Redacción Mundo
La historia latinoamericana parece condenada a repetirse, y no siempre como comedia. Hoy, Venezuela ocupa en el tablero geopolítico regional el mismo lugar que Cuba en los años sesenta: el de país “paria”, aislado y empobrecido bajo la estrategia estadounidense de sanciones, bloqueos y amenazas militares. La retórica que sale de Washington recuerda a la Guerra Fría, aunque el contexto sea otro y los actores cambien de nombre.
Lo paradójico es que Estados Unidos insiste en aplicar la misma fórmula de presión que utilizó contra La Habana tras la caída de Fulgencio Batista —el dictador aliado de Washington—, cuando el castrismo emergió como enemigo a derrotar. Medio siglo después, el resultado es inocultable: Cuba no cayó, pero sí sufrió un empobrecimiento sistemático. Y lo mismo parece estarse diseñando para Caracas.
Un déjà vu con acento caribeño

“Estados Unidos nunca ha renunciado a la idea de que el Caribe es su patio trasero, y por tanto busca disciplinar cualquier proyecto político que no encaje en sus intereses estratégicos”, explica el politólogo cubano radicado en Miami, Arturo Sánchez. “En los sesenta fue Cuba, hoy es Venezuela. La lógica es la misma: aislar, sancionar, demonizar y, si es necesario, amenazar con la fuerza”.
El escenario actual combina elementos de la vieja Guerra Fría con dinámicas contemporáneas. Mientras Washington construye un discurso de “restaurar la democracia” en Venezuela, lo cierto es que las sanciones económicas impuestas han afectado sobre todo a la población civil, al igual que en Cuba. Escasez de medicinas, inflación desbordada y migración masiva son efectos colaterales de una estrategia que busca quebrar al gobierno de Nicolás Maduro a través de la presión social.
Narcotráfico: la otra cara del tablero
Pero hay un factor que diferencia al caso venezolano del cubano: el narcotráfico. Expertos coinciden en que el Caribe se ha convertido en un corredor crucial para las rutas de la droga que abastecen al mercado estadounidense, el mayor consumidor de cocaína y opiáceos del mundo.
“El discurso de Washington omite algo esencial: mientras señala a Caracas de connivencia con el narcotráfico, es en Estados Unidos donde se mueve la demanda que sostiene a los carteles”, señala la investigadora colombiana en seguridad hemisférica, Laura Gutiérrez. “Sin esa demanda, el negocio simplemente no existiría”.
El negocio de las drogas, que genera miles de millones de dólares anuales, está íntimamente ligado a bancos, lavadores de activos y redes logísticas que operan desde el propio territorio norteamericano. Sin embargo, la política exterior se concentra en construir al “enemigo externo” latinoamericano, ya sea Cuba en el pasado o Venezuela hoy.
Trump y la tentación de la guerra fácil
En medio de este tablero, Donald Trump ha vuelto a colocar a Venezuela en el centro de su narrativa electoral. No es casualidad: cada vez que enfrenta crisis internas —como las investigaciones judiciales que amenazan su continuidad política o las divisiones dentro del Partido Republicano—, el recurso es el mismo: proyectar fuerza hacia afuera.
En las últimas semanas, no han faltado las declaraciones altisonantes desde Washington sobre “bombardear puntos de Venezuela” o “no descartar ninguna opción sobre la mesa”. Un lenguaje que, más allá de intimidar a Maduro, busca enviar un mensaje interno a la base trumpista: la Casa Blanca sigue siendo el bastión de la fuerza frente a “dictaduras socialistas”.
La pregunta de fondo es quién manda en la política hacia Venezuela. ¿Es Trump, con su estilo errático y pragmático, o son figuras como el senador Marco Rubio, apodado en algunos círculos como “el capo de los carteles unidos de Estados Unidos” por su obsesiva fijación con Caracas y La Habana? El propio Rubio, de origen cubanoamericano, ha hecho de la cruzada contra Maduro un elemento central de su agenda política, alimentando el lobby de Miami y consolidando su peso dentro del Partido Republicano.
Washington, entre la hipocresía y el cálculo electoral
El escenario es inquietante. Por un lado, la Casa Blanca mantiene un doble discurso: mientras condena a Venezuela por violaciones de derechos humanos, estrecha lazos con aliados como Arabia Saudita, donde la represión política y las ejecuciones extrajudiciales son política de Estado. Por otro, el discurso sobre narcotráfico se queda en señalar a Caracas, sin tocar las responsabilidades internas de la sociedad estadounidense como consumidor masivo de drogas.
“Es un libreto viejo con actores nuevos”, resume el analista internacional español José Antonio León. “La política exterior de Washington hacia América Latina está atravesada por intereses electorales en Florida, donde el voto cubano y venezolano es decisivo. Eso explica por qué cada ciclo electoral resucita el fantasma de La Habana o de Caracas”.
El costo para la región
El impacto de esta estrategia no se limita a Venezuela. El Caribe y Sudamérica pagan también las consecuencias del aislamiento: fragmentación diplomática, aumento de la migración y debilitamiento de los mecanismos regionales de integración. Al igual que en la Guerra Fría, la polarización impide construir salidas políticas negociadas.
Si algo demostró el caso cubano es que la política de asfixia solo genera resistencia y empobrecimiento, pero no necesariamente el cambio de régimen. Venezuela podría repetir ese camino, con costos aún mayores dada su posición como país petrolero, su rol en las rutas de narcotráfico y su vecindad con Colombia, principal aliado de Washington en la región.
Un espejo incómodo
Al final, la comparación es inevitable: la Cuba de Batista y la Venezuela prechavista fueron “amigos de los gringos”; la Cuba revolucionaria y la Venezuela bolivariana son sus enemigos. Entre uno y otro extremo, lo que permanece es la misma doctrina de poder estadounidense sobre el Caribe.
La pregunta incómoda es si esa doctrina, en lugar de democratizar, no termina reforzando regímenes autoritarios, empobreciendo pueblos y manteniendo viva la narrativa de un “enemigo externo” que tanto sirve en tiempos de crisis política en Washington.
Quizá la verdadera amenaza no está en Caracas, sino en la incapacidad de Estados Unidos de mirarse al espejo y reconocer que su mayor problema no son los caudillos del sur, sino sus propias contradicciones internas.