Por Gustavo Melo Barrera – GMTV Productora Internacional
En Colombia siempre hemos tenido la extraña capacidad de ganar perdiendo. Somos campeones mundiales en fútbol moral, líderes globales en café que no es nuestro, y ahora, según las cifras oficiales del propio gobierno, estamos alcanzando récords históricos en decomisos de cocaína y en operaciones contra el narcotráfico. En teoría, Colombia debería estar recibiendo una medalla de oro de parte de Washington, un aplauso cerrado del Congreso de los Estados Unidos y, por qué no, una beca Fulbright para Gustavo Petro por buen comportamiento. Pero no. Lo que recibimos es la ratificación de que los gringos son una amenaza velada (y a veces descarada). Llegó finalmente a la temida “descertificación”, ese castigo diplomático que suena a divorcio con pensión alimentaria incluida.
Sí, usted lo leyó bien: el país que más cocaína consume en el mundo, que tiene opioides legales vendiéndose como si fueran caramelos, y que no logra controlar una epidemia de fentanilo que mata a más estadounidenses que las guerras de Irak y Afganistán juntas, es el mismo que ahora cuestiona las cifras colombianas en la lucha contra las drogas. El mismo que nos regaña porque, al parecer, no estamos matando suficientes campesinos ni fumigando suficiente selva.
Cuando el problema es el mensajero, no el mensaje
El pecado de Petro no parece ser que las cifras sean malas —porque son objetivamente las mejores en decomisos, incautaciones y operativos en décadas— sino que el mensajero no gusta. A Washington le incomoda Petro con su discurso de soberanía, con sus ataques al modelo fallido de la “guerra contra las drogas” y con su insistencia en que la cocaína no se siembra sola, sino que se consume al norte del Río Bravo. Dicho en corto: el problema no es la droga, es Petro.
Prueba de ello es la reciente visita de un grupo de alcaldes colombianos a Estados Unidos, acompañados de congresistas norteamericanos que, casualmente, son reconocidos por su alergia crónica a todo lo que huela a progresismo latinoamericano. Allá fueron los mandatarios locales, con sus discursos de víctimas institucionales, a contarle al Tío Sam lo mal que está Colombia, a pesar de las cifras récord. ¿Resultado? Fotos sonrientes, titulares en los medios gringos y la sensación de que la narrativa que más vende no es la de un Estado que incauta, sino la de un Estado fallido que no le gusta a Petro. Aunque con la decisión gringa , queda claro es que fueron a hacer campaña por un golpe de estado respaldado por las agencias y el gobierno Trump, Algo que parece que lograron sin problema.
La aritmética de la cocaína

Veamos la matemática: más decomisos que nunca, más erradicación manual que nunca, más operaciones conjuntas que nunca… y aun así, Estados Unidos nos “premia” con la descertificación. ¿Qué lógica tiene? Ninguna, salvo la del poder político. Porque mientras Colombia mide toneladas, kilos y hectáreas, Estados Unidos mide simpatías políticas, alianzas estratégicas y, sobre todo, docilidad en las relaciones exteriores.
En otras palabras: puedes mostrarles la bodega repleta de cocaína incautada, pero si no sonríes al estilo Uribe o si no te vistes de socio estratégico obediente, igual te ponen en la lista negra.
Entre la viuda y el fantasma
Y mientras esto pasa en la arena internacional, en la doméstica nos encontramos con uno de esos capítulos que parecen sacados de un libreto de Netflix: la viuda política de Miguel Uribe Londoño aparece en la escena como si fuera un símbolo de continuidad, pero con demasiadas dudas orbitando a su alrededor. Porque la pregunta incómoda no es solo qué hará políticamente, sino si realmente Miguel Uribe está muerto… o si simplemente cambió de identidad y anda ahora por “gringolandia” con nuevo pasaporte y una sonrisa discreta.
Sí, suena a teoría conspirativa, pero en un país donde Pablo Escobar murió dos veces, donde los carteles se convierten en cooperativas empresariales, y donde los extraditados regresan como influencers, ¿quién puede asegurar nada? La “viuda” se convierte entonces en metáfora de un sistema político que resucita muertos y entierra vivos según convenga al guion del momento.
Y aunque la señora, pasados 15 días del sepelio del senador Miguel Uribe Turbay, confirmó que abandonó el país “para nunca mas volver” y estar marginada de asuntos políticos, ahora hace campaña desde su lugar de residencia a favor de su suegro guion preparado por el mismos escritor dl atentado?).
La doble moral made in USA
El gran telón de fondo es que Colombia sigue siendo el patio trasero donde Washington mide su poder geopolítico. Allá no importa cuántas toneladas de droga se incauten, sino si el presidente de turno cumple el papel asignado en la obra: el sheriff obediente que dice “sí, señor” a cada línea de guion. Petro, en cambio, decidió improvisar y criticar la narrativa oficial. Y ya sabemos que en Hollywood el actor que improvisa mucho termina despedido del rodaje.
Así, Estados Unidos puede convivir con carteles mexicanos que inundan sus ciudades, con flujos incontrolables de fentanilo que atraviesan su frontera sur, y con bancos que lavan miles de millones de dólares sin consecuencias. Pero si en Colombia no se repite el catecismo de la fumigación y la represión indiscriminada, entonces se encienden las alarmas de “fracaso estatal”.
Una guerra narrativa, no antidrogas
Lo que vivimos hoy no es tanto una guerra contra las drogas, sino una guerra por el relato. Colombia tiene las cifras, Estados Unidos tiene la narrativa. Nosotros mostramos decomisos; ellos muestran caos. Nosotros contamos toneladas; ellos cuentan titulares. Y en esa batalla, la opinión pública internacional tiende a creer más en el relato gringo que en la estadística criolla.
La paradoja es brutal: Colombia está atrapada en el eterno examen de un profesor que nunca aprueba, sin importar cuánto estudies. Porque el problema no es la nota, sino que al maestro no le gusta el alumno.
Epílogo: el muerto que camina

Mientras tanto, la política colombiana se entretiene en debates de ultratumba: si la viuda de Uribe Londoño es la heredera legítima o la figura decorativa, si el senador está vivo o reinventado, si la descertificación es un castigo o un chantaje. En el fondo, todo parece un sainete donde lo único cierto es que seguimos siendo el país del café… y de la cocaína que nunca falta en la mesa de los que más nos critican.
La moraleja: en Colombia ni los muertos mueren, ni los decomisos cuentan, ni las viudas lloran por amor. Aquí la política es un guion de humor negro escrito en inglés, traducido al español y narrado con la solemnidad de un drama que nadie se toma en serio.
ADENDA: ¿Hora de dejar la teta gringa?
Y aquí viene la pregunta que nadie en Washington quiere escuchar y que en Bogotá muchos susurran con miedo: ¿no será hora de que Colombia se desprenda de la teta gringa y empiece a mirar hacia otros padrinos menos moralistas y más pragmáticos?
El club de los BRICS —Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, con nuevos socios tocando la puerta— aparece como la fiesta alternativa, esa rumba donde no preguntan cuántas toneladas de cocaína incautaste, sino cuántos puertos, carreteras y minerales puedes poner sobre la mesa de negocios. Para un gobierno como el de Petro, coquetear con los BRICS sería algo más que una movida diplomática: sería el golpe final a la derecha mafiosa, esa que vive de arrodillarse ante la Casa Blanca y de sacar pecho cada vez que un embajador gringo les da palmaditas en la espalda.
Claro, la decisión no es fácil. Salirse del libreto de Washington implica riesgos: sanciones, chantajes financieros, titulares alarmistas y, cómo no, más reuniones de congresistas gringos jurando que Colombia es el nuevo narcoestado bolivariano. Pero quedarse en la rutina de obediencia tampoco es gratis: significa seguir siendo el alumno castigado que nunca alcanza la nota, aunque estudie toda la noche.
En el fondo, la pregunta es de dignidad nacional: ¿seguimos en la eterna adolescencia de la tutela gringa o nos atrevemos a mudarnos con los nuevos amigos que, al menos, no nos sermonean sobre la cocaína mientras se la consumen por toneladas?
Colombia está en la encrucijada: chupar la teta de siempre o probar el nuevo menú geopolítico. Lo primero asegura migajas y regaños; lo segundo, incertidumbre y rabietas de la derecha criolla. Lo irónico es que, tal vez por primera vez en la historia, el camino más arriesgado podría ser también el más soberano.