Unidad Investigativa
Las plataformas digitales como TikTok, Facebook y Telegram se han convertido en algo más que espacios de entretenimiento para millones de jóvenes en todo el mundo: en algunos contextos de conflicto armado, también están siendo utilizadas como herramientas para vincular y, en algunos casos, reclutar menores de edad a grupos violentos o para tareas afines a confrontaciones bélicas, según una investigación conjunta de expertos de Colombia, México y Ucrania.
El fenómeno, que reúne patrones distintos en cada país, expone un desafío emergente para la protección de la infancia en el siglo XXI y pone en evidencia las limitaciones de las respuestas legales y regulatorias frente a actores que aprovechan la naturaleza abierta y viral de las redes sociales.
De entretenimiento a campo de guerra digital
En Colombia, organizaciones armadas ilegales han encontrado en TikTok y Facebook una forma de difusión y contacto con adolescentes que, de otro modo, estarían fuera del alcance de sus redes tradicionales. Videos breves que muestran vida en la selva o estereotipos de turismo armado, acompañados de mensajes codificados, alcanzan decenas de miles de interacciones y personas jóvenes atraídas por la estética de poder, dinero o camaradería.
Estos contenidos no siempre incluyen llamados explícitos a enrolarse en un grupo armado, pero sí generan una normalización de la violencia y un sentimiento de fascinación por un estilo de vida que puede terminar convirtiéndose en el primer paso de un proceso de vinculación real. En algunos casos, perfiles aparentemente inocuos sirven de enlace a contactos directos o a grupos privados donde se intercambian mensajes con menor supervisión.
La Oficina de Derechos Humanos de la ONU en Colombia ha señalado que la utilización de plataformas como TikTok o Facebook para reclutar o influenciar a menores es un fenómeno muy difícil de rastrear y moderar, especialmente en contextos rurales y comunidades vulnerables.
México: crimen organizado y redes digitales
En México, aunque el contexto no es un conflicto armado formal como en Colombia o Ucrania, grupos criminales del narcotráfico han adoptado tácticas similares. Un informe de la Secretaría de Gobernación advierte que las organizaciones delictivas utilizan redes sociales y videojuegos para atraer a niñas, niños y adolescentes, aprovechando la curiosidad digital y la interacción constante de los jóvenes en estas plataformas.
Este tipo de contenido puede incluir desde mensajes que glorifican la figura del narcotraficante hasta invitaciones en chats o grupos cerrados donde se promueven actividades delictivas. La combinación de redes sociales con aplicaciones de mensajería como Telegram permite mantener conversaciones más directas, en ocasiones envueltas en anonimato o a través de cuentas falsas que apelan a la confianza del menor.
En México, expertos en seguridad han advertido durante años que las redes sociales se han convertido en una zona gris donde las organizaciones criminales mezclan contenido de entretenimiento con propaganda que embellece la vida delictiva, complicando las labores de prevención y protección.
Ucrania: reclutamiento disfrazado de oportunidades
En el contexto de la guerra entre Ucrania y Rusia, los métodos de contacto digital también han evolucionado. Según informes de seguridad ucraniana, canales de Telegram y perfiles en TikTok, algunos de ellos presuntamente vinculados a fuerzas rusas, han sido utilizados para atraer a jóvenes —incluidos menores— bajo la promesa de dinero u otras recompensas para colaborar con operaciones o tareas específicas.
Las estrategias en Ucrania son más sigilosas: no buscan grandes exhibiciones públicas, sino mensajes privados y ofertas ambiguas que pueden parecer inocuas pero terminan dirigiendo al usuario hacia grupos cerrados o contactos que presionan por una implicación más profunda.
Este tipo de tácticas se enmarca dentro de una guerra cibernética más amplia, donde las redes sociales son territorios de influencia, propaganda e incluso de reclutamiento, tanto para motivar apoyo como para obtener asistencia logística o información.
Una red global con efectos locales
Aunque las dinámicas específicas varían entre Colombia, México y Ucrania, hay elementos comunes que preocupan a los investigadores. En todos los casos, algoritmos de recomendación y la viralidad de contenidos han ayudado a amplificar mensajes que nunca fueron diseñados para audiencias infantiles, pero que terminan encontrando a menores vulnerables.
Estas plataformas permiten un acceso y un intercambio de información que, sin mecanismos eficaces de moderación y supervisión, puede ser explotado por actores con intereses violentos o criminales. Además, la interacción informal en redes hace difícil distinguir entre contenido aparentemente inocuo y material que es parte de estrategias de reclutamiento más amplias.
Desafíos para la regulación y la protección de la infancia
Las respuestas legales existen en diferentes países, pero muchos expertos coinciden en que las leyes tradicionales no están preparadas para lidiar con las sutilezas del reclutamiento digital. La protección de menores se complica cuando los contactos empiezan en plataformas públicas, se trasladan a servicios de mensajería cifrada o cuando el contenido no presenta un llamado abiertamente violento.
Esto ha generado debates sobre la necesidad de una regulación más estricta de las redes sociales, programas de educación digital para jóvenes y mecanismos técnicos que permitan a las plataformas detectar y bloquear patrones de reclutamiento, sin vulnerar derechos básicos como la libertad de expresión.
Una preocupación que trasciende fronteras
El fenómeno pone de manifiesto cómo un problema global —el uso indiscriminado de redes sociales por menores— toca realidades muy distintas: desde zonas de violencia prolongada en Colombia hasta territorios marcados por el crimen organizado en México y conflictos internacionales como el de Ucrania.
Para los expertos, la conversación ya no es solo sobre entretenimiento digital, sino sobre cómo proteger a las generaciones más jóvenes en un mundo donde las fronteras entre lo virtual y lo real son cada vez más difusas.