Por Gustavo Melo Barrera – GMTV
A menos de una semana de las elecciones parlamentarias en Colombia, el país vive un clima de tensiones, incertidumbres y cuestionamientos institucionales que reflejan no solo una disputa por escaños, sino una batalla por la legitimidad del sistema democrático. La posibilidad de fraude electoral —aunque históricamente baja en Colombia comparada con otros países de la región— ha sido objeto de especulación, temores y campañas de desinformación que, paradójicamente, erosionan la confianza pública en los mecanismos del propio sistema.
El Consejo Nacional Electoral (CNE), la Registraduría y la Fiscalía han reiterado que disponen de protocolos, monitoreo internacional y auditorías coadyuvantes para garantizar el proceso. Sin embargo, la narrativa de fraude no es un accidente: es un arma política que se usa para condicionar percepciones antes, durante y después del 8 de marzo. La clave para interpretar estas elecciones no radica solo en el conteo de votos, sino en cómo los distintos sectores políticos gestionen la percepción pública y los resultados en tiempo real.
¿Qué pasa si el Pacto Histórico arrasa?
Un triunfo contundente del Pacto Histórico —con ganancia clara de curules para izquierda, centro progresista y aliados— representaría una reconfiguración significativa del mapa político colombiano. El bloque oficialista se convertiría en un actor dominante en la discusión legislativa, con fuerza para impulsar agenda reformista, desde justicia social hasta políticas económicas redistributivas y transformaciones institucionales profundas.
En este escenario optimista para el Pacto, el riesgo no vendría tanto de la legitimidad del resultado, sino de la capacidad de gobernar sin fracturas internas. El Pacto Histórico es un conglomerado amplio con tendencias heterogéneas: desde sectores moderados hasta activismos más radicales. Un arrase electoral exigirá convertir esa fuerza cuantitativa en coherencia cualitativa, capaz de construir mayorías en iniciativas clave sin fracturarse por tensiones ideológicas.
Además, un triunfo amplio pondrá a prueba la respuesta de los sectores opositores, especialmente la derecha y el centroderecha, que podrían recurrir a tácticas de desacreditación o judicialización de adversarios, añadiendo presión sobre el equilibrio institucional.
¿Qué pasa si el Pacto Histórico pierde presencia en el Congreso?
Una caída relativa —menos escaños de los esperados, sin mayoría— es casi tan significativa como un triunfo: indicaría un techo de representación que pone freno a la ambición oficialista. Para la izquierda, sería un momento de reflujo político y recalibración estratégica. El discurso de cambio profundo perdería impulso y requeriría negociaciones más amplias con otros bloques para avanzar cualquier reforma.
Esta derrota parcial podría fortalecer a sectores moderados dentro del propio Pacto, que abogarían por alianzas pragmáticas con centroderecha o fuerzas independientes. También daría aire a la derecha para consolidar narrativas de “voto útil” y a los partidos de centro para presentarse como árbitros de estabilidad.
¿Qué pasa si la derecha pierde las elecciones?
Un mal resultado para los partidos tradicionales de derecha —con pérdidas significativas de curules— sería una reconfiguración histórica del espectro político colombiano. El centroderecha y las fuerzas liberales recibirían presión para absorber el electorado conservador decepcionado o arriesgarse a quedar marginados de la conducción del debate público.
La derecha derrotada enfrentaría una crisis de liderazgo, con fuertes tensiones internas entre quienes abogan por una renovación ideológica y quienes buscan culpar a la movilización de izquierda y progresistas. La estrategia postelectoral probablemente incluiría intentos de reconstrucción del bloque alrededor de nuevas figuras, pero también podría intensificar discursos de victimización frente a sectores que señalan irregularidades, profundizando la polarización.
¿Qué pasa si la derecha es la ganadora, como hace tres años?
Un retorno de la derecha como bloque dominante no significa simplemente conservar estatus quo. Dado el contexto actual —con nuevas demandas sociales y una juventud más politizada— el triunfo implicaría una reafirmación de proyectos políticos más tradicionales, con énfasis en seguridad, estímulo a la inversión privada y orden público.
Sin embargo, una derecha fuerte no asegura tregua política. La izquierda y el Pacto Histórico tendrían amplio incentivo para articular campañas críticas, movilizaciones sociales y estrategias legislativas de contención. La derecha ganadora, entonces, enfrentaría el reto de no gobernar con un enfoque confrontacional que profundice fracturas sociales.
¿Qué pasa si el centro gana o pierde?
El centro político es quizá el gran encuestado silencioso de estas elecciones. Ganar significaría validar la narrativa de moderación y de contrapeso frente a los extremos. Un centro fuerte puede ser clave para desbloquear iniciativas legislativas, fungir como puente entre bloques y posicionarse como árbitro de estabilidad institucional.
Si el centro pierde, se agrava la polarización: derecha e izquierda quedarían como las fuerzas hegemónicas del debate, reduciendo el espacio para compromisos interbloques. Esto tiende a paralizar procesos legislativos y profundizar tensiones, especialmente si alguno de los extremos cuestiona la legitimidad del resultado.
Escenarios para los candidatos presidenciales tras el 8 de marzo
Oficialistas: Para los aspirantes presidenciales del bloque de gobierno, el resultado legislativo será una primera vuelta simbólica. Si el oficialismo obtiene una bancada robusta, los candidatos podrán presentarse como la continuidad viable de un proyecto con respaldo parlamentario, capaz de garantizar gobernabilidad desde el primer día. Pero si el bloque pierde fuerza, la narrativa cambiará: deberán distanciarse parcialmente del balance del gobierno, recalibrar su discurso y tender puentes hacia sectores moderados para evitar que la elección presidencial se convierta en un plebiscito sobre la gestión saliente.
Derecha: Para los precandidatos de derecha, un Congreso favorable sería la plataforma perfecta para proyectar imagen de orden, estabilidad y capacidad de control institucional. Les permitiría argumentar que el país busca contrapesos y corrección de rumbo. Si, en cambio, la derecha retrocede, sus aspirantes enfrentarán presión para redefinir liderazgo, discurso y alianzas, evitando que la contienda presidencial derive en una disputa fragmentada que diluya su electorado tradicional.
Centroderecha y centro: En el tablero presidencial, el centro juega a largo plazo. Si logra un buen desempeño legislativo, sus candidatos podrán posicionarse como opción de equilibrio frente a la polarización, con capacidad real de articular mayorías. Si el centro queda debilitado, el riesgo es la irrelevancia estratégica: sus aspirantes tendrían que decidir entre radicalizarse para sobrevivir o negociar su adhesión a bloques más grandes, perdiendo autonomía en el proceso.
Conclusión
Más allá del conteo de votos y la distribución de escaños, el 8 de marzo funcionará como un termómetro político para la carrera presidencial. No definirá directamente al próximo jefe de Estado, pero sí establecerá las condiciones narrativas, psicológicas y estratégicas de la contienda. La confianza en el sistema electoral, la legitimidad del resultado y la reacción de los líderes políticos ante la victoria o la derrota serán tan determinantes como los números finales.
Lo que se juega no es solo la composición del Congreso, sino el marco dentro del cual se desarrollará la próxima campaña presidencial: una de continuidad, corrección o ruptura. En un país atravesado por polarización y demandas sociales profundas, la responsabilidad de los candidatos será transformar el resultado del 8 de marzo en competencia democrática y no en sospecha permanente.