Redacción Confidencial – GMTV Productora Internacional
En Colombia, las reinas siempre han sido un espejo de su tiempo: la elegancia, la diplomacia, la sonrisa entrenada para el protocolo… hasta que llegó Laura Gallego Solís, abogada de 27 años, influencer y estratega en marketing político. La noche de su coronación como Señorita Antioquia 2025 prometía un nuevo aire para los concursos de belleza: mujeres formadas, con opinión y presencia digital. Pero en menos de una semana, aquella corona se volvió un peso insoportable.
Del glamour al trending topic
Su nombre comenzó a circular el 18 de octubre, cuando fue presentada oficialmente como la representante de Antioquia ante el Concurso Nacional de la Belleza. Alta, segura, con voz firme y lenguaje político, Laura se definía como una mujer “disciplinada, crítica y libre”. El jurado destacó su preparación académica y su experiencia en comunicación política: era la mezcla entre inteligencia y presencia que muchos buscaban para modernizar el certamen.
Pero las redes —ese tribunal paralelo que todo lo amplifica— no tardaron en desempolvar un pasado digital incómodo. En cuestión de horas, videos donde la recién coronada hacía preguntas del tipo “¿a quién le darías bala?” se hicieron virales. En ellos, mencionaba figuras como el presidente Gustavo Petro o el exalcalde Daniel Quintero, en tono de juego o provocación. El contexto fue suficiente para desatar una tormenta mediática.
El Colombiano y El Tiempo titularon sobre la “reina de la polémica”, y los comentarios se dividieron entre quienes defendían su libertad de expresión y quienes veían en sus frases una apología peligrosa. La presión creció tanto que la organización del certamen debió emitir un comunicado recordando que las candidatas “no representan posturas políticas ni partidistas mientras ostenten el título”.
Tres días después de su coronación, Laura anunció su renuncia voluntaria, diciendo: “Me niego a quedarme callada por miedo a perder una corona”.
Un reinado sin quejas, pero con heridas
Aunque el escándalo pareció haberlo invadido todo, en la trastienda del certamen no se registraron quejas formales de las otras candidatas. Ninguna concursante presentó impugnaciones ni alegó irregularidades en la elección.
Fuentes consultadas en la organización del reinado confirmaron que, hasta la fecha, no hay actas de reclamo ni procesos internos abiertos sobre favoritismos o influencias indebidas.
Sin embargo, varias participantes —de manera informal— habrían expresado su desconcierto por la rapidez con que el certamen se politizó. “De repente ya no se hablaba de belleza ni de Antioquia, sino de ideología y videos virales”, dijo una de ellas off the record.
El ambiente, cuentan quienes estuvieron allí, pasó de la camaradería típica de un concurso regional a una tensión casi de campaña electoral.
¿Quién es realmente Laura Gallego?
De su biografía se sabe lo esencial: nació en Medellín, es abogada y tiene estudios complementarios en marketing político. En redes sociales se presenta como “comunicadora, analista y estratega”. Su estética mezcla elegancia de pasarela con discurso de foro: frases motivacionales, opinión política y autopromoción profesional.
Hasta ahí, todo verificable. Pero cuando se trata de su familia, las aguas se enturbian.
No existen registros públicos —ni en prensa, ni en la web del Concurso Nacional de la Belleza, ni en la Registraduría— que confirmen quiénes son sus padres o familiares directos.
Circuló en Instagram un video donde se etiquetaban las cuentas de los periodistas Jorge Alfredo Vargas e Inés María Zabaraín, lo que disparó rumores sobre un supuesto parentesco. Sin embargo, se comprobó que esa etiqueta correspondía a un error o confusión digital, pues los reconocidos comunicadores son padres de Laura Vargas Zabaraín, otra figura mediática sin relación con la exreina.
En resumen: no hay evidencia alguna de que los Vargas-Zabaraín sean sus padres, ni de que Laura pertenezca a una familia con vínculos políticos de renombre.
La sombra de la política y los nombres incómodos
Los videos que detonaron la polémica no eran un accidente aislado. En ellos, Laura interactúa o menciona a figuras de la derecha colombiana: María Fernanda Cabal, Miguel Uribe Londoño, Juan Carlos Pinzón y el influencer político Santiago Botero, con quien habría grabado uno de los clips más comentados.
Su discurso —filoso, ideologizado, provocador— la situó de inmediato en el ecosistema mediático afín al uribismo. En redes se la ha vinculado ideológicamente a ese sector, aunque no existen pruebas documentadas de un trabajo formal, una relación familiar o una conexión directa con el gobernador Andrés Julián Rendón ni con la cúpula del Centro Democrático.
La relación, por ahora, es solo de afinidad discursiva, amplificada por el algoritmo de las redes.
Belleza, política y redes: un cóctel explosivo
El caso Laura Gallego dejó una lección incómoda: los reinados de belleza ya no son burbujas de glamour, sino espejos de la polarización.
En tiempos donde cada post tiene peso político, una candidata puede pasar de reina a “enemiga pública” en cuestión de horas.
Mientras algunas voces celebran su valentía por “no callar”, otras ven en su estilo una peligrosa trivialización del lenguaje violento. Entre esos extremos, Laura encarna la nueva figura de la influencer política involuntaria: alguien que, buscando visibilidad, termina devorada por su propio discurso.
El epílogo de una corona fugaz
Hoy, a meses del episodio, Laura Gallego sigue activa en redes, aunque con un tono más moderado. No se ha retractado ni ha pedido disculpas, pero parece haber aprendido la más vieja lección de los reinados: la corona pesa más en la cabeza que en la vitrina.
Su historia deja más preguntas que certezas: ¿fue víctima de una cacería digital o protagonista de una autopromoción mal calculada? ¿El país está preparado para reinas con opinión política, o la neutralidad sigue siendo una cláusula tácita del glamour?
Lo cierto es que el brillo de Laura Gallego duró lo que un reel en TikTok, pero su nombre quedará grabado como el caso que rompió el molde del silencio real.
Y quizá, también, como la mujer que puso al Concurso de Belleza de Antioquia frente al espejo de la política moderna —ese donde las coronas y las ideologías nunca terminan de acomodarse. Queda la duda de quienes son sus padres. ¿alguien sabrá la respuesta?