Por Gato-Loco 😼
A las puertas del último año del gobierno del cambio —ese que prometía volarnos la cabeza con esperanza y terminó dándonos migraña institucional— Colombia sigue preguntándose lo mismo: ¿cuántos infiltrados más tiene la oposición dentro del gobierno… o cuántos del gobierno ya están infiltrados en la oposición?
Porque seamos francos: esto ya no parece un Estado, sino una serie de Netflix escrita por Kafka y dirigida por el mismo Pegasus, el software espía que ahora vigila hasta si uno ronca pensando en la Constituyente.
Los infiltrados del cambio (o el cambio infiltrado)
En algún punto del mandato, a Gustavo Petro se le llenó la casa de extraños. Ministros que parecen embajadores del pasado, asesores que filtran más que cafetera vieja, y funcionarios que aman el cambio con la misma pasión con la que un gato ama el baño.
Cada semana aparece uno nuevo: el infiltrado del día, el “agente de la oposición” que se coló entre los progresistas para reportar al cuartel del viejo régimen. Pero tranquilos: también hay infiltrados a la inversa. Políticos de derecha que ahora juran ser “de centro-izquierda-moderada-responsable” para seguir mordiendo contrato.
En esta república de los travestidos ideológicos, ya nadie sabe quién está con quién. Si la historia fuera honesta, el himno nacional empezaría diciendo:
“Oh, infiltración inmortal, que en el cambio sublime sentiste…”
El caso Pegasus: o cómo espiar sin despeinarse
¿Recuerdan el caso Pegasus? Ese software espía que interceptaba mensajes, llamadas y hasta pensamientos con propensión al disenso. Pues bien, el misterio sigue tan vivo como las investigaciones de la Fiscalía: inmóvil, silencioso y con presupuesto para el café.
Nadie sabe si Pegasus sigue espiando al Gobierno, a los candidatos del pacto histórico o a los hijos del presidente, aunque algunos medios tradicionales dan pistas positivas de que sí. Lo que se sabe con claridad es que el país vive con tanto miedo al espionaje, que ya la gente prefiere chismosear en voz alta para ahorrarles trabajo.
Y mientras el software duerme el sueño de los impunes, las instituciones de control —Fiscalía, Procuraduría y Contraloría— hacen yoga institucional: respiran profundo, se repliegan y dejan fluir. La quietud es tal, que uno sospecha que el control fiscal ya lo maneja una app de meditación.
Las cortes y la teoría del complot ilustrado
El Gobierno grita “¡complot!”, las cortes responden “¡se llama separación de poderes!”. Y así transcurre el sainete judicial, entre tutelas, recusaciones y comunicados que parecen escritos por guionistas de La Rosa de Guadalupe.
El Presidente denuncia que le bloquean cada decreto, y los magistrados replican que sólo están cumpliendo su deber constitucional de no dejarlo jugar con dinamita jurídica. Nadie conspira abiertamente, pero el ambiente huele a conspiración vintage: con toques de toga, incienso y constitucionalismo gourmet.
Mientras tanto, la Constituyente baila en la mente del Gobierno como un fantasma con megáfono. Algunos sueñan con refundar la patria; otros temen que la refundan como se refundan los paraguas: para nunca volver a encontrarlos.
¿Y los derechos humanos? En vacaciones permanentes
Los defensores de derechos humanos, esos valientes que deberían estar denunciando la locura institucional, parecen estar en un retiro espiritual. Los veedores internacionales, por su parte, sólo aterrizan cuando hay coffee break con refrigerio.
El país se cocina solo. Nadie observa, nadie responde, nadie fiscaliza. Y si alguien lo hace, lo espía Pegasus o lo bloquea una resolución del día siguiente.
En Colombia, la democracia es como un gato callejero: todos la acarician, pero nadie la alimenta.
El último año del cambio (modo supervivencia)
Lo que viene no es un año electoral, es una carrera de obstáculos con cámaras de seguridad. Un país dividido entre los que creen que el cambio fracasó, los que creen que lo sabotearon, y los que sólo quieren que los dejen dormir sin decreto sorpresa.
La oposición sueña con recuperar el poder, aunque nunca lo haya perdido del todo. El Gobierno jura que sigue vivo, aunque a veces hable en pasado. Y las instituciones… bueno, ellas se sientan a mirar, con la serenidad del que ya se acostumbró al incendio.
Epílogo: la república del sálvese quien pueda
Mientras unos planean Constituyentes y otros complots, el ciudadano común —ese que paga impuestos y memes— sobrevive con humor negro. Porque si uno no se ríe, se vuelve parte del expediente Pegasus.
El país sigue de pie, pero a punta de sarcasmo. Como diría mi primo el Gato de Schrödinger: la democracia colombiana está viva y muerta al mismo tiempo, dependiendo de quién la observe (o la espíe).
Y así, entre infiltrados que no se infiltran y espías que no se sabe si espían, Colombia se alista para 2026: un año donde todos prometen “salvar la patria”, pero nadie se atreve a bajarse del barco que hace agua.
Hasta entonces, queridos lectores, sigamos con la fórmula que nunca falla:
Café cargado, sarcasmo en vena y una fe moderada en que, si todo lo demás falla, siempre nos quedará el humor.