Redacción Mundo y Tecnología
Mientras la atención global se concentra en guerras terrestres, crisis climáticas y disputas comerciales, un conflicto silencioso se intensifica sobre nuestras cabezas. En la órbita baja terrestre, donde operan miles de satélites de comunicación, observación y navegación, la competencia por el espacio físico y espectral ha alcanzado niveles críticos. La basura espacial, las colisiones evitables y las maniobras agresivas entre potencias han convertido el entorno orbital en un nuevo campo de tensión geopolítica.
La carrera por el cielo
Desde 2019, el número de satélites activos se ha triplicado. Empresas como SpaceX, Amazon y OneWeb han lanzado constelaciones masivas para ofrecer internet global. China, Rusia, India y la Unión Europea han intensificado sus programas espaciales. El resultado: una órbita baja saturada, donde cada centímetro cúbico cuenta.
Según la Agencia Espacial Europea, hay más de 36.000 objetos rastreados en órbita, incluyendo satélites operativos, fragmentos de cohetes y restos de colisiones. Pero se estima que hay más de un millón de piezas menores no rastreadas, capaces de causar daños catastróficos.
Choques, maniobras y advertencias
En febrero de 2025, un satélite de observación ruso realizó una maniobra cercana a un satélite de comunicaciones estadounidense, generando alertas en el Pentágono. En abril, China denunció que un satélite de vigilancia japonés había interferido con su señal de navegación. Y en agosto, la India tuvo que desviar uno de sus satélites científicos para evitar una colisión con un fragmento de cohete lanzado en 2007.
Estos incidentes no son aislados. Cada semana se registran cientos de alertas de proximidad orbital. La mayoría se resuelven con maniobras evasivas, pero el margen de error se reduce. Un choque entre satélites podría generar miles de nuevos fragmentos, multiplicando el riesgo para toda la infraestructura espacial.
Basura espacial: el legado tóxico de la conquista orbital
La basura espacial no es solo un problema técnico. Es el resultado de décadas de lanzamientos sin protocolos de limpieza, explosiones de cohetes, pruebas militares y negligencia institucional. Cada fragmento representa una amenaza para satélites civiles, misiones científicas y astronautas en la Estación Espacial Internacional.
En 2021, Rusia destruyó uno de sus propios satélites en una prueba antisatélite, generando más de 1.500 fragmentos. En 2023, China realizó una maniobra de limpieza con un brazo robótico, pero fue criticada por falta de transparencia. En 2024, Estados Unidos lanzó una iniciativa para rastrear y clasificar objetos orbitales, pero sin compromisos de remoción.
¿Quién regula el espacio?
El Tratado del Espacio Exterior de 1967 prohíbe armas nucleares en órbita y reconoce el espacio como patrimonio de la humanidad. Pero no establece mecanismos claros para la gestión de tráfico orbital ni para la remoción de basura. Los protocolos actuales son voluntarios, fragmentados y sin capacidad de sanción.
En 2025, la ONU propuso un nuevo marco legal para la gobernanza espacial, incluyendo:
• Normas obligatorias de notificación de maniobras.
• Protocolos de desorbitación segura al final de la vida útil de los satélites.
• Fondos multilaterales para limpieza orbital.
• Prohibición de pruebas antisatélite destructivas.
Sin embargo, las potencias espaciales aún no han alcanzado consenso. La competencia tecnológica, el secretismo militar y los intereses comerciales dificultan la cooperación.
El espacio como infraestructura crítica
Los satélites no son solo herramientas científicas. Son infraestructura crítica para telecomunicaciones, navegación, meteorología, defensa y comercio. Un fallo en la red GPS puede afectar la aviación, la banca y la logística global. Una interrupción en los satélites meteorológicos puede dificultar la respuesta a desastres naturales. Y una colisión masiva podría generar el llamado “síndrome de Kessler”: una cascada de choques que inutilice la órbita baja por décadas.
Por eso, el conflicto orbital no es solo técnico, sino estratégico. Controlar el espacio cercano a la Tierra implica controlar la información, la movilidad y la seguridad global.
¿Y ahora qué?
La gobernanza espacial es uno de los desafíos más urgentes y menos discutidos del siglo XXI. Requiere:
• Acuerdos multilaterales vinculantes para la gestión del tráfico orbital.
• Tecnologías de limpieza activa con protocolos transparentes.
• Sistemas de alerta y coordinación internacional para evitar colisiones.
• Educación pública sobre la dependencia cotidiana del espacio. Además, implica repensar el modelo de desarrollo espacial: ¿seguiremos lanzando satélites sin límites, o construiremos una infraestructura orbital sostenible?