Análisis político internacional – GMTV Productora Internacional
En los últimos años se ha vuelto más difícil comprender el mundo desde la óptica tradicional que solía ordenar la política global: democracias liberales de un lado, regímenes autoritarios del otro. Hoy ese mapa se fractura, se desdibuja y se recombina, mientras surgen alianzas discretas —y muy poderosas— que aún no ocupan las primeras planas en Colombia ni en buena parte de América Latina.
Tres fenómenos internacionales están reconfigurando silenciosamente las reglas del juego:
El fortalecimiento del eje Rusia-China-Irán-Corea del Norte, una red de cooperación estratégica que desafía el orden impuesto por Estados Unidos.
La expansión de la represión transnacional china, que lleva la intimidación más allá de las fronteras del Estado.
El surgimiento de nuevos movimientos anti neocoloniales liderados desde Moscú, que intentan presentarse como alternativas al liderazgo occidental.
Estos procesos, aunque parezcan remotos, afectan directamente a América Latina. Y más aún: modifican la manera en que Estados Unidos e Israel ejercen influencia en la región, elevando tensiones diplomáticas, presionando agendas y reconfigurando alianzas.
Colombia —aliado histórico de Washington— no es inmune a estas dinámicas. Y, paradójicamente, mientras en redes sociales se discute sobre escándalos domésticos, cuotas políticas y peleas partidistas, el mundo avanza hacia una recomposición profunda del poder que impactará nuestra economía, nuestra seguridad y nuestra política exterior.
El eje CRINK: Rusia, China, Irán y Corea del Norte — un bloque que deja de ser teoría para convertirse en realidad
Hasta hace poco, ver a estos cuatro países en la misma frase sonaba a exageración de analistas. No más. Lo que se consolida hoy es un sistema de cooperación militar, tecnológica y comercial que ha aprovechado la debilidad de Occidente para ganar fuerza.
China vende tecnología militar y drones. Rusia compra municiones en Corea del Norte. Irán suministra armamento y asesoría militar. Y todos comparten algo más profundo: la convicción de que el orden global dominado por Estados Unidos debe ser reemplazado.
Esta alianza no es un pacto formal, sino un acuerdo de necesidades compartidas:
- romper sanciones,
- blindarse mutuamente de presiones externas,
- disputar el control de regiones estratégicas.
¿Por qué importa esto para América Latina?
Porque este eje ya está mirando a la región como un espacio de influencia.
China domina la infraestructura regional y la inversión extractiva.
Rusia ha consolidado presencia militar y de seguridad en Venezuela, Nicaragua y Cuba.
Irán ha ampliado redes políticas en Bolivia y Venezuela.
Corea del Norte explora alianzas opacas con regímenes aislados.
Colombia, a su vez, se encuentra en una relación contradictoria:
Aliado militar de Estados Unidos,
pero profundamente integrado al comercio y la inversión china,
mientras vecinos como Venezuela fortalecen vínculos con Rusia e Irán.
En medio de esta tensión, cualquier cambio en el equilibrio global podría empujar a la región —y a Colombia— a redefinir prioridades y alianzas.
Impacto en las políticas colonialistas de Estados Unidos e Israel
EE.UU., acostumbrado a ver a América Latina como su zona de influencia, enfrenta ahora un rival de fondo: un bloque antioccidental con capacidad real para llenar los vacíos que Washington ha dejado en seguridad, infraestructura y economía.
Israel, por su parte, ha usado por décadas su industria militar en la región —capacitación, tecnología de vigilancia, equipos tácticos— especialmente en países aliados como Colombia. Pero la creciente presencia de China en sistemas de vigilancia y telecomunicaciones, o la estrecha relación militar entre Venezuela e Irán, están modificando ese monopolio.
China exporta su modelo de control más allá de sus fronteras — y esto redefine lo que significa “soberanía”
Un fenómeno preocupante y apenas cubierto en América Latina es la represión transnacional de China. Se trata de operaciones de vigilancia, presión o intimidación contra ciudadanos chinos —periodistas, activistas, opositores— que viven en el extranjero.
Lo que hace China no es nuevo: otros países también han perseguido opositores fuera de sus fronteras. Lo nuevo es la escala y la sofisticación:
- vigilancia digital,
- seguimiento a familias dentro y fuera del país,
- amenazas veladas a disidentes en universidades,
- “oficinas” informales de policía china en otros países,
- presión a gobiernos extranjeros para extraditar opositores.
