Redaccion Clima y Medio Ambiente
PARÍS / GINEBRA, 13 de diciembre de 2025 — A una década de la firma del Acuerdo de París sobre Cambio Climático, la comunidad internacional se enfrenta a un balance complejo: el tratado que prometía frenar el calentamiento global está lejos de alcanzar sus metas más ambiciosas, pero ha reconfigurado el debate climático, impulsado energías limpias y catalizado políticas nacionales de mitigación que antes eran impensables.
Este año marca un punto de inflexión crítico: los datos más recientes de emisiones globales muestran que, aunque las tecnologías limpias crecen, las emisiones de gases de efecto invernadero siguen en niveles récord, acercando al planeta a umbrales climáticos peligrosos.
Proyecciones que desafían la meta de 1,5°C
El objetivo original del Acuerdo de París era mantener el aumento de la temperatura media global muy por debajo de 2 °C, y preferiblemente alrededor de 1,5 °C respecto a niveles preindustriales. Hoy, múltiples instituciones científicas coinciden en que ese umbral está casi fuera de alcance sin reducciones drásticas e inmediatas en emisiones.
Este año, los modelos climáticos estiman que el mundo alcanzará incrementos de temperatura de 1,5 °C antes de 2030, un plazo que preocupa a los principales científicos ambientales. Aunque el Acuerdo ha favorecido reducciones marginales respecto a escenarios sin políticas climáticas globales, “la curva de emisiones no ha disminuido lo suficiente”.
Crecimiento de energías limpias vs. persistencia de combustibles fósiles
Uno de los éxitos más visibles de la última década ha sido la “revolución de las energías renovables”. En muchos países, la capacidad instalada de energía solar y eólica ha superado a la nueva generación basada en combustibles fósiles, y las inversiones en energía limpia superan por primera vez a las de combustibles tradicionales.
Sin embargo, esa transición todavía coexiste con una expansión persistente de sectores fósiles, especialmente en economías emergentes que dependen de petróleo, gas y carbón para el desarrollo económico. Los informes de 2025 proyectan récords en emisiones de CO₂ vinculadas a combustibles fósiles este año, lo que socava el objetivo de neutralidad climática de largo plazo.
División Norte-Sur y financiamiento climático
Una de las tensiones más prolongadas en las negociaciones climáticas sigue siendo la brecha entre países desarrollados y en desarrollo. Las primeras han prometido financiamiento para apoyar la adaptación y mitigación, pero las entregas y los mecanismos siguen siendo insuficientes, según evaluaciones recientes de organismos internacionales.
Países africanos, del Pacífico y de América Latina han exigido mayores recursos para enfrentar pérdidas y daños ya palpables: desde sequías extremas y olas de calor hasta inundaciones y erosión costera. Pese a compromisos formales, el financiamiento real llega tarde o en forma de préstamos, no de donaciones.
Acción climática local y legislaciones nacionales
No obstante, no todo es pesimismo. Varias naciones han ajustado sus Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC) con más ambición, incorporando objetivos de reducción de emisiones y planes de adaptación. Algunas regiones, como la Unión Europea y países como Canadá, Japón y Corea del Sur, han adoptado políticas climáticas vinculantes y sanciones a emisiones nocivas.
La implementación de impuestos al carbono, normas de eficiencia energética y subsidios para tecnologías limpias ha reducido, en algunos casos, la intensidad de emisiones por unidad de PIB. Pero esos avances aún no compensan el crecimiento absoluto de emisiones en varios sectores críticos, como transporte, agricultura industrial y producción energética basada en fósiles.
¿Qué sigue después de París?
La celebración del décimo aniversario no ha sido solo conmemorativa sino también un llamado de alerta. Las COP (Conferencias de las Partes) más recientes se centraron en establecer mecanismos de adaptación y financiamiento climático, así como en fortalecer la transparencia y rendición de cuentas de los países firmantes.
A medida que se negocian nuevas metas para 2035 y 2040, la opinión científica y ambiental es clara: sin cooperación global más rígida, mayores inversiones en tecnologías de captura de carbono y reducciones drásticas de combustibles fósiles, los peligros climáticos —que incluyen olas de calor severas, escasez de agua, enfermedades y migraciones forzadas— se intensificarán.
En conclusión: Diez años después, el Acuerdo de París sigue siendo un hito transformador en las políticas climáticas, pero su promesa principal —evitar un calentamiento catastrófico— está en riesgo. El balance actual obliga a una reflexión profunda: transformar compromisos políticos en acciones concretas y acelerar la transición energética ya no es solo una aspiración ambiental, sino una necesidad para la supervivencia económica, social y ecológica del planeta.