Por Gustavo Melo Barrera – GMTV Productora Internacional
Gustavo Petro llegó al poder con una promesa tan ambiciosa como peligrosa: demostrar que Colombia sí tenía con qué gobernarse decentemente. Que había reservas morales, cuadros técnicos y voluntades éticas suficientes para sacar al país del pantano histórico de la corrupción, el clientelismo y la mediocridad. Tres años después, cuando el presidente se prepara para armar el último gabinete de su gobierno, la conclusión es incómoda y demoledora: el gabinete nunca apareció.
No porque no lo buscara. Lo intentó por todos los flancos: la izquierda histórica, los técnicos ilustrados, el progresismo universitario, los conversos del establecimiento, los aliados coyunturales y hasta los reciclados del viejo régimen. El resultado fue una rotación interminable, un desfile de nombres que entraban con ínfulas de redentores y salían entre silencios, escándalos o decepciones. Un gabinete nómada para un gobierno sin reposo.
El problema no fue solo Petro. El problema fue la materia prima política.
Colombia presume de elecciones, partidos y discursos morales, pero cuando llegó la hora de gobernar quedó claro que la política está deshabitada de gente honrada en cantidad suficiente. O, peor aún, que quienes se dicen honrados no resisten la presión del poder, la intriga palaciega o la tentación del cálculo personal.
En ese páramo, unos pocos ministros sacaron la cara. No fueron perfectos, pero entendieron que gobernar no es posar ni conspirar. José Antonio Ocampo y luego Ricardo Bonilla, con números antes que retórica; Armando Benedetti, incómodo pero eficaz en la realpolitik; Guillermo Alfonso Jaramillo, más gestor que declamador; Iván Velásquez, símbolo ético en un país que castiga la decencia; Carolina Corcho, excesiva pero coherente; Susana Muhamad y otros contados nombres que, al menos, dieron la pelea. No brillaron todos los días, pero no se escondieron.
El resto del elenco fue un catálogo de despropósitos.
Estuvieron los torcidos, no necesariamente condenados, pero sí expertos en convertir la política del cambio en una prolongación de las viejas mañas. Los tibios, especialistas en no incomodar a nadie, en administrar sin transformar, en confundir prudencia con parálisis. Y los traicioneros al cambio, esos que llegaron con el discurso progresista en la boca y el teléfono abierto para negociar con el primer poder que les ofreciera supervivencia personal.
El gabinete terminó siendo un espejo cruel del país: brillante en el discurso, pobre en carácter.
Petro creyó —o quiso creer— que bastaba con ganar la presidencia para que apareciera una generación de servidores públicos listos para gobernar con ética, técnica y lealtad al proyecto. No ocurrió. Porque el poder no crea virtudes; las revela. Y lo que reveló este gobierno es que la política colombiana está llena de aspirantes, opinadores y conspiradores, pero escasa de gobernantes.
Ahora viene la pregunta final, la más incómoda: ¿de dónde sacará Petro el gabinete del cierre si no hay con quién?
No hay cantera. Los partidos tradicionales no ofrecen más que lo de siempre. La izquierda institucional se mostró fragmentada y frágil. Los independientes prefirieron el confort de la crítica externa antes que el desgaste del gobierno. Y los oportunistas ya saltaron del barco, buscando acomodo en la próxima orilla electoral.
El presidente enfrenta así la soledad del poder, esa etapa en la que el gobernante descubre que el cargo no garantiza compañía ni lealtad. Solo quedan los convencidos, los resistentes y los que no tienen otro lugar a dónde ir.
El balance, por ahora, es frustrante. No porque el proyecto del cambio haya sido inútil, sino porque el país no estaba preparado para sostenerlo. No hay reformas posibles sin ejecutores confiables. No hay transformación sin funcionarios que resistan la presión. No hay cambio sin una ética que sobreviva al cargo.
Tal vez la lección más dura del gobierno Petro no sea ideológica, sino humana: Colombia no sufre solo de malas ideas, sino de una alarmante escasez de carácter en su dirigencia.
Y ese déficit no se resuelve con un último gabinete. Se resuelve —si acaso— con una generación nueva que aún no llega. O que, viendo este espectáculo, decidió no entrar.
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