Análisis editorial sobre las oportunidades y silencios mediáticos de un modelo sostenible en construcción
Editorial – GMTV Productora Internacional
En un contexto global marcado por crisis climática, presión sobre recursos naturales y desigualdad económica, una reciente publicación académica de la revista CSIRO Publishing en Australia ha puesto la mirada en Colombia como un caso de estudio emblemático para la bioeconomía mundial. El informe subraya cómo las políticas públicas orientadas al aprovechamiento sostenible de la biodiversidad —especialmente en la región Pacífica y la Amazonía—, junto con las prácticas ancestrales de comunidades afrodescendientes, indígenas y rurales, están delineando un modelo emergente que combina desarrollo económico con conservación ambiental.
Paradójicamente, mientras estos hallazgos generan interés en círculos científicos y ambientales internacionales, en Colombia pasan casi desapercibidos. La noticia no ocupó portadas nacionales ni se convirtió en parte del debate público. Este desfase entre reconocimiento externo e indiferencia interna dice mucho sobre las prioridades informativas del país y sobre las oportunidades desaprovechadas para posicionar la bioeconomía como motor de desarrollo.
Un modelo basado en biodiversidad, no en extracción
Colombia es uno de los países más biodiversos del planeta. Según datos de la Convención sobre la Diversidad Biológica, ocupa el segundo lugar mundial en diversidad de especies por kilómetro cuadrado. Esta riqueza biológica no es solo un activo ambiental: es, potencialmente, una fuente estratégica de ingresos sostenibles.
La bioeconomía —concepto promovido por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)— implica generar valor económico a partir de recursos biológicos renovables, integrando ciencia, innovación y conocimiento tradicional. Colombia posee tres elementos clave para liderar este campo:
Riqueza biológica inigualable (particularmente en el Pacífico y la Amazonía).
Saberes tradicionales de comunidades afro, indígenas y campesinas que han desarrollado prácticas sostenibles durante siglos.
Un marco político incipiente pero activo en torno a bioeconomía y transición energética.
El artículo australiano enfatiza la sinergia entre estos factores y cómo esta combinación única podría convertir al país en un actor central de la transición hacia economías circulares y descarbonizadas.
Comunidades que innovan desde los márgenes
En la región Pacífica, comunidades afrodescendientes han desarrollado iniciativas locales para transformar productos forestales no maderables —como aceites esenciales, biocosméticos, plantas medicinales y productos agrícolas diversificados—, integrando conocimiento ancestral con técnicas modernas.
En la Amazonía, asociaciones campesinas y pueblos indígenas han impulsado cadenas de valor en torno al cacao nativo, la vainilla, las fibras naturales y otros bioproductos, evitando prácticas extractivistas intensivas. Estas iniciativas no solo reducen la presión sobre los ecosistemas sino que generan ingresos directos para las comunidades locales, fortaleciendo su autonomía económica y territorial.
Este modelo comunitario se enmarca en el concepto de bioeconomía inclusiva, que no se limita a generar riqueza, sino que busca distribuirla equitativamente y conservar los ecosistemas que la hacen posible.
Para los investigadores australianos, Colombia está “probando que la innovación no ocurre únicamente en laboratorios urbanos”, sino también en territorios históricamente marginados.
La dimensión económica: una oportunidad estratégica
Desde el punto de vista macroeconómico, la bioeconomía representa para Colombia una alternativa tangible a la dependencia de hidrocarburos y minería. De acuerdo con proyecciones del Departamento Nacional de Planeación, si el país invierte decididamente en este sector, podría generar más de 600.000 empleos verdes en la próxima década, aumentar el PIB en 2,5 % y diversificar su matriz exportadora con productos de alto valor agregado.
Los mercados globales ya están reaccionando: en 2024, el comercio mundial de bioproductos alcanzó más de 2 billones de dólares, con demanda creciente en cosmética natural, farmacéutica verde, alimentación funcional y bioinsumos agrícolas. Colombia podría insertarse en estas cadenas globales no como proveedor de materias primas baratas, sino como desarrollador de productos con denominación de origen, trazabilidad y valor ecológico certificado.
Además, al apostar por la bioeconomía, el país podría reducir la vulnerabilidad económica asociada a la volatilidad de los precios del petróleo y el carbón, y avanzar hacia una matriz productiva más resiliente frente a crisis globales como las generadas por conflictos geopolíticos o pandemias.
Políticas públicas: avances y vacíos
Colombia ha adoptado una Estrategia Nacional de Bioeconomía con horizonte a 2030. Esta política busca impulsar la investigación científica, fomentar clústeres de innovación, promover alianzas público-comunitarias y generar incentivos para inversión privada responsable.
Sin embargo, los avances siguen siendo desiguales. Mientras algunas regiones cuentan con proyectos piloto bien estructurados, muchas comunidades carecen de infraestructura, asistencia técnica o acceso a mercados. La falta de coordinación interinstitucional también ha limitado la escalabilidad de los proyectos exitosos.
La publicación australiana reconoce los avances normativos, pero advierte sobre la necesidad de crear condiciones estructurales reales para que la bioeconomía deje de ser un “discurso de futuro” y se convierta en un motor económico presente.
Desafíos: entre el extractivismo y la sostenibilidad
Uno de los mayores obstáculos radica en el modelo económico dominante en Colombia, aún muy centrado en la extracción de recursos no renovables. Las rentas minero-energéticas continúan financiando gran parte del presupuesto nacional. Esto genera una asimetría de poder y recursos frente a sectores emergentes como la bioeconomía, que requieren tiempo, innovación y paciencia para consolidarse.
Otro reto crucial es la seguridad territorial. Muchas de las regiones con mayor potencial bioeconómico están atravesadas por economías ilegales, presencia de grupos armados y ausencia de institucionalidad. Sin condiciones básicas de seguridad y gobernanza, es difícil atraer inversiones sostenibles o garantizar la participación efectiva de comunidades locales.
El silencio mediático: una señal de miopía estructural
La investigación australiana ha tenido eco en foros científicos, en círculos de cooperación internacional y en debates ambientales globales. Pero en Colombia, apenas algunos medios especializados han hecho eco.
¿Por qué?
En parte, porque el sistema mediático nacional privilegia narrativas centradas en conflicto, corrupción o coyunturas políticas inmediatas, dejando poco espacio para historias de ciencia, innovación rural o desarrollo sostenible. También influye la escasa inversión pública en comunicación científica y la débil articulación entre academia, Estado y medios.
Este silencio no es inocuo: implica que el país no capitaliza simbólicamente sus avances, ni construye un relato nacional de transición ecológica que pueda generar consensos sociales y atraer inversiones estratégicas.
Comentario al margen:
En Colombia, los avances científicos suelen tener más resonancia cuando son reconocidos desde el exterior que cuando nacen desde adentro. Este fenómeno revela una estructura mediática poco articulada con la ciencia y la innovación rural, y un ecosistema institucional que no valora la divulgación científica como herramienta de transformación económica y cultural.
Un giro posible
Colombia tiene frente a sí una oportunidad histórica: pasar de ser un exportador de materias primas fósiles a convertirse en líder regional en bioeconomía, con base en su biodiversidad única y sus comunidades guardianas del territorio.
Para lograrlo, necesita:
Políticas públicas sólidas y sostenibles en el tiempo.
Inversión en investigación aplicada y cadenas de valor locales.
Infraestructura y seguridad territorial.
Y sobre todo, un cambio de narrativa nacional que reconozca y amplifique estas experiencias. El reconocimiento de la comunidad científica australiana no es un premio simbólico: es un llamado a mirar hacia adentro y valorar lo que Colombia ya está construyendo desde sus regiones. Lo que hoy es un “caso de estudio” puede convertirse en una estrategia económica transformadora si se asume con decisión política y visión de país.