Redacción Mundo
Mientras los titulares globales se concentran en conflictos armados, elecciones polarizadas y avances tecnológicos, una crisis silenciosa se despliega en las aguas del Mar Rojo. Desde finales de 2023, los ataques a buques comerciales en el estrecho de Bab el-Mandeb —una arteria vital entre Asia, África y Europa— han desencadenado una serie de bloqueos marítimos que están alterando el comercio global. Y aunque Colombia aún no lo percibe en sus anaqueles, las ondas de choque ya están en camino.
Un cuello de botella estratégico
El Mar Rojo conecta el Océano Índico con el Mediterráneo a través del Canal de Suez. Por allí transita cerca del 15% del comercio marítimo mundial, incluyendo petróleo, gas, alimentos, tecnología y bienes de consumo. El estrecho de Bab el-Mandeb, entre Yemen y Djibouti, es uno de los puntos más vulnerables: apenas 29 kilómetros de ancho, custodiado por actores armados y gobiernos en tensión.
Desde que los rebeldes hutíes de Yemen comenzaron a atacar buques vinculados a Israel y Estados Unidos, grandes navieras como Maersk, MSC y Hapag-Lloyd han desviado sus rutas hacia el Cabo de Buena Esperanza, en Sudáfrica. Esto añade hasta 10 días de navegación y miles de dólares en costos logísticos por embarque.
¿Qué tiene que ver Colombia?
Aunque Colombia no depende directamente del Mar Rojo para sus importaciones, el efecto dominó ya se siente en los mercados globales. El precio del petróleo ha mostrado volatilidad, los fletes internacionales han subido hasta un 30% en algunas rutas, y los tiempos de entrega de productos electrónicos, repuestos y maquinaria se han duplicado en sectores clave.
Además, el desvío de rutas ha generado escasez de contenedores en puertos latinoamericanos, lo que podría afectar la exportación de café, flores y frutas en los próximos meses. En un país donde la inflación sigue siendo una preocupación, ignorar esta crisis sería un error estratégico.
El silencio en los medios colombianos
A diferencia de Europa, donde los consumidores ya enfrentan alzas en productos básicos, o Asia, donde los gobiernos han activado protocolos de emergencia, en Colombia el tema apenas ha sido mencionado. Ni los noticieros ni los principales portales digitales han abordado el impacto potencial de los bloqueos marítimos. ¿Por qué este silencio?
Parte de la respuesta está en la desconexión entre la geopolítica y el periodismo económico local. Las noticias internacionales suelen limitarse a conflictos visibles o eventos espectaculares, mientras que las dinámicas estructurales —como el comercio marítimo— quedan relegadas. Pero también hay una falta de presión ciudadana para exigir información estratégica que permita anticiparse a crisis.
Una oportunidad para el periodismo ético
Para medios independientes, periodistas digitales y creadores de contenido, este vacío informativo representa una oportunidad. Explicar cómo un conflicto en Yemen puede afectar el precio del arroz en Bogotá, o cómo la escasez de chips por retrasos marítimos puede frenar la producción de electrodomésticos en Medellín, es una forma de conectar lo global con lo local.
Además, permite abrir debates sobre la vulnerabilidad de las cadenas de suministro, la necesidad de diversificar rutas comerciales, y el rol de América Latina en un mundo multipolar. ¿Estamos preparados para una reconfiguración del comercio global? ¿Qué papel jugarán los puertos colombianos en este nuevo escenario?
Voces desde el terreno
En entrevistas con analistas logísticos y operadores portuarios en Buenaventura y Cartagena, varios expresaron preocupación por el aumento de costos y la falta de previsión gubernamental. “Estamos viendo retrasos en la llegada de repuestos y maquinaria agrícola. Si esto se prolonga, el impacto será directo en el campo colombiano”, señala Andrés Ríos, gerente de una empresa importadora en el Valle del Cauca.
Por su parte, María Fernanda Gómez, experta en comercio exterior, advierte que “Colombia debería estar negociando acuerdos alternativos con países del sur global, y fortaleciendo su infraestructura portuaria para adaptarse a rutas más largas y complejas”.
¿Y ahora qué?
La crisis del Mar Rojo no parece tener una solución inmediata. Los ataques continúan, las tensiones diplomáticas se agravan, y las navieras no planean regresar pronto a sus rutas originales. Esto obliga a los países a repensar sus estrategias comerciales, logísticas y de seguridad.
Para Colombia, esto significa:
• Monitorear los precios internacionales de productos clave.
• Fortalecer la infraestructura portuaria y logística interna.
• Diversificar proveedores y rutas de importación.
• Informar a la ciudadanía sobre los riesgos y alternativas.
Pero sobre todo, implica reconocer que lo que ocurre en un estrecho lejano puede tener consecuencias directas en la vida cotidiana de millones de colombianos.