Por Gasto Loco – GMTV Productora Internacional
La Corte Suprema anunció, con tono solemne y voz de noticiero de 1998, que fijó el inicio del juicio contra el magistrado del CNE, Álvaro Hernán Prada.
Redoble de tambores.
Cortina dramática.
Toma aérea del Palacio de Justicia.
“¡La institucionalidad funciona!”, gritan los mismos que llevan años viendo cómo funciona… pero al revés.
Porque en Colombia la justicia no es ciega: es miope, selectiva y, cuando conviene, convenientemente amnésica.
La escena parece escrita por los guionistas de una comedia francesa mal doblada: primero el CNE toma decisiones quirúrgicamente dirigidas contra el Pacto Histórico y sus listas al Congreso —tijera en mano, como peluquero de barrio recortando flequillos incómodos— y deja el terreno electoral con la misma “igualdad de condiciones” que una carrera de cien metros donde unos arrancan desde la meta y otros desde el barrio de al lado.
Pero, tranquilos.
Para que nadie diga que hay sesgo, ¡pum!: anuncian el juicio contra Prada.
Justo ahora.
Justo en medio del ruido.
Justo cuando las críticas hierven.
Casualidad judicial, esa especie en vía de extinción que solo aparece cuando hay cámaras.
Es el equivalente institucional de decir:
—“No somos parciales, miren, estamos investigando a uno de los nuestros… pero despacito, sin afán, sin despeinar la toga”.
La Corte, el CNE y la Registraduría parecen ese trío musical de fiesta patronal que toca la misma canción hace 40 años: cambian de sombrero, pero no de partitura.
El repertorio es conocido:
Primero: decisión polémica.
Segundo: indignación pública.
Tercero: comunicado solemne lleno de palabras como “transparencia”, “garantías” y “Estado de Derecho”.
Cuarto: una actuación mediática para calmar al personal.
Como si la democracia fuera un niño llorando al que le dan un bombón.
—Tome, mijito, aquí tiene un juicio.
Y pretenden que uno aplauda.
La estética es maravillosa: magistrados con cara de notarios cansados, declaraciones con lenguaje de misa dominical y esa convicción inquebrantable de que “los colombianos de bien” todavía creemos que el sistema es un club de caballeros honorables.
Claro.
Y el ratón Pérez también audita elecciones.
Hay algo entrañable en esa fe que tienen en nuestra ingenuidad. Creen que seguimos viviendo en 1985, viendo el noticiero de las siete y creyendo que todo lo que dice un señor de corbata es verdad.
Pero no.
Hoy vemos el truco completo: la mano que firma la sanción y la otra que se lava.
El CNE aprieta.
La Corte “equilibra”.
La Registraduría sonríe.
Y entre todos arman una coreografía digna de ballet soviético.
Porque el mensaje real no es “habrá justicia”.
El mensaje es: “miren cómo hacemos como si la hubiera”.
Es teatro.
Un teatro togado.
Una comedia tropical donde los personajes no son caricaturas: son funcionarios con sueldo, escoltas y pensión vitalicia.
Uno imagina la reunión:
—“¿Cómo bajamos las críticas?”
—“Saquemos lo del juicio”.
—“¿Eso avanza rápido?”
—“No, pero suena bonito”.
Y listo.
Titular servido.
Opinadores distraídos.
La indignación convertida en bostezo.
Mientras tanto, las reglas electorales quedan torcidas, como cancha de barrio después de la lluvia, y todavía nos dicen que la competencia es justa.
Justa para quién, habría que preguntar.
Para el que corre con viento a favor, escolta y cronómetro propio, tal vez.
Lo más fascinante es el tono moralista con el que hablan. Esa superioridad pedagógica.
Como si nos estuvieran haciendo un favor.
Como si la democracia fuera una limosna.
Pero la gente ya no traga entero. La solemnidad dejó de impresionar. La toga perdió el misterio. Y cada vez que anuncian una “decisión histórica”, uno revisa el calendario para ver qué escándalo están tapando.
Porque en este país, cuando la justicia aparece de repente, no es porque despertó: es porque alguien necesitaba una cortina.
Así que gracias, honorables magistrados.
Gracias por el espectáculo.
Gracias por el circo.
La próxima vez, al menos vendan crispetas.
Total, si la democracia se volvió show, que por lo menos sea en 3D.
Y sin pretender que todavía creemos en payasos con toga.