Por Gustavo Melo Barrera – GMTV Productora Internacional
Una imagen falsa, pero con efectos reales. El fotomontaje que muestra a los presidentes Gustavo Petro y Nicolás Maduro como reos —generado por inteligencia artificial y exhibido en una reunión republicana en la Casa Blanca— no solo tensó los cables diplomáticos entre Colombia y Estados Unidos: reveló una arquitectura de presión política que mezcla tecnología, intereses privados y narrativas de criminalización.
¿Montaje simbólico o amenaza institucional?
La imagen apareció en un documento titulado “La doctrina Trump para Colombia y el Hemisferio Occidental”, presentado el 21 de octubre en Washington. Aunque la Casa Blanca retiró la foto de sus canales oficiales, su circulación en un entorno presidencial le confiere un aura de legitimidad institucional. ¿Puede un meme convertirse en política exterior?
El presidente Petro lo interpretó como una “amenaza a la soberanía” y acusó directamente al senador Bernie Moreno de liderar una ofensiva para vincularlo con el narcotráfico. En respuesta, Bogotá llamó a consultas a su embajador, un gesto que marca distancia y alerta.
¿Quién está detrás? El factor Moreno y las zonas grises
Más allá del montaje, emerge una trama de rencores y posibles conflictos de interés. Petro ha vinculado a la familia del senador con investigaciones en Colombia —desde el robo del Banco del Pacífico hasta operaciones urbanísticas en la Sabana— que, según él, explican la motivación personal detrás del ataque.
Aunque no hay condenas firmes, la existencia de indagaciones sitúa el caso en una zona gris donde lo privado y lo público se entrelazan. ¿Está la política exterior de EE. UU. siendo instrumentalizada por actores con intereses económicos en Colombia?
Riesgos reales: seguridad, cooperación y confianza
Expertos advierten que este episodio puede afectar tres pilares clave: inteligencia compartida, cooperación antidrogas y relaciones militares. La doctora María Clara Vélez señala que “la confianza es el insumo básico de las operaciones conjuntas. Si se contamina por agendas personales, se pierde eficacia operativa”.
Además, la exposición simbólica de un presidente como posible reo abre debates jurídicos sobre inmunidades, soberanía y extraterritorialidad. ¿Dónde termina la libertad de expresión política y empieza la interferencia diplomática?
Guerra de narrativas: ¿víctima o sospechoso?
Para el Gobierno Petro, el montaje refuerza su narrativa de autonomía frente a Washington y lo posiciona como blanco de la extrema derecha internacional. Para sus opositores, la carpeta es una prueba visual de preocupaciones legítimas sobre sus vínculos políticos.
Carlos Ramírez, analista político, lo resume así: “Un congresista con ambición exterior puede convertir un conflicto doméstico en una disputa bilateral. La política ya no tiene fronteras”.
¿Qué puede hacer Colombia?
Bogotá tiene tres rutas: diplomática (consultas, quejas formales), comunicacional (movilizar opinión internacional) y jurídica (exigir transparencia sobre el origen del documento). Pero cada paso implica riesgos: sanciones, congelamiento de cooperación o presión en foros multilaterales.
La clave, según Vélez, es actuar con firmeza pero sin dramatismos: “Hay que aislar el hecho, investigar su origen y exigir proporcionalidad”.
¿Y América Latina?
El episodio deja una advertencia regional: en la era de la IA y la desinformación, la inmunidad política es frágil. Si un montaje puede adquirir visos de oficialidad en Washington, ningún gobierno está a salvo de ser instrumentalizado.
“La soberanía hoy se disputa en el terreno simbólico”, concluye Ramírez. “La guerra de imágenes es una guerra real”. Este no es solo un incidente puntual. Es el inicio de una nueva fase en la relación Colombia-Estados Unidos, donde los límites entre diplomacia, propaganda y tecnología se difuminan. ¿Podrán ambos gobiernos reconducir el canal de comunicación antes de que la desconfianza erosione décadas de cooperación?