El mensaje es claro: “estés donde estés, el Estado te está mirando”.
¿Y América Latina? ¿Y Colombia?
La región ya es un escenario clave para intereses estratégicos chinos. Pero falta entender que el poder chino no es solo económico: también es un modelo político que se exporta.
Esto tiene implicaciones directas:
- Gobiernos que se acercan a China podrían verse presionados a aceptar demandas de seguridad y control interno.
- Disidentes chinos en América Latina podrían ser vigilados.
- Se pueden importar prácticas de censura o vigilancia estatal bajo la excusa de “cooperación tecnológica”.
Colombia, donde empresas chinas controlan parte de la infraestructura eléctrica, tecnológica y logística, no es ajena a esas posibles presiones.
Relación con el poder colonial de EE.UU. e Israel
Washington solía ser el único actor que influía en temas de seguridad regional. Hoy, China entra como un contrapoder que desafía ese monopolio.
La disputa ya no es solo económica: es ideológica.
China promueve un modelo de vigilancia total.
Estados Unidos defiende un modelo de control “democrático” pero profundamente intervencionista.
Israel exporta tecnologías de seguridad y control utilizadas en Cisjordania y Gaza, que luego llegan a policías y ejércitos latinoamericanos.
En ese choque de modelos, América Latina corre el riesgo de adoptar tecnologías de control sin debate público, importando autoritarismos “en paquete”.
El movimiento global anti neocolonial impulsado por Rusia: ¿alternativa real o propaganda estratégica?
Rusia ha encontrado un nuevo nicho para su influencia: liderar un movimiento que cuestiona el supuesto neocolonialismo occidental. Bajo el nombre de “¡Por la Libertad de las Naciones!”, Moscú impulsa un discurso atractivo para muchos países del Sur Global: soberanía, autodeterminación, resistencia contra el poder económico y militar de Occidente.
En abstracto, la idea suena progresista. En la práctica, es más compleja.
Mientras Moscú acusa a Estados Unidos y Europa de neocolonialismo, oculta su propio historial colonial en Asia, el Cáucaso y Europa del Este. Pero el discurso conecta con realidades latinoamericanas: dependencia económica, imposiciones del FMI, presiones de Washington, sanciones selectivas, intervenciones políticas.
¿Puede este movimiento impactar a América Latina?
Sí, por tres razones:
Ofrece una narrativa alternativa al liderazgo de Estados Unidos, especialmente para gobiernos de izquierda o nacionalistas.
Abre puertas a cooperación militar, tecnológica y energética con Rusia, en momentos en que Occidente mantiene sanciones.
Puede influir en partidos políticos latinoamericanos, incluso en aquellos sin vínculos históricos con Moscú.
Colombia, con una oposición política crecientemente polarizada, podría ver a algunos sectores usar esta narrativa como arma ideológica en debates sobre soberanía, relaciones exteriores y presencia estadounidense.
Efecto en el poder colonial de Estados Unidos e Israel
El movimiento anti neocolonial ruso funciona como un contrapeso simbólico a la influencia de EE.UU. en la región. Y si logra arraigo, puede erosionar el papel histórico de Washington como árbitro regional.
Para Israel, la creciente influencia de Irán en movimientos antioccidentales en América Latina es una señal de alarma. Venezuela y Bolivia han profundizado relaciones con Teherán, lo cual tiene implicaciones directas para la seguridad israelí, especialmente en un contexto de guerra en Medio Oriente.
Conclusión: el mundo cambia más rápido que nuestra conversación pública
Colombia sigue discutiendo sus problemas internos como si fueran los únicos que importan. Pero las grandes decisiones del país —desde la seguridad nacional hasta la economía, pasando por la diplomacia y la tecnología— están siendo moldeadas por transformaciones geopolíticas globales que no estamos mirando.
Mientras tanto, Estados Unidos e Israel ya están recalibrando sus estrategias hacia América Latina, no porque la región sea prioridad, sino porque necesitan sostener su influencia ante la expansión del eje CRINK, la proyección global de China y la narrativa anti neocolonial rusa.
Si Colombia quiere tomar decisiones soberanas —de verdad soberanas— debe entender este nuevo mapa.
Porque en la geopolítica actual, quien no ve el tablero, termina jugando la partida de otro.#TensionesGeopolíticas, #InfluenciaGlobal, #Geoestrategia, #ReconfiguraciónDelPoder