Por GMTV Internacional – Opinión y Análisis
El anuncio del Premio Nobel de la Paz 2025 a la opositora venezolana Corina Machado provocó una mezcla de desconcierto y perplejidad en los círculos políticos y diplomáticos de América Latina. El Comité Noruego justificó su decisión bajo el argumento de “su lucha por la democracia y los derechos humanos en Venezuela”, pero el reconocimiento ha abierto un debate incómodo: ¿es realmente la paz el resultado de la confrontación, las sanciones y la intervención extranjera?
En una región marcada por las heridas del intervencionismo, el narcotráfico y la desigualdad, el Nobel de Machado no parece una oda a la paz sino un mensaje político en clave ideológica.
Una “defensora de la democracia” que pidió sanciones contra su país
Corina Machado, ingeniera industrial y líder de la organización Vente Venezuela, ha sido una de las voces más vehementes contra el régimen de Nicolás Maduro. Su figura, celebrada por la derecha internacional, se consolidó tras su expulsión de la Asamblea Nacional en 2014 y su posterior inhabilitación política.
Es cierto: Machado fue detenida brevemente durante las protestas de 2014, y su integridad física fue respetada. Nunca fue torturada ni desaparecida, como sí les ocurrió a otros opositores en regímenes autoritarios del pasado. Pero el punto de inflexión no fue su resistencia interna, sino su capacidad para convertir la política venezolana en un escenario global de lobby diplomático.
Desde entonces, ha dedicado más tiempo a viajar por Estados Unidos y Europa que a caminar por los barrios de Caracas. Vive entre Miami y Washington, rodeada de asesores, benefactores y simpatizantes, manteniendo un discurso de confrontación permanente que rara vez ofrece salidas viables para los venezolanos de a pie.
Sus gestiones internacionales se centraron en pedir sanciones económicas contra el Estado venezolano, un castigo que, según los informes de la ONU y de organismos humanitarios, ha profundizado la pobreza y restringido el acceso a medicinas, alimentos y recursos básicos.
“Es una paradoja que se premie a alguien que pidió empobrecer a su propio pueblo en nombre de la libertad”, señala Lucía Méndez, politóloga venezolana radicada en Madrid. “No se puede hablar de paz cuando tus acciones agravan el sufrimiento colectivo”.
Un Nobel que premia la geopolítica, no la ética
El Nobel de la Paz ha sido históricamente un espejo de los intereses geoestratégicos de Occidente. Desde Henry Kissinger hasta Barack Obama, la lista de galardonados muestra una tendencia clara: premiar la diplomacia conveniente, no necesariamente la coherente.
El caso de Corina Machado encaja perfectamente en esa tradición. El reconocimiento parece responder más al reposicionamiento de Estados Unidos en América Latina que a una evaluación real de su impacto en la paz.
“Este premio es una jugada política”, afirma Bernardo Valdés, analista del Instituto de Estudios Internacionales de Chile. “Con las tensiones crecientes entre Washington, Caracas y Brasilia, y con las elecciones venezolanas en el horizonte, coronar a Machado con un Nobel es una manera elegante de reforzar el relato del cambio sin disparar una bala”.
Sin embargo, lo que preocupa no es solo el sesgo, sino la banalización del concepto de paz.
El negocio de la virtud
Hoy, Corina Machado vive holgadamente gracias a fondos privados y apoyos institucionales que le permiten una vida de conferencias, entrevistas y giras diplomáticas. No hay duda de que ha sabido construir una marca política rentable.
Su campaña global —respaldada por sectores conservadores de Miami, el exilio venezolano y organizaciones cercanas a la OEA— ha logrado instalar la idea de que Venezuela solo puede salvarse desde fuera. En ese sentido, el Nobel funciona como un sello de autenticidad occidental, un pasaporte moral que convierte a sus críticos en sospechosos de complicidad con el autoritarismo.
El problema es que ese discurso, envuelto en la bandera de la libertad, excluye toda posibilidad de diálogo nacional. El resultado es un país dividido entre héroes y traidores, con millones de ciudadanos atrapados entre la pobreza y la manipulación política.
“Machado representa más la revancha que la reconciliación”, resume José Miguel Blanco, exembajador chileno ante la OEA. “Su discurso no busca tender puentes, sino cavar trincheras. Y el Nobel, lejos de premiar la paz, premia la polarización convertida en espectáculo”.
¿De la disidencia a la desestabilización?
Otro aspecto poco abordado por la prensa internacional es su participación en iniciativas para desestabilizar gobiernos progresistas de la región, especialmente en Bolivia, Nicaragua y Colombia. Documentos filtrados por medios alternativos muestran su cercanía con consultores políticos y operadores de derecha que han promovido estrategias de desinformación contra gobiernos elegidos democráticamente.
Esa línea de acción no es nueva: responde a la lógica de la Guerra Fría reciclada, donde la “democracia” se usa como sinónimo de alineación política.
Por eso, algunos analistas se preguntan si no hubiera sido más honesto entregar el Nobel directamente a Donald Trump, quien al menos nunca fingió ser un pacifista. “El premio a Machado es tan contradictorio como si le hubieran dado a Trump la medalla al feminismo”, ironiza el periodista colombiano Hernán Cárdenas.
Adenda: ¿Quiénes merecían realmente el Nobel de la Paz 2025?
Si la intención era reconocer la lucha por la paz y los derechos humanos, había candidatos mucho más coherentes y con méritos comprobados. Entre ellos:
– Las mujeres afganas que continúan enseñando a niñas en la clandestinidad, arriesgando su vida frente al régimen talibán.
– Los mediadores colombianos del proceso de paz con el ELN, que han mantenido el diálogo pese a los ataques y la desconfianza.
– Los defensores medioambientales del Amazonas, que enfrentan a las mafias extractivas y al crimen organizado en Brasil, Perú y Colombia.
– Los médicos palestinos y voluntarios humanitarios en Gaza, que han trabajado sin recursos ni seguridad durante los peores bombardeos.
Cualquiera de ellos encarnaría el espíritu original del Nobel de la Paz: la valentía de salvar vidas sin esperar aplausos ni prebendas.
Premiar a Corina Machado, en cambio, es una decisión que proyecta cinismo y desgaste moral. Un recordatorio de que, en la política global, la paz ya no se construye: se compra, se negocia y se vende al mejor postor. Queda en el aire la pregunta: ¿Cuánto cuesta comprar un premio nobel hoy en día? porque lo que si quedo claro es que ese premio se politizo y se regala como se regalan confites en las fiestas infantiles