrática.
Pero su estilo gerencial, muchas veces descrito como “autoritario y distante”, también lo colocó en el ojo del huracán. Críticos locales y organizaciones cívicas lo han acusado de utilizar la administración pública como trampolín político y de favorecer intereses privados cercanos a su entorno familiar y financiero.
Contratos bajo la lupa
Durante sus casi diez años como alcalde, Giménez supervisó proyectos multimillonarios en infraestructura, transporte y servicios públicos. Según documentos del Florida Democratic Party y reportes de medios locales como Miami New Times, varias empresas vinculadas a donantes de su campaña obtuvieron contratos que superan los US$368 millones durante su administración.
Uno de los casos más citados fue el del Bus Rapid Transit (BRT) de Miami-Dade, un sistema de transporte rápido adjudicado a una firma con conexiones políticas dentro del condado. Aunque no se demostró ilegalidad, los procesos de licitación despertaron sospechas sobre favoritismo y falta de competencia real.
El Miami New Times también documentó que su director financiero de campaña recibió millones de dólares en contratos del condado mientras trabajaba en la organización política de Giménez. “No se trata de corrupción abierta, pero sí de un sistema que mezcla política, contratos y lealtades personales”, señaló un ex funcionario del condado que pidió reserva de su nombre.
La familia como punto ciego
Si algo ha perseguido la carrera de Giménez es la sombra de su propio apellido. Su hijo, Carlos Giménez Jr., figura como lobbyista en Tallahassee y Miami, representando empresas que han tenido negocios con el condado.
El medio Florida Bulldog reveló en 2016 que Giménez Jr. habría representado intereses ante el gobierno local mientras su padre era alcalde, bordeando las reglas éticas del condado sobre conflicto de intereses.
Aunque la oficina de ética no encontró violaciones formales, el episodio dejó al descubierto lo que algunos analistas llaman “el modelo familiar del poder”: política, gestión y negocios conectados por un mismo apellido.
Otros reportes del Democratic Congressional Campaign Committee (DCCC) han señalado que empresas donde los hijos del congresista tenían participación recibieron contratos o subsidios durante su mandato.
Giménez, por su parte, ha respondido que sus hijos “son profesionales independientes” y que jamás intervino en beneficio de ellos. Pero la percepción pública de nepotismo no ha desaparecido.
El uso político de la emergencia
Durante la pandemia del COVID-19, Giménez fue criticado por el manejo de los fondos de emergencia del CARES Act. Excolaboradores y políticos locales denunciaron que parte de esos recursos fueron asignados a distritos o proyectos de afinidad política, sin criterios técnicos transparentes.
El DCCC calificó esa gestión como una “bolsa política” para recompensar aliados en plena campaña al Congreso.
Aunque no se abrió ninguna causa judicial formal, el episodio dejó huellas en su reputación como administrador.
El salto a Washington y el giro hacia Trump
En 2016, Giménez votó por Hillary Clinton. Cuatro años después, fue uno de los aliados más firmes de Donald Trump en el sur de Florida.
Su candidatura al Congreso en 2020 estuvo marcada por el respaldo del expresidente y el giro ideológico que sorprendió incluso a sus antiguos aliados demócratas locales.
Ganó por estrecho margen en un distrito diverso, donde los votantes cubanoamericanos, venezolanos y nicaragüenses desempeñaron un papel crucial.
En Washington, Giménez ha mantenido un perfil disciplinado dentro del Partido Republicano, defendiendo políticas de seguridad fronteriza más estrictas, restricciones a las remesas hacia Cuba y una línea dura frente a los gobiernos de izquierda en América Latina.
Entre el pragmatismo y la distancia con los hispanos
Paradójicamente, siendo uno de los pocos congresistas de origen cubano en el Capitolio, su relación con la comunidad hispana ha sido ambivalente.
Por un lado, sectores conservadores lo ven como un símbolo del éxito del exilio cubano y un defensor del “orden y la legalidad”.
Por otro, comunidades de inmigrantes recientes —mexicanos, centroamericanos o caribeños no cubanos— lo perciben como un político distante y poco empático.
Sus declaraciones sobre inmigración y su respaldo a medidas que dificultan la regularización de indocumentados lo han hecho blanco de críticas.
“Carlos Giménez defiende a los cubanos de su generación, pero no entiende la nueva realidad hispana de Miami”, dijo a este portal la analista política María T. Padilla, experta en temas latinos de Florida.
Esa desconexión cultural explica en parte por qué, pese a representar un distrito con más del 70 % de población hispana, Giménez mantiene un apoyo más fuerte entre los votantes mayores y de origen cubano que entre los latinos más jóvenes o de otras nacionalidades.
Los puntos que lo mantienen en pie
Aun con sus sombras, Giménez conserva una reputación de gestor experimentado y pragmático.
Su conocimiento de la administración pública, su habilidad para conseguir recursos federales y su cercanía con el poder republicano lo han hecho un actor clave para Miami-Dade en Washington.
Incluso críticos reconocen que, frente a políticos populistas o improvisados, Giménez representa una figura de estabilidad institucional.
Su discurso anticorrupción —paradójicamente— y su insistencia en el orden fiscal y la seguridad fronteriza conectan con la base conservadora de Florida.
“Puede ser frío, pero es predecible. Y en política, eso también es poder”, resumió un ex asesor suyo.
Entre el deber y el espejo
A sus 71 años, Carlos Giménez sigue siendo un producto puro de la política local de Miami: una mezcla de eficiencia tecnocrática, alianzas familiares y cálculo político.
Su historia simboliza tanto el éxito del exilio cubano como sus contradicciones: el anhelo de prosperar dentro del sistema estadounidense y la tentación de usar el poder para blindar ese ascenso.
El congresista que una vez combatió incendios ahora enfrenta los suyos propios: las sospechas de favoritismo, la distancia con buena parte de los latinos y el reto de justificar su permanencia en un Congreso cada vez más polarizado.
En el sur de Florida, donde política y negocios suelen cruzarse sin pedir permiso, Giménez sigue demostrando que la lealtad —más que la ideología— es la moneda más estable del poder.