Por Redaccion Mundo – GMTV Productora Internacional
Cuando Estados Unidos e Israel lanzaron el 28 de febrero la ofensiva conjunta contra Irán —bautizada en Washington como “Operación Furia Épica”— el mensaje fue inequívoco: la contención había terminado. Lo que durante años fue una guerra en la sombra, con sabotajes, ciberataques y golpes quirúrgicos, se transformó en una confrontación abierta entre potencias militares en el corazón de Medio Oriente.
Desde entonces, el ritmo de los acontecimientos ha sido vertiginoso. Funcionarios estadounidenses aseguran haber alcanzado más de 1.700 objetivos dentro de Irán, entre ellos instalaciones navales, depósitos de misiles y posiciones estratégicas de la Guardia Revolucionaria. El objetivo declarado: degradar de forma significativa la capacidad militar iraní y limitar su margen de acción regional.
Teherán, lejos de replegarse, respondió con oleadas de misiles y drones contra bases estadounidenses en el Golfo Pérsico y contra territorio israelí. También afirmó haber atacado un portaaviones estadounidense, una versión que Washington no ha confirmado. Las cifras de víctimas aumentan con rapidez: más de 700 muertos en Irán, según autoridades locales, y las primeras bajas reconocidas entre las fuerzas estadounidenses.
Una guerra que ya no es bilateral
La dimensión más inquietante del conflicto no es solo su intensidad, sino su expansión. Irán ha extendido la confrontación más allá de sus fronteras, activando redes aliadas y presionando a países del Golfo que hasta ahora habían tratado de mantener cierta distancia estratégica.
Hezbolá, en el Líbano, ha reanudado ataques contra Israel, reabriendo un frente que había permanecido relativamente contenido. Milicias en Irak y Siria observan con atención. En Yemen, los hutíes amenazan con interrumpir rutas marítimas críticas. El conflicto se ramifica y convierte la región en un tablero inflamable donde cualquier error de cálculo podría desatar una escalada mayor.
Desde el punto de vista táctico, Estados Unidos e Israel sostienen que han logrado daños significativos a infraestructuras militares iraníes. Pero el hecho de que Irán conserve capacidad para lanzar ataques sostenidos demuestra que su aparato de defensa no ha sido neutralizado. La narrativa de “golpe decisivo” choca con la persistencia de la respuesta iraní.
No hay un vencedor claro. Hay, más bien, una espiral.
Trump y la apuesta por la presión prolongada
El presidente Donald Trump ha señalado que la campaña podría extenderse durante semanas y no ha descartado reforzar aún más la presencia militar estadounidense en la región, ya la mayor en décadas. La Casa Blanca ha dejado entrever que, en algún momento, podría explorar canales diplomáticos con un eventual nuevo liderazgo iraní, pero esa posibilidad parece lejana mientras los misiles siguen cruzando el cielo del Golfo.
En el Congreso estadounidense emergen fisuras. Algunos legisladores —incluidos miembros del Partido Republicano— cuestionan la legalidad y la estrategia de un compromiso militar prolongado sin una autorización explícita del Capitolio. Las dudas no son solo jurídicas; son también estratégicas: ¿existe un plan de salida?
Aliados cautelosos y potencias expectantes
En Europa, la reacción ha sido ambivalente. Francia ha expresado preocupación por la legalidad de ciertos ataques, aunque también ha subrayado la responsabilidad de Irán en la escalada. Es una posición que refleja la incomodidad de muchos gobiernos europeos: aliados de Washington, pero temerosos de verse arrastrados a una guerra regional.
China, con vínculos estratégicos crecientes con Teherán, ha reafirmado su apoyo diplomático a la soberanía iraní y ha rechazado los ataques militares, aunque evita un involucramiento directo. Pekín observa el conflicto no solo como una crisis regional, sino como una prueba del equilibrio de poder global.
En el Golfo, la situación es aún más delicada. Arabia Saudita, Kuwait y Qatar han interceptado proyectiles iraníes o han visto afectado su espacio aéreo. Su postura oscila entre el respaldo tácito a Estados Unidos —principal garante de seguridad regional— y la preocupación por convertirse en objetivos directos.
España y otros países europeos han rechazado el uso de sus bases para operaciones contra Irán, una decisión interpretada en Teherán como señal de fractura occidental.
El petróleo y la política del miedo
Más allá del frente militar, el conflicto ya repercute en los mercados energéticos. El estrecho de Ormuz, arteria vital por donde transita una parte sustancial del crudo mundial, vuelve a estar en el centro de la ansiedad global. Cada ataque cercano a esa ruta eleva el temor a interrupciones en el suministro.
Los precios del petróleo han reaccionado al alza. Los mercados descuentan la posibilidad de una guerra prolongada que afecte la producción y el transporte de energía.
En respuesta a la volatilidad del mercado energético, ocho países miembros de la OPEP anunciaron que aumentarán la producción para mitigar posibles interrupciones.
En este contexto, la guerra no se libra solo con misiles. También se combate en bolsas de valores, en contratos de futuros y en negociaciones diplomáticas de alto nivel.
¿Quién gana?
La pregunta sobre a quién favorece tácticamente el conflicto carece, por ahora, de una respuesta sencilla. Estados Unidos e Israel han demostrado superioridad tecnológica y capacidad de penetración profunda en territorio iraní. Irán, sin embargo, ha mostrado resiliencia y una habilidad intacta para proyectar poder asimétrico mediante drones, misiles y aliados regionales.
La guerra parece diseñada para desgastar. Cada parte busca erosionar la voluntad del otro sin cruzar umbrales que desaten una conflagración total.
Israel bajo fuego y liderazgo bajo presión
La situación dentro de Israel es de máxima alerta. El país permanece en estado de emergencia mientras enfrenta ataques con misiles y drones atribuidos a Irán y a milicias aliadas como Hezbolá desde el Líbano. La Cúpula de Hierro ha interceptado numerosos proyectiles, pero las sirenas antiaéreas, las restricciones de movilidad y la suspensión de clases reflejan una vida cotidiana alterada por la guerra. Hospitales y servicios de emergencia operan bajo presión constante, mientras la economía muestra señales de desaceleración por cancelaciones de vuelos y afectaciones comerciales.
En el plano político, el primer ministro Benjamin Netanyahu enfrenta un momento crítico. Aunque circulan rumores en redes sobre una supuesta salida del país, no existe evidencia confirmada de que haya abandonado Israel. Oficialmente continúa encabezando el gabinete de seguridad y dirigiendo la respuesta militar. Sin embargo, la presión interna crece: sectores de la oposición cuestionan la estrategia y advierten sobre el costo humano y diplomático de una escalada prolongada. La estabilidad del gobierno dependerá no solo del resultado militar, sino de la capacidad de contener el desgaste social en medio de un conflicto que podría extenderse.
Impacto regional
Varios países del Golfo declararon su derecho a la autodefensa tras interceptar ataques iraníes. Emiratos Árabes Unidos informó de alteraciones en el aeropuerto de Dubái, mientras Arabia Saudita convocó al embajador iraní.
¿Qué puede ocurrir ahora?
El conflicto actual supera en intensidad a la guerra limitada del año pasado entre Israel e Irán. Las próximas jornadas podrían traer nuevos ataques, la elección de un nuevo líder supremo en Irán y eventuales esfuerzos diplomáticos para contener la escalada.
Mientras tanto, la Junta de Gobernadores del Organismo Internacional de Energía Atómica se reúne para evaluar el impacto en el programa nuclear iraní.
La región se encuentra en un momento decisivo. Lo que comenzó como una operación dirigida contra objetivos específicos se ha convertido en una confrontación de alcance incierto, con consecuencias que podrían redefinir el equilibrio de poder en Medio Oriente durante años.