Unidad Investigativa – GMTV Productora Internacional
La reciente decisión del presidente Gustavo Petro de suspender —y luego condicionar— la cooperación en inteligencia con Estados Unidos ha encendido alarmas en Washington y ha desatado un debate profundo en Colombia sobre soberanía, seguridad y geopolítica. ¿Quién ha ganado más con esta alianza bilateral? ¿Ha servido realmente a los intereses colombianos o ha sido una extensión de la agenda estadounidense en la región?
La ruptura no es menor. Desde el Plan Colombia (1999), la cooperación en inteligencia ha sido el eje de una relación asimétrica que ha definido la política antidrogas, la estrategia militar y la narrativa internacional sobre el conflicto colombiano. Pero hoy, con un presidente que cuestiona abiertamente el papel de Estados Unidos en la región, el tablero se ha movido.
¿Qué implica cortar la inteligencia?
Petro condicionó el intercambio de información a que se respete la vida de los presuntos narcotraficantes y se eviten ataques letales en el Caribe y el Pacífico. Esta postura responde a operativos recientes en los que embarcaciones sospechosas fueron atacadas sin mediación judicial ni garantías mínimas. Para el mandatario, la inteligencia no puede ser usada como excusa para ejecuciones extrajudiciales.
Expertos como el coronel retirado Octavio Pérez advierten que esta decisión pone en riesgo tratados de seguridad y podría debilitar la lucha contra el narcotráfico. Sin embargo, otros analistas señalan que la cooperación ha servido más a los intereses geopolíticos de Estados Unidos que a los de Colombia.
¿Quién gana con la inteligencia bilateral?
Durante más de dos décadas, Colombia ha compartido información sensible con agencias como la DEA, la CIA y el Comando Sur. A cambio, ha recibido apoyo técnico, entrenamiento militar y recursos financieros. Pero el balance es desigual.
• Según cifras del Congreso estadounidense, entre 2000 y 2020, Colombia recibió más de US$10.000 millones en asistencia militar y antidrogas. Sin embargo, el 70% de esos fondos fueron ejecutados por contratistas estadounidenses.
• En contraste, Colombia ha cedido soberanía operativa, permitiendo bases militares como la de Palanquero, que según informes del Pentagon Budget Justification, fue diseñada para “proyectar poder en América Latina”.
• La inteligencia compartida ha permitido a Estados Unidos mapear rutas del narcotráfico, infiltrar redes criminales y proteger sus fronteras. Pero en Colombia, los resultados son más ambiguos: el cultivo de coca ha aumentado un 43% entre 2020 y 2023, y las organizaciones criminales se han fragmentado, dificultando su control.
¿Antidrogas o negocio encubierto?
El discurso oficial ha sido claro: la cooperación busca combatir el narcotráfico. Pero los hechos sugieren otra cosa. Las bases militares, lejos de ser barreras, han funcionado como nodos logísticos para operaciones que muchas veces escapan al control colombiano.
Un informe de Insight Crime reveló que entre 2015 y 2022, al menos 12 operaciones encubiertas de la DEA en Colombia terminaron en escándalos por corrupción, manipulación de pruebas o violaciones de derechos humanos. Además, exfuncionarios como el general Jorge Mora han denunciado que “la inteligencia estadounidense ha sido usada para fines políticos, no solo criminales”.
Diplomacia en crisis: ¿mala fe o estrategia?
La tensión no se limita al terreno operativo. En los últimos meses, la relación entre la embajada de Colombia en Washington y la de Estados Unidos en Bogotá se ha deteriorado. Petro ha denunciado montajes mediáticos y campañas de desprestigio orquestadas desde agencias norteamericanas.
Un ejemplo claro fue la filtración de un supuesto informe de inteligencia que vinculaba al presidente con redes de financiación ilegal. Aunque el documento fue desmentido por la Cancillería, medios como The Miami Herald y Fox News lo replicaron sin verificación, alimentando una narrativa de desconfianza.
¿Es esto diplomacia o intervención encubierta? La pregunta es legítima. En teoría, las embajadas deben fomentar el diálogo y la cooperación. Pero cuando se convierten en centros de presión política, la soberanía queda en entredicho.
¿Y ahora qué?
La suspensión de la cooperación en inteligencia no significa el fin de la relación bilateral. Pero sí marca un punto de inflexión. Colombia necesita redefinir su estrategia de seguridad desde una perspectiva soberana, ética y eficaz.
• Primero, debe fortalecer sus propias capacidades de inteligencia, invirtiendo en tecnología, formación y transparencia.
• Segundo, debe establecer protocolos claros para el intercambio de información, garantizando el respeto a los derechos humanos.
• Tercero, debe revisar los acuerdos bilaterales, como el Plan Colombia y el Acuerdo de Cooperación Militar, para asegurar que no vulneren la autonomía nacional.
La lucha contra el narcotráfico no puede seguir siendo una excusa para la subordinación estratégica. Colombia tiene derecho a decidir cómo proteger su territorio, su gente y su democracia. Y si eso implica cortar ciertos lazos, que así sea.
Porque al final, la verdadera inteligencia no está en los satélites ni en los drones. Está en la capacidad de un país para pensar por sí mismo. #Opinión #Colombia #EEUU #Petro #Geopolítica #Narcotráfico #Soberanía