Por Redacción Internacional | GMTV Productora Internacional
Guayaquil, Ecuador. — La violencia que ha puesto a Ecuador en el mapa de los países más inestables de la región volvió a golpear este martes. Un carro bomba explotó en plena zona financiera de Guayaquil, frente a un edificio de oficinas y un centro comercial vinculados a la familia del presidente Daniel Noboa. La detonación, que estremeció la ciudad portuaria poco antes del anochecer, dejó un saldo de un taxista muerto y al menos treinta personas heridas.
Según confirmó la Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos (SNGR), veinticinco de los heridos sufrieron lesiones leves, principalmente por fragmentos de vidrio y esquirlas metálicas. Otros cinco fueron trasladados a hospitales de la zona, dos de ellos en condición crítica.
El Ministerio del Interior calificó el hecho como un “acto terrorista” y advirtió que se trata de una ofensiva directa contra el Gobierno y su política de seguridad. “Los explosivos encontrados son de fabricación profesional, lo que demuestra la intención clara de sembrar miedo y caos”, declaró el ministro John Reimberg en una rueda de prensa convocada de urgencia.
Una explosión que paralizó el corazón económico de Guayaquil
El estallido ocurrió alrededor de las 18:30 hora local (23:30 GMT), en una zona donde se concentran hoteles, bancos, restaurantes y oficinas corporativas. Testigos relataron que una camioneta comenzó a incendiarse y, segundos después, se escuchó la explosión que hizo temblar los edificios aledaños.
“Pensamos que era un terremoto”, contó a medios locales una empleada de un hotel cercano. “Las ventanas se rompieron y vimos gente corriendo ensangrentada”.
Las cámaras de seguridad del sector registraron el momento en que el vehículo, aparentemente estacionado desde hacía más de una hora, comenzó a arder antes de estallar. El fuego y la onda expansiva destruyeron varios automóviles y provocaron daños estructurales en locales comerciales.
Un segundo carro bomba fue encontrado antes de detonar
De acuerdo con las investigaciones preliminares, los agentes de seguridad identificaron dos vehículos sospechosos que salieron del barrio Cooperativa San Francisco, frente al complejo penitenciario de Guayaquil, un foco habitual de operaciones de grupos delictivos.
“Uno de los autos explotó. El otro fue interceptado a tiempo por la Policía y contenía cuatro cargas explosivas de alto poder, listas para ser activadas con un dispositivo electrónico”, explicó Fernando Cornejo, presidente de la empresa municipal de seguridad Segura EP.
Los expertos en desactivación de explosivos realizaron detonaciones controladas y evacuaron un perímetro de más de cuatro cuadras mientras se revisaban los automóviles estacionados en la zona.
Un mensaje al poder político
Aunque ninguna organización criminal se ha atribuido la autoría del atentado, fuentes policiales indicaron que el ataque podría estar vinculado con grupos del narcotráfico que operan desde las cárceles ecuatorianas, muchos de ellos con conexiones directas con carteles mexicanos y colombianos.
El presidente Daniel Noboa, quien enfrenta una creciente ola de violencia desde su llegada al poder, ha impulsado un “plan de guerra” contra las bandas que controlan el tráfico de drogas, la extorsión y el sicariato. La medida ha provocado represalias violentas en varias regiones del país.
“El mensaje es evidente: buscan intimidar al Estado y al propio presidente”, afirmó el analista de seguridad Carlos Vera Quintana. “Los grupos criminales perciben que la ofensiva gubernamental amenaza sus estructuras financieras y de poder dentro y fuera de las cárceles”.
Una crisis que no da tregua
La explosión de Guayaquil se suma a una escalada de violencia que ha dejado más de 4.000 homicidios en lo que va del año, según datos del Ministerio del Interior. En los últimos meses, las principales ciudades del país —incluyendo Quito, Manta y Esmeraldas— han sido escenario de atentados, secuestros y motines carcelarios.
Guayaquil, motor económico y principal puerto del país, se ha convertido en el epicentro del conflicto. Desde 2021, la ciudad ha sido testigo de múltiples ataques con explosivos y asesinatos selectivos ligados a la disputa entre bandas como Los Choneros, Los Lobos y Los Tiguerones, todas con nexos internacionales.
“La situación es crítica”, reconoció el alcalde Aquiles Álvarez, quien pidió al Gobierno reforzar el control militar en puntos estratégicos. “Guayaquil no puede seguir viviendo bajo la sombra del miedo”.
La respuesta del Gobierno
En un mensaje difundido en cadena nacional, el presidente Noboa condenó el atentado y prometió que los responsables “pagarán con todo el peso de la ley”. Ordenó el despliegue inmediato de fuerzas militares en los puntos críticos del país y la intensificación de los operativos de inteligencia.
“Los terroristas quieren quebrar al Ecuador, pero no lo lograrán”, afirmó el mandatario. “Nuestra lucha contra el crimen organizado es irreversible. No negociaremos con delincuentes”.
Mientras tanto, las autoridades reforzaron la seguridad en edificios gubernamentales y en las residencias oficiales del presidente y su familia.
La guerra silenciosa de Ecuador
Ecuador, que durante décadas se consideró un país ajeno al conflicto del narcotráfico regional, enfrenta hoy una crisis sin precedentes. Su posición geográfica —entre Colombia y Perú, los mayores productores de cocaína del mundo— lo ha convertido en una ruta estratégica para el transporte de drogas hacia Estados Unidos y Europa.
Los cárteles internacionales han encontrado en el sistema penitenciario ecuatoriano un terreno fértil para reclutar sicarios y lavar dinero. Desde allí se ordenan asesinatos, secuestros y ataques coordinados como el ocurrido en Guayaquil.
“El Estado perdió el control de las cárceles, y con ello, parte del control del país”, advirtió el experto en criminología Abel González García. “La guerra ya no es entre bandas: es una lucha por el poder político y económico dentro del territorio nacional”.
Un país en vilo
A medida que las autoridades intentan restablecer el orden, el atentado ha dejado al descubierto la fragilidad institucional y el profundo desafío que enfrenta el gobierno de Noboa. La pregunta que muchos se hacen en las calles de Guayaquil es la misma que recorre hoy todo Ecuador:
¿Podrá el Estado recuperar el control antes de que la violencia se imponga definitivamente?