Centro Democrático: el partido que se autodestruye sin ayuda externa
GMTV Productora Internacional
Si algo ha quedado claro en los últimos meses es que el Centro Democrático no necesita enemigos: se basta con sus propias peleas internas, egos inflamados y precandidatos de cartón para incendiarse desde adentro. El partido que alguna vez fue el bastión del uribismo hoy parece más bien un club de excompañeros de colegio peleando por quién se queda con el pupitre del fondo.
La condena del expresidente Álvaro Uribe por soborno a testigos y fraude procesal fue el punto de quiebre. No solo dejó al partido sin su figura central, sino que desató una guerra silenciosa —y a veces no tan silenciosa— entre quienes antes se arrodillaban ante su liderazgo. Hoy, muchos de sus más cercanos amigos y amigas prefieren guardar distancia, como quien evita al tío incómodo en la cena familiar.
Uribe ya no manda… pero aún incomoda
Las decisiones del exmandatario, incluso desde el banquillo judicial, siguen causando escozor. La imposición de precandidatos como Miguel Uribe Londoño y Juan Carlos Pinzón fue recibida con entusiasmo solo por los que aún creen que el uribismo es una religión. Para el resto, fue como ver a dos maniquíes tratando de bailar salsa: torpes, predecibles y sin ritmo político.
La encuesta contratada para favorecer a Miguel Uribe —financiada por un empresario cercano al partido— terminó por avivar el fuego interno. María Fernanda Cabal y Paloma Valencia, dos de las aspirantes con más peso, reaccionaron como si les hubieran servido sopa fría en una gala caliente. “Esto es actuar a lo Guanumen”, dijo Cabal, en referencia al asesor digital que alguna vez pidió jugar sucio en campaña. Ironías del destino: ahora el juego sucio parece venir desde adentro.
Tarazona vs. Cabal: el duelo que nadie pidió
Y como si faltara drama, la viuda de Miguel Uribe Turbay, María Claudia Tarazona, decidió lanzarse al ruedo político con una entrevista explosiva. Acusó a Cabal de haberla amenazado durante la cámara ardiente de su esposo. Sí, en pleno velorio. Porque en el Centro Democrático hasta los homenajes se convierten en campo de batalla.
Cabal respondió con un comunicado digno de telenovela: “Estoy muy extrañada”. Y aunque el episodio terminó con un abrazo, la tensión quedó flotando como mosca en sopa caliente.
Toldos aparte: cuando los amigos se cansan
Abelardo de la Espriella, abogado mediático y defensor de causas uribistas, decidió montar toldo aparte. Lo mismo hizo el congresista Polo Polo, quien parece más interesado en construir su propio altar que en seguir rezando en el templo uribista. Ambos se alejaron del partido con la elegancia de quien se retira de una fiesta donde ya no sirven trago.
Mientras tanto, los foros del Centro Democrático se llenan de discursos reciclados, promesas infladas y precandidatos que no logran emocionar ni a sus propios asesores. La meta de conseguir 50 curules en 2026 suena más a delirio que a estrategia. Y si el expresidente Uribe sigue moderando los eventos, el partido corre el riesgo de parecer un homenaje permanente a un liderazgo que ya no existe.
Confidenciales: lo último del Partido de Mano firme, Corazón grande (Hoy parece con Parkinson)
– El partido se retiró oficialmente de las consultas internas para elegir candidatos. ¿La razón? Nadie se pone de acuerdo ni para escoger el mantel.
– La reforma a la salud fue el nuevo campo de batalla. El Centro Democrático presentó una ponencia alternativa, pero ni eso logró unirlos.
– En privado, varios congresistas admiten que el partido necesita una cirugía mayor. Pero como buenos uribistas, prefieren seguir con curitas ideológicas.
El Centro Democrático se dirige al 2026 como un barco sin timón, con los marineros peleando por quién se queda con el chaleco salvavidas. Y mientras tanto, la mosca sigue flotando en la sopa… justo donde no la quieren. ¿mejor cuiden la sopa en la próxima cucharada, no les parece ?
Adenda: ¿Y si Uribe vuelve a la cárcel?

En el Centro Democrático, la esperanza electoral para 2026 parece depender más de los tribunales que de las urnas. Si Álvaro Uribe vuelve a la cárcel —tras la apelación de su condena por soborno y fraude procesal— el partido que fundó enfrentaría su peor escenario: una campaña sin caudillo, sin narrativa y sin brújula.
La lista cerrada al Senado, donde Uribe ocupa el puesto 25 como figura decorativa, se convertiría en un monumento a la nostalgia. Los precandidatos impuestos por él —Miguel Uribe, Pinzón y compañía— no logran encender ni una vela en el apagón ideológico que vive el uribismo. Y los toldos aparte, como los de Abelardo de la Espriella y Polo Polo, ya no se molestan en disimular su distancia.
Sin Uribe en tarima, el partido quedaría reducido a una colección de egos en busca de micrófono. La promesa de “25 curules” suena más a superstición que a estrategia. Y mientras el expresidente enfrenta su destino judicial, el Centro Democrático se debate entre el culto al líder ausente y el vacío programático.
¿El resultado? Una derecha sin dirección, un partido sin partido… y una mosca que sigue flotando donde no la quieren