Redacción Mundo Deportivo
El Mundial de Fútbol suele ser el mayor intento del deporte por suspender la política durante 90 minutos. Pero a menos de algunos meses del inicio de la Copa del Mundo 2026, esa vieja ficción vuelve a resquebrajarse. Esta vez, el epicentro no está en un país anfitrión aislado ni en un problema logístico puntual, sino en Estados Unidos y la figura de su presidente, Donald Trump.
En las últimas semanas, voces políticas, mediáticas y académicas —especialmente en Alemania y otros países europeos— han planteado la posibilidad de un boicot simbólico o diplomático al Mundial que se disputará en Estados Unidos, Canadá y México. No hay federaciones que hayan dado el paso formal, pero el debate ya está instalado. Y eso, para la FIFA, es suficiente para encender las alarmas.
El detonante no es deportivo. Las tensiones diplomáticas generadas por Trump —desde disputas comerciales y aranceles hasta declaraciones sobre Groenlandia y aliados europeos— han vuelto a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿puede el mayor evento del fútbol global convivir con un clima político tan polarizante sin verse afectado?
La FIFA, entre el manual de neutralidad y la realidad
La FIFA insiste, como siempre, en su mantra: el fútbol no se mezcla con la política. En público, el organismo evita cualquier comentario sobre Trump, la Casa Blanca o las críticas europeas. En privado, según fuentes cercanas al entorno del torneo, la preocupación es evidente.
La Copa del Mundo 2026 es la más ambiciosa de la historia: 48 selecciones, tres países anfitriones, decenas de sedes y una inversión gigantesca en infraestructura, seguridad y derechos comerciales. Cualquier cuestionamiento a su legitimidad —aunque sea simbólico— golpea directamente el producto.
El problema para la FIFA no es solo la posibilidad remota de ausencias deportivas, sino el daño a la narrativa. Un Mundial asociado a boicots, protestas o tensiones diplomáticas contradice el relato de celebración global que la organización necesita vender a patrocinadores, broadcasters y mercados emergentes.
“Para la FIFA, el riesgo no es que Alemania no vaya”, explica un analista de gobernanza deportiva. “El riesgo es que el Mundial deje de percibirse como un espacio neutral y pase a verse como un evento politizado desde su origen”.
Trump y el Mundial como escenario de poder blando
Para Trump, el Mundial es una oportunidad y una amenaza al mismo tiempo. Como presidente, puede presentarlo como prueba del liderazgo global de Estados Unidos, de su capacidad organizativa y de su centralidad cultural. Pero cualquier boicot, crítica o controversia internacional convierte el torneo en un referéndum indirecto sobre su política exterior.
A diferencia de otros anfitriones polémicos del pasado, Estados Unidos hoy enfrenta acusaciones masivas por derechos humanos o falta de libertades básicas. El cuestionamiento ahora además gira en torno a la imprevisibilidad política, el unilateralismo y el deterioro de relaciones con aliados históricos.
En ese contexto, el Mundial deja de ser solo fútbol. Se convierte en una vitrina amplificada de la presidencia de Trump. Cada protesta, cada declaración crítica, cada editorial europeo que mencione el torneo en clave política erosiona la imagen de estabilidad que Washington quiere proyectar.
Europa, el boicot y el mensaje simbólico
Las propuestas de boicot que circulan en Europa no apuntan, por ahora, a retirar selecciones. El énfasis está en gestos diplomáticos: ausencia de líderes políticos en ceremonias, reducción de delegaciones oficiales o campañas públicas de presión. No es un boicot clásico; es uno reputacional.
Ese matiz es clave. Nadie quiere cargar con el costo de castigar a jugadores y aficionados. Pero muchos quieren enviar una señal. Y el Mundial —por visibilidad, alcance y carga simbólica— es el escenario perfecto.
Para la FIFA, este tipo de boicot es especialmente difícil de gestionar. No se puede sancionar, no se puede prohibir y no se puede ignorar. Solo se puede intentar diluir.
¿Puede el torneo verse realmente afectado?
En términos prácticos, el Mundial 2026 no corre peligro inmediato. Las sedes están definidas, los contratos firmados y el interés comercial intacto. Pero el clima importa. Un torneo rodeado de controversia política pierde parte de su aura.
Además, el precedente inquieto a la FIFA. Si el Mundial puede convertirse en una herramienta de presión política contra Estados Unidos, también puede serlo contra futuros anfitriones. El principio de neutralidad —ya debilitado— se vuelve cada vez más frágil.
Un balón que ya está en juego
El debate sobre un posible boicot al Mundial 2026 no trata solo de fútbol. Trata de poder, imagen y narrativa global. La FIFA intenta mantener el balón en el centro del campo, pero la política ya ha entrado en la cancha.
Para Trump, el riesgo es claro: que el mayor evento deportivo del planeta se transforme en un símbolo de las fracturas que su presidencia ha profundizado. Para la FIFA, la pregunta es aún más incómoda: ¿cuánto control tiene realmente sobre un Mundial que, antes de comenzar, ya se juega fuera del césped?