La Mosca en la Sopa – GMTV
Durante casi dos siglos, Colombia logró una hazaña histórica: pedirle a sus soldados y policías que defendieran la patria, el orden, la vida y la Constitución… con sueldos que apenas defendían el almuerzo. Uniformados mal pagos, mal dormidos y peor tratados, a quienes se les exigía heroísmo permanente mientras el Estado les ofrecía aplausos, medallas y una palmada espiritual en la espalda. Todo muy épico, muy patriótico, muy barato.
Pero ocurrió lo impensable. El gobierno de Gustavo Petro cometió un pecado capital contra la tradición republicana: pagar mejor. Reconocer que quien arriesga la vida todos los días no debería vivir como si la suya valiera poco. Y entonces, milagro de milagros, las cifras empezaron a moverse, los resultados a aparecer y la moral —esa palabra olvidada— a levantarse. Como si la dignidad también hiciera parte del equipamiento táctico.
Hoy vemos una Fuerza Pública distinta, no porque haya cambiado el uniforme, sino porque dejó de parecer una ONG armada. Soldados y policías que no tienen que pensar en el “rebusque”, en el segundo trabajo informal, en la deuda eterna o en la tentación del atajo ilegal. Resulta que cuando el Estado cumple, el Estado empieza a funcionar. Qué sorpresa. Nadie lo vio venir en 200 años.
Y aquí es donde la sátira se vuelve necesaria, porque mientras la Fuerza Pública recibe salario digno, en la selva, la montaña y el Twitter clandestino cunde el nerviosismo. ¿Qué harán ahora los paramilitares del ELN y las mal llamadas disidencias? ¿Aumentarán el pago a sus bandidos? ¿Ofrecerán primas por productividad? ¿Vacaciones pagas? ¿Seguro dental para el que pierde una muela en combate?
Difícil. Muy difícil. La doctrina que practican — aunque se disfrace de guerrilla , disidencia, revolución, resistencia o “lucha popular”— es una vieja conocida: beneficios solo para la cúpula, para los jefes, para las familias del mando. El resto pone los muertos, carga los fusiles y recibe discursos. Mucho discurso. Gratis, eso sí.
Porque pagar bien es un acto ideológico. Y esta derecha armada, que vive de imponer miedo mientras predica sacrificio ajeno, no cree en salarios dignos. Cree en obediencia barata. En jóvenes reclutados con promesas vagas y sueldos miserables, porque un combatiente con dignidad económica empieza a hacer preguntas. Y eso sí que no conviene.
El verdadero terror de estos grupos no es el helicóptero, ni el dron, ni la inteligencia militar. Es que el soldado del Estado ya no tenga envidia. Que el policía ya no mire al ilegal pensando “allá pagan mejor”. Porque cuando la legalidad deja de ser sinónimo de miseria, el relato armado se cae solo, como panfleto mojado.
Así que no, no parece probable que aumenten el pago. Sería traicionar su esencia. Sería admitir que la justicia social empieza por casa. Y eso, para quienes viven de la guerra eterna, es una herejía imperdonable.
Tal vez por eso hoy vemos más ataques retóricos que militares, más comunicados que victorias. El arma más peligrosa del Estado colombiano en 2026 no es el fusil: es la nómina. Un Estado que paga es un Estado que compite. Y un Estado que compite deja a los bandidos con lo único que siempre han sabido ofrecer: miedo, muerte y promesas sin contrato.
Al final, resulta que la revolución más efectiva fue tan simple como esta: pagar lo justo. Lo demás —la moral, los resultados, el orden— vino por añadidura. Quién lo diría. Doscientos años para descubrir que la dignidad también defiende la patria